Bajo una luz marina, Raymond Carver

***
Carver

La poesía es una entidad amorfa que se adapta a quien la enuncia, la ve o la siente. Se trata de una realidad, o una posibilidad, que se sitúa en una relación relativamente independiente del medio que la contiene. Puede afincarse en los territorios del lenguaje, haciéndose indivisible de este, o estar frente a las palabras, que actúan como flechas que la designan. Esta segunda posibilidad parece ser la de Carver, a juzgar por el aviso de Mario Antolín Rato, el versionador:

No se han incluído las versiones originales en inglés de los poemas, pues la poesía de Carver no se apoya en el ritmo, ni en la medida. Más bien sigue pautas basadas en el desarrollo de un sentido narrativo que –eso se espera- quedan suficientemente recogidas en las traducciones.

Se trata esta de una batalla perdida de antemano allí donde el lenguaje cobra una densidad poética, ya que suele encontrarse rarificado respecto a la cotidianeidad, además de ser parte de un engranaje mayor, en el que giran, reflejándose y respondiéndose, todos los textos literarios de una tradición. En este caso, no queda otra opción que creerle al traductor. Y no molestarse por encontrar que la variedad es ibérica.

Vencidas las prevenciones, se entra en una colección de textos despeinados donde pulsa una voz que suena siempre teñida por unos rayos de la tardecita, por melancolías moderadas, donde se narran anécdotas simples y apuntes sobre la familia. Los textos recogen algún gesto, algunas palabras, una imagen o un recuerdo. Algo ha excitado la córnea del hombre que escribe y lo cuenta en unos versos cuya razón de ser parece fundada en la necesidad de ser escueto, fotográfico, de trazar un boceto donde la voluntad casi no interviene. Hay derrotas mustias y muertes cotidianas, gente mirando la tele y apagándola, recuerdos de desamor y postales de cariño cotidiano, sin estridencia alguna y con una pátina autobiográfica.
Queda, al fin, la sensación de haber oteado hacia el interior de un alma vestida de entrecasa, sin adornos, que dice que la poesía está ahí todos los días. Y uno se acordará o no de estos textos como se acuerda de un tío o un vecino.


Me gustaría hacer eso
sin tener que disculparme ante mí mismo por ello.
Ni sentirme mal por interesarme por cosas menos
importantes.
Sé que es hora de cambiar de vida.
Esta vida –con sus complicaciones
y llamadas telefónicas- es indecente,
y una pérdida de tiempo.
Quiero hundir mis manos en agua fresca. Del modo
en que lo hizo él. Otra vez y otra vez y otra.

(fragmento de “El caballete”)

Mi cuervo

Un cuervo voló hasta el árbol del exterior de mi ventana.
No era el cuervo de Ted Hughes, ni el cuervo de Galway,
ni el cuervo de Frost, Pasternak, o Lorca.
Ni uno de los cuervos de Homero, harto de sangre
después de la batalla. Era sólo un cuervo.
Que jamás encajó en parte alguna,
ni hizo nada digno de mención.
Estuvo posado allí en la rama durante unos cuantos minutos.
Luego alzó el vuelo y desapareció bellamente
de mi vida.

Calificación: bueno
Título original: In a marine light
Traducción: Mario Antolín Rato
Visor, Madrid, tercera edición en castellano, 2005
ISBN: 84-7522-252-8

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