Hablar de mí, varios autores

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El prólogo de Juan Terranova (una de las caras más visibles de la nueva narrativa argentina y seleccionador de los cuentos del libro), se titula “Hiperconectividad, un prólogo”, contiene sentencias de esta índole: “Trabajo conectado a Gmail. Si no tengo Internet no puedo escribir. Me siento desnudo”. Es una frase que funciona como síntoma de algunas de las cosas que, en mi opinión, andan mal con este libro y echa una sombra sobre las expectativas que podemos guardar acerca de la narrativa de los próximos años, una narrativa que corre el riesgo de ocuparse de los canales que de lo que se dice o de la forma de decirlo. Y ahora sí, un somero repaso de los cuentos antologados.

“Ese pelo”, de Pablo Ali. Existe algo parecido a una cadencia gramatical que quizá bien podría ser identificada de forma objetiva, es decir, señalar de qué manera la longitud promedio de las frases o las estructuras internas más usadas  a lo largo de un relato acaba por imponer un tempo. Leyendo este cuento me encuentro en terreno conocido. Presiento una coma y la coma llega. Preveo un punto y ese punto no tarda. Para decirlo temprano: este es un cuento correctamente escrito que me ha dejado pensando en lo fácil que es escribir correctamente, lo sencillo que es cumplir con unas cuantas pautas que son prácticamente de dominio público y lo fácil que es ejecutarlas sin excederlas (sobre todo cuando no existe la intención  de tal exceso). Algo de esa cadencia de metrónomo que marca una frase, un párrafo, una página entera, acaba por filtrarse hasta el corazón de lo que se dice. En cuanto a la forma, eso. El cuento intenta crear un ambiente extraño a partir del recurso de dar por asumido lo excepcional. Comienza así: “Mi papá, desde que murió, vive junto a una mujer veinte años menor que él”. La ejecución de la idea es demasiado arbitraria. Quiero decir, Ali se reserva demasiado, es muy grande la cantidad de cosas no dichas, tantas que el lector bien puede plantearse dos posibilidades. La primera: se lo está desafiando a comprender -más allá de la parquedad superficial- una trama subterránea mucho más rica. La segunda: se le está pidiendo que complete una construcción que alguien ha dejado inconclusa por falta de ladrillos propios. Hay que leer y decidir.

“Chica oxidada”, de Félix Bruzzone. Prosa coloquial, suelta, deliberadamente desenfadada, para contar una historia intrascendente. Quizá la premisa de esta antología apunta con precisión a eso, a dar una especie de coartada a los participantes para que no se sientan en la necesidad de la trascendencia. El problema, creo, es que la trascendencia está un poco mal entendida. No se trata, según lo veo, de hacer que cada cuento o novela se convierta en una especie de prédica o de discurso, medio para un fin superior, sino de permitirle a la historia que se cuenta, ir un poco más allá de su propio espacio hasta volverse memorable. Y una historia puede ser memorable por motivos muy diversos: su ejecución, su tema, su imprevisibilidad, su lucidez, la feliz conjunción de todos esos aspectos (y otros tantos). Renunciar a una mínima intención de trascendencia es asumir que lo que estamos contando nos importa sólo a nosotros (ya no es “hablar de mí” sino “hablarme a mí”), que es más o menos lo que pasa en este cuento de novio abandonado con afán de incursionar en el mundo de las chicas-trans.

“Sí, quiero”, de Sonia Budassi. Crónica de una joven periodista cultural y escritora con dos libros en su haber que encara la tarea de acceder al predio de Ezeiza donde entrena la selección Argentina con miras al partido ante Colombia por las Eliminatorias, para conseguir una entrevista con Carlitos Tévez. Escrita con una especie de humor adolescente muy escaso de gracia y con un párrafo final capaz de ponerle a uno los pelos de punta por lo pueril. ¿Por qué? Por frases como esta: “gracias por llevarme al entrenamiento, es una alegría verte así, contento, feroz, animal, feliz, león, rey, jugador de tu pueblo pero mío más, te aliento como siempre pero ahora en la final desde la tribuna vip”. Nota aparte para la burla continua respecto a la forma de hablar de Tévez. Existe la leve posibilidad de que todo el texto tenga una intención irónica, flechas hacia el mundo del fútbol, el mundo de los héroes modernos y los adoradores de esos héroes, pero digámoslo con una analogía que viene a cuento: Budassi quiso ejecutar un tiro libre al ángulo y resulta que dejó la pelota en la séptima fila de la tribuna con el peor texto de la antología.

“Himno a Marte” de Aquiles Cristiani. Joven profesor de oboe en una escuela para señoritas a la que asisten hijas de hombres poderosos. Un cuento con un par de buenos momentos, aunque salpicado de frases de una sintaxis curiosa, como: “Y como los hombros para la caspa, idéntica función cumplía la panza para con los restos del desayuno, las migas empujadas por la charla saltaban de su bigote como escapando de un incendio”. Acá hay un típico problema de estilo que es interesante apuntar. No todas las imágenes que se le ocurren a uno cuando está escribiendo son pertinentes, como pasa en este caso con el símil de las migas y el incendio. Es una figura que, a 6 o 7 líneas de comienzo del cuento, sólo sirve para desconcentrar al lector, para sacarlo del asunto, llevándolo a una circunstancia metafórica que nada tiene que ver con lo que sigue, y que ni siquiera guarda tanto valor en la configuración del personaje (el dueño del bigote). Para no hablar de la complejidad inútil de la primera parte de la frase: “Y como los hombros para la caspa…”. Este es el tipo de cosas que me hace pensar en la necesidad que tenemos de correctores de estilo o de que los escritores cultiven con más rigor la autocrítica. Típica historia de “hazaña sexual que todo hombre quiere poder contar en su rueda de amigos”, con una inefable referencia a Florencia Peña y Guillermo Francella que acaba de hacer que el cuento desbarranque para siempre.

“Curiosidad por Gómez”, de Cecilia Dosio. Primero de los cuentos ambientados en época escolar. Lo mejor: la rápida caracterización de Luisa, la empleada doméstica; el episodio de la sintonización de la antena; el relato de los sueños. La niña protagonista parece obsesionada con gustarle al repulsivo alumno nuevo, Gómez, por motivos no del todo claros. Con un buen tono y humor sencillo, este es un cuento que va a lo que va y que podría ser mejor simplemente eliminándole el último párrafo.

“Lo que queda”, de Mariana Enríquez. La historia parcialmente superada de una chica en el mundo de las drogas y su desesperado pedido para con el sistema de salud por ser tratada como a un cuerpo y que no le busquen cuestiones psico-somáticas a sus dolencias actuales. No es un cuento, es un alegato. Se lee fácil porque el ritmo es bueno, pero por detrás uno escucha un retintín molesto. La que habla es una voz “canchera”, una voz superada y a la vuelta de todo, una voz que uno no podría acompañar por más de unas páginas que, por suerte, es lo que dura el texto. Nota de un lector puntilloso: “Gracias dioses por las pastillas”.¿Dónde van las comas que faltan en esta línea?

“Cuento de Navidad”, de Federico Falco. Un cuento que sí quiere ser un cuento en el sentido narrativo del término. Una historia visible y una historia subyacente, enlazándose con delicadeza a medida que aparecen, aquí y allá, entrañables frases de la abuela amnésica, frases como esta: “Fóra, fóra, fuin de fuin, fuinazzún!”. De los mejores textos del libro.

“La mala sangre”, de Diego Grillo Trubba. Segundo cuento de la serie “cuentos sobre el padre”. Esta vez, el protagonista descubre que ha heredado cierto mal de su padre (ya fallecido). El texto se queda en el hallazgo de los paralelismos entre la historia personal de padre e hijo, sin ahondar demasiado y sin avanzar más allá de un punto intermedio que no alcanza a ser verdaderamente interesante. La madre es presentada como un personaje plano y el padre es el adorado enemigo ausente mientras el narrador está estático. Un texto al que le falta tono muscular.

“Perfectos accidentes ridículos” de Luciano Lamberti. Cuento fragmentado en cinco partes. A través del leit motiv de los sucesos más o menos trágicos ocurridos en torno a la vida del narrador se establece una ilación que acaba por otorgar una imagen que excede ese ámbito, el de lo eventual, para dar así una imagen del territorio que no se describe. Interesante ejercicio hecho como a partir de una consigna de taller de escritura que, en base a talento y buena mano, alcanza a ser muy disfrutable. Otro de los mejores textos del libro, dueño de El Pitufo, uno de esos personajes de los que uno no se olvida fácilmente.

“Veintisiete reveses evitables”, de Joaquín Linne. Peripecia sexual de muchacho que se queda sin novia y comienza a tirarle a todos los patos que pasan sobre su cabeza. Un texto que, en un blog más o menos bueno, estaría a mitad de tabla y podría ser leído con una sonrisa, pero que en este libro, lleno de aspirantes frustrados a Casanova, sólo consigue aburrir un poco.

“Progenie”, de Sebastián Martínez Daniell. Si esta antología fuera uno de esos test que consisten en que uno identifique el elemento que no corresponde a la serie, la respuesta sería este texto. Me hizo acordar a mi lejana lectura de un libro de cuentos de Rafael Courtoisie titulado “El mar rojo”. Siempre al borde de la pretenciosidad, este texto se compone de los fragmentos atomizados de tres textos ensayos-narrativos que orbitan el tema de la descendencia. Otra nota de lector puntilloso: me distrajo la sobre-adjetivación.

“Un padre de familia sin auto”, de Ignacio Molina. A través de un párrafo breve para cada año entre 1980 y 2009 asistimos a un racconto de la niñez, juventud y madurez de un hombre adulto, como si hojeásemos las postales que nos ha estado enviando a lo largo de tres décadas. Un resumen lo bastante honesto como para conmover o provocarnos simpatía sin ambages.

Volvemos con Lucio de la escuela. En la plaza, vamos enumerando a los jugadores de la selección. 1. Almirón. 2. Batista. 3. Bochini. 4. Borghi. 5. Brown. 6. Passarella. 7. Burruchaga. 8… Nos quedamos trabados en el 8, repitiendo ese número en voz alta, hasta que una señora vestida de negro, que viene en sentido inverso, nos dice sin mirarnos a los ojos: “Néstor Clausen, pendejos”.

“Murdock, Milena”, de Pablo Natale. Apunte previo: me preocupa, luego de leer el texto, ir a ver los datos del autor y encontrarme con que coordina talleres de escritura y es corrector literario. Tercer texto de la serie “cuentos sobre el padre”, y probablemente el peor de toda la serie, lleno de arbitrariedades tales como: “Ninguna nave flota en el espacio  sin caer, estallar y soltar soldados perdidos en una tierra de nadie”. Me quedé pensando largo rato en la posibilidad de que ahí hubiese un significado que se me estaba escapando, pero concluí que no, que simplemente al autor le había gustado algo en esa frase y había decidido dejarla vaya uno a saber por qué íntima razón. Algo así pasa, amplificado, en todo el texto.

“Exploradores del abismo”, de Patricio Pron. Cuarto cuento de la “serie sexual” y el que tiene las intenciones más arriesgadas. Triángulo entre matrimonio de turistas alemanes en alguna playa española y el narrador. Quizá por el escenario me hizo pensar en un cuento también veraniego y también triangular de James Salter. La historia dentro de la historia, que Martin, el esposo alemán, narra mientras su esposa duerme, es bastante terrible, por lo explícita; sin embargo, lo más memorable del cuento es una charla entre el narrador y la chica alemana (Urraca), mientras su esposo nada. Creen que Martin está cantando en el agua, así que ella intenta escuchar.

“Es una vieja canción en la que un hombre le pregunta a su chica dónde durmió la noche anterior, y ella dice: Entre los pinos, donde el sol no brilla nunca”. “¿Qué significa?”, le pregunté, y Urraca dijo: “Quizá, que el hombre sabe que ella le ha engañado pero no se atreve a castigarla porque tiene miedo del sitio donde ella ha estado, del bosque donde todo es oscuridad. Tiene miedo de que ella haya aprendido allí secretos que un día pueda utilizar en su contra o que lo arrastre consigo”. (…) Yo pregunté: “¿El hombre de la canción no ha estado nunca en el bosque?”. (…) Me dijo: “La verdad es que él nunca ha salido del puto bosque, y allí se quedará”.

“Un pasado propio”, de Maximiliano Tomas. Cuarto cuento de la serie “cuentos del padre”. Otro padre infiel y ausente, otra madre idealizada y la guerra de las Malvinas de fondo. Aparecen Kafka y Arlt, por ahí, y todo el asunto es el perdón, el perdón como condición para seguir, aunque no esté muy claro hacia dónde ni por qué. También a este cuento le falta tono muscular y acaba languideciendo sin mucho para decir más que una o dos imágenes que no pretenden más que dar un cierre decoroso a las páginas.

“Autobiografía etílica en tres actos”, de Hernán Vanoli. A esta altura del libro, el lector agradecerá este texto. Si Lamberti usaba la excusa de la concatenación de accidentes de su vida, Vanoli hilvana su relación personal con tres marcas de cerveza, la Corona, la Quilmes y la Patagonia, y en torno a cada tipo de cebada fermentada se articula una historia ambientada en una época distinta y las tres historias  funcionan bien entre sí.

“Hermanas”, de Alejandra Zima. El otro cuento escolar del libro; anécdota de amores y odios entre niñas mejores amigas que se ven de un día para otro en bandos separados. Otro de esos textos que, probablemente por pasarse de fieles a la historia original, acaban por parecer algo sosos.

Calificación: regular.
Ediciones Lengua de Trapo, Madrid, 2009.
ISBN: 978-84-8381-073-6

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