Mi pequeño mundo porno, Gabriel Calderón

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Calderón

En la contratapa de Mi pequeño mundo porno se advierte que el texto en cuestión no es una obra de teatro. Uno puede inferir de esa declaración, una o dos connotaciones. La primera, de índole comercial: la dramaturgia es un género muy poco leído y, por lo tanto, muy poco vendible, así que más vale separarse del rótulo. La segunda, de carácter artístico: hay realmente un juego que atraviesa los géneros en el texto de Calderón, un juego que si bien se estructura a partir de las pautas de un guión, no deja de lado la posibilidad de convertirse en poesía o en narrativa, cuando esas formas convengan a las intenciones. Esta lúdica cualidad proteica de Mi pequeño mundo porno es lo que genera, casi de inmediato, la sensación de caos, de cosa fuera de control, en la que el lector se sumerge muy lentamente hasta el punto en que, con o sin noción de ellos, está hasta el cuello.

Si bien el sexo es el hilo conductor, Calderón lo utiliza de un modo tal que la cosa no se agota en sí misma, pues la rápida acumulación de obscenidades, de escenas que tienen por finalidad la de ir al choque y provocar al lector, al final consiguen la invisibilidad del objeto mostrado. Y es sólo cuando el sexo desaparece que todo lo demás puede emerger. De modo que los temas aquí son la soledad, el aislamiento, la identidad, el tedio, la insatisfacción… y el sexo es apenas el camino elegido para llegar a ellos, un camino idóneo, porque todo lo atraviesa. Hay aquí pederastas, homosexuales, prostitutas, felaciones, penetraciones anales, estimuladores eléctricos, todo lo que uno esperaría que hubiese, a juzgar por el título, pero tras la parafernalia esperable hay algo más: un puñado de personajes que son algo así como las mil encarnaciones de un solo personaje, ese “Yo” que aparece buscándose y encontrándose, ese yo enunciador del título, el dueño de aquel pequeño mundo.

El texto está lleno de lugares comunes, de escenas ya vistas (la pareja joven que ve cómo la vida de casados no es lo que pensaban que sería; los conflictos entre una muchacha y el asqueroso marido de su madre; la amarga soledad de un hombre maduro en el día de su cumpleaños…). Lo que Calderón ejecuta es una apropiación de ese discurso repetido, mediante el juego. Hay algo que queda claro en la lectura, y es la forma en la que los arranques de espontaneidad comienzan a generar los espacios para la gestación del plan. Hablo de un cuidado ejercicio que toma elementos del artífice y del artesano. En los monólogos de algunos personajes, en sus soliloquios privados -casi delirantes, en ocasiones-, es donde aparecen los elementos de eso que podríamos llamar “inspiración”. Hasta ahí, el trabajo del artífice. Lo que viene a hacer el oficio con esos elementos es forzarlos a una repetición ordenada que construya un sentido mayor. De modo que una frase perdida en el discurso de un personaje reaparece, veinte páginas adelante, en boca de otro, en un contexto diferente, y es entonces cuando algo cambia y se vuelve más complejo. Algo así como la domesticación del caos, pero no una domesticación total, porque queda un espacio en Mi pequeño mundo porno donde lo salvaje puede seguir presente.

En una de las ramas de la historia se hace el planteo más inquietante de toda la obra. Los personajes de la escena son un hombre mayor (alrededor de sesenta años) y una jovencita de dieciséis. Están en el cuarto de una especie de motel y ya han hecho todo lo que fueron a hacer allí. El hombre mayor, sin embargo, sube la apuesta. Quiere meterle dentro a la chica un aparato con una cámara.

El hombre mayor- (…) Entendeme, necesito hacerlo, necesito ver qué hay dentro, adentro… qué podés ofrecerme. ¿Qué podés ofrecerme que ya no haya visto? ¿Pajearte, masturbarte frente de mí? ¿Meterte un dedo en el culo, chuparme la pija, cagarme en la cara, mearme, abrirte el orto bien grande, meterte consoladores por cada agujero de tu cuerpo? Ya lo vi, ya lo vi todo, quiero saber qué más hay, estoy seguro de que adentro de tu cuerpito hermoso hay cosas que están esperando que yo las descubra, un mundo, un pequeño mundo…

Los límites del deseo y de la satisfacción, el modo en que esos límites se ablandan y se borran a medida que los estímulos son más poderosos, más variados, porque ya nada es realmente obsceno, nada queda fuera de la escena, y todo, en cambio, está relativamente al alcance de la mano. ¿Qué pasa con la libido en una sociedad masiva en la que entre la aparición del deseo y la satisfacción de ese deseo la mediación está dada apenas por una suma de dinero establecida y que más grande será cuanto más excéntrico sea lo que se desea? Si quiero todo y lo puedo todo, ¿qué pasa cuando lo tengo todo? ¿Dejo de desear? ¿Es esa la muerte de la libido? No. Es la muerte de la satisfacción de la libido, en todo caso, y es, también, el comienzo de la desesperación, de la búsqueda desesperada de nuevos estímulos, de lo inexplorado, de esas partes del todo en las que no había reparado hasta ahora. El cuerpo propio y el cuerpo ajeno como productos, carne y piel y huesos que deben ser investigados en busca de más funcionalidades. Y, entonces, sólo una cosa: la locura, la aberración -el más triste de los límites-, la renuncia o el olvido de cualquier tipo de existencia que no sea física, biológica, animal.

Calificación: buena.
Criatura editora, Montevideo, 2011.
Ilustraciones de Sebastián Santana,
epílogo de María Esthr Burgueño.
ISBN. 978-9974-8313-6-0

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