Injuria, Álvaro Pérez García

***
Pérez García

Todo daño significativo infligido sobre alguien habrá de provocarle una herida que a su vez dejará una huella. Cada vez que uno se pase la mano por la cicatriz, recordará la herida y lo que la produjo. Entonces, aquello volverá a doler. Sólo tras el exorcismo del trauma -y quizá ese sea un exorcismo que sólo se consigue a través de las artes de la comprensión y el perdón-, se llegará no al olvido, sino al alivio. En cierto modo, ese es el tema de Injuria, la primera obra de ficción de Álvaro Pérez García (el autor que se guarece tras el seudónimo Apegé), en el que un periodista que ha llegado a la dantesca “mitad del camino de nuestra vida”, los 35 años, emprende el relato de los aspectos más traumáticos de su existencia, con la intención de saldar cuentas, perdonar, dejar de sentir culpa y miedo para acceder a la verdad: el misterio de su propia identidad.

El texto está dividido en tres partes. En la primera, titulada “La furia”, rápidamente accedemos a la realidad cotidiana del narrador: es periodista, está solo, abrumado por la rutina, vive en una especie de permanente piloto automático y cumple una serie de roles funcionales que le son, por entero, ajenos: “Soy un actor de mi propia vida”, concluye. Esto ha ocurrido durante demasiado tiempo, de modo que la novela comienza en el punto en que él ha llegado a una conclusión: “Voy a estallar si no digo pronto una palabra mía”. Entonces, comienza a hablar, a apropiarse del lenguaje para contar su historia. La forma que elige para hacerlo deja en claro uno o dos asuntos: más que contándonos, el narrador está hablándose a sí mismo, está buscando, revolviendo, desarmando madejas; por eso, cada suceso narrado luego es explicado, revisitado e interpretado, al punto en que parece que sólo fue contado con ese fin, el de hacerlo visible para luego diseccionarlo con infinita paciencia.

Todo gira en torno a la homosexualidad del narrador y la forma en que tal condición ha determinado su forma de estar en el mundo. La condición de excepcionalidad que, enfrentada al deseo de uniformidad del afuera (familia, amistades, medio social, medio político), reacciona primero reprimiéndose y, luego -de aprender las reglas del juego- recluyéndose en los espacios en los que sí se le permite, parcialmente, ser él mismo (los cines pornográficos, los parques, los encuentros cuasi-bestiales), aunque sin abandonar nunca el peso de la culpa: “Por qué siendo la víctima, siempre me transformo en victimario, por qué siempre tengo yo la culpa”.

Desde el punto de vista estrictamente literario, Injuria muestra a un autor que maneja con acierto unas herramientas narrativas que adquieren especial relevancia en el fragmento central, titulado “El niño”, que bien podría funcionar como relato autónomo dentro de la novela. De hecho, si uno se pusiera en rol de detective, quizá podría aventurar que “El niño” existió antes que la armazón más general de la que ha venido a formar parte. Allí aparecen, dosificados con fino tacto, los elementos más certeros y limpios: noción de las anécdotas, rápida y delicada construcción de personajes, y un lenguaje poético que por su pertinencia nunca se vuelve un estorbo. ¿En qué se diferencia este fragmento con el resto del libro? En que aquí el narrador cede en su tarea mediadora entre la historia y el lector, de modo que, al permitir un acceso más directo y menos guiado, el resultado sea el que es: unas cuantas páginas llenas de vida.

La tercera parte, “Manifiesto”, opta por un estilo que por momentos es expositivo, por otros, argumentativo, y en el que la introspección llega a los límites mismos del hermetismo. Aquí la poesía también aparece, pero esta vez su aparición hace que todo se confunda, de modo que se vuelve muy difícil seguir el hilo de una reflexión. En cierto modo –y no es más que una especulación- la forma en la que el narrador acumula palabras en este “Manifiesto” parece ser una defensa de sí mismo, como si esa fuese su manera de responder a una dinámica de fuerzas dobles: la primera, que lo obliga a hablar, a mostrarse y exponerse; la segunda, que lo empuja a resguardarse, a poner entre el lector y él una barricada de perífrasis.

Injuria es un texto interesante en sí mismo, pero su interés real excede sus cualidades literarias. El tema que aborda necesita ser discutido de un modo mucho más verdadero y profundo que el actual, tan lleno de pose y de corrección política que ha venido a sustituir, sin más, las viejas maneras, cubriendo todo con una delgada pátina de tolerancia, la ficción de la tolerancia. En ese escenario, Injuria es un buen aporte a la construcción del discurso sobre la homosexualidad en Uruguay.

Recuerdo a un presidente a quien un día tuvimos que salir a saludar a la ruta con las escarapelas prendidas en la túnica y la sonrisa babeante de la maestra. Entonces no es cierto el absoluto abandono o la culpa única, también existió un espíritu de época que allí estaba y se metía en todo, una atmósfera que acogotaba a cualquiera y que en mí operó directo sobre mi cuerpo: no te toques ahí, descruzá las piernas, dejá de arreglarte el pelo, no hables de esa forma, eso que hiciste debe ser modificado. Sos malo, sos feo, sos caca.

Calificación: buena.
Criatura editora, Montevideo, 2011.
ISB. 978-9974-8313-1-5

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4 comentarios en “Injuria, Álvaro Pérez García

  1. Buena reseña, Leo. Coincido con que el tema es siempre tratado de soslayo, casi como suponiendo que todos hemos integrado a nuestras estructuras mentales la diversidad de género, la elección del género como una posibilidad y una realidad. No es así; al menos, no en el Uruguay conservador de siempre.

    Un abrazo.

  2. Todo ese comienzo sobre la herida, la cicatriz, el trauma y el exorcismo del trauma me vinieron como de bibliomancia 2.0: el tema de la injuria como herramienta en este Uruguay conservador de siempre, como dice el archiduquelee, me trae bastante mal últimamente. Pero -haciendo eco en el mismo tema- una reseña tan respetuosa, para empezar, y que se pone desde el lugar de lo que la obra quiere decir para así hacerle justicia e interesar al posible lector, si es buena (como me pasó a mí al leer esto), contribuye en cierto modo a que se alivien un poco mis daños significativos asociados.

  3. Una observación para el autor de la reseña: tengamos en cuenta que una cosa es infligir, y otra, muy diferente, es infringir.

    “Todo daño significativo infringido sobre alguien habrá de provocarle una herida que a su vez dejará una huella.”

    Infringir es quebrantar leyes, órdenes, etcétera. Infligir es causar daño o imponer un castigo. El autor debería haber escrito “infligido”, no “infringido”.

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