La novela luminosa, Mario Levrero

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Levrero

Todo escritor, siendo honesto, no puede negarse a sí mismo que lo que espera, en algún momento de su vida, es escribir una novela-mundo; ese tipo de novelas en las que cabe todo lo existente, además de integrar el pensamiento del autor, o las experiencias aparentemente intransferibles. Este podría ser el cometido que Levrero tuvo en mente para La novela luminosa (2000 – 2002): su última palabra, ese enunciado final que todo lo condensa, que todo lo guarda dentro de sí, un testamento literario, una especie de Rosebud wellesiano, es decir, algo que conecta el pasado y el presente y da sentido a la totalidad de la obra, a la vez que la cierra, la culmina, le da fin.

En el año 2000, la fundación Guggenheim le otorgó a Levrero una beca para escribir este gran proyecto que, de seguro, Mario venía concibiendo desde hacía tiempo. Y, justamente, la primera (y más larga) parte de la novela se llama “Diario de la beca”, que narra la cotidianidad de Levrero desde Agosto del 2000 hasta Agosto del 2001. Exactamente un año en la vida de Levrero. Sí, lector, este diario es casi como un Reality Show, porque es el mismo autor quien se construye como personaje, al igual que los actores que delante de las cámaras de Gran Hermano hacen que viven como todos los días. A pesar de intentar el relato fiel, la mímesis, el realismo, uno sabe perfectamente que la ficción está presente en todo intento de escribir la realidad luego de ocurrida. De este modo, el afán explícito de no querer hacer literatura con el diario es vano. Si leemos el diario, entonces, como una novela, el resultado es notable. Recorremos los desayunos y los almuerzos-cena de ese sexagenario podrido de un Montevideo candombero, cumbiero, mediocre, ineficaz, burocrático e inseguro del nuevo milenio. Recorremos, además, las novelas policiales que son su pan de cada día, la radio Clarín o el Sodre, los juegos de computadora, la pornografía, los sillones, el aire acondicionado, la dentista, la doctora, el amor platónico hacia y de Chl, los talleres literarios, las acompañantes de las caminatas, la telepatía, la visión de fantasmas, los sueños y las palomas, símbolo importante que, a pesar de no saber bien este lector lo que simboliza, se da cuenta de su recurrencia, y la notoriedad de que ilustra algo del interior del personaje, algo así como que ese cadáver siempre presente es el pasado de Levrero, que necesita entender y traer a su mente para, por fin, resolverlo y dejarlo atrás.

La segunda parte, “La novela luminosa” propiamente dicha, es el presunto proyecto que Levrero no podía conseguir finalizar a lo largo de la escritura del diario de la beca. En esta parte del libro, hay un tono distinto: se pasa de un desgano y de un escribir para cumplir con el deber; a un ímpetu, una escritura vehemente y violenta, depurada de todo el superyoísmo que recubre de moralina el diario. Y solo en ese estado, en esa liberación de los sentidos y la percepción, a la vez del hecho de desnudar el alma, de experimentar la verdadera religiosidad del hombre moderno, es que Levrero consigue, de un modo verdaderamente mágico o si se quiere místico, trasmitir esas experiencias “luminosas” que, por definición, solo existen en la interioridad de quien las percibe o siente. Del “Diario de la beca”:

Fragmento de Domingo 22, 02.13

Me quedó pendiente el tema de la paloma muerta como símbolo. Debo explicar al lector, o recordarle por si ya lo sabía, que hace unos cuántos años escribí un texto llamado Diario de un canalla. Lo escribí en Buenos Aires. Mi impulso inicial había sido continuar la “novela luminosa” (subrayar este dato, ya que la novela luminosa –su conclusión– es el proyecto de la beca actual), y apenas me puse a escribir comenzaron los problemas con los pájaros. Primero cayó un pichón de paloma en el estrecho fondo de mi apartamento en planta baja; y cuando el pichón logró irse volando, cayó otro, ahora no de paloma sino de gorrión, y esta presencia de pájaros caídos se fue transformando en el tema principal de lo que estaba escribiendo, casi una crónica minuto a minuto de los acontecimientos que se producían en el fondo de mi casa. Entendí que esa epifanía de pájaros tenía un carácter simbólico; lo cierto es que a veces la llamada realidad objetiva se hace presente con un fuerte carácter simbólico. Y entendí que de algún modo yo había provocado esos sucesos por el hecho de haberme puesto a escribir.

De “La novela luminosa”:

Tengo una molesta picazón en la espalda, picazón un tanto dolorosa. Me rasco. Al otro día, siento nuevamente lo mismo, y no pasa. Debo viajar a un lugar que queda a unos cien kilómetros. Al salir de casa, echo un vistazo en el buzón: hay una carta para mí, pero no la llevaré ahora –no sé por qué, tal vez porque había reconocido la letra y sabía que esas cartas nunca son urgentes, y porque pensaba ver en las próximas horas a la persona que me la había enviado, justamente en aquel lugar adonde me disponía a viajar–. Viajo. Cuando llego, como me sigue esa molesta picazón, le pido a alguien de mi entera confianza que me examine la espalda. Me levanto la camisa. Esa persona dice: “Tenés como una mordedura. ¿Quién te mordió?”. “Nadie me mordió”, respondo. “Se ven claritas las huellas de dientes, superiores e inferiores. Dientes de persona.” Y esta persona de mi entera confianza que me mira la espalda, y que es mi madre, me mira con una vieja mirada sobradora. “Se que no le vas a contar a tu vieja madre tus aventuras eróticas –piensa, sin lugar a dudas–, pero deberías saber, de todos modos, que no nací ayer. Me puso una pomada porque le pareció que había un principio de infección. Vuelvo a casa, y vuelvo sin haber visitado a la persona que me había enviado aquella carta; simplemente porque “no tenía ganas de visitarla”; paso por el buzón, abro la carta. “La otra noche soñé que te mordía la espalda…” Firma mi amiga O. Usted piense lo qu quiera; yo no voy a agregar a esto una sola palabra.

Calificación: muy buena.

DeBolsillo, Barcelona, 2009.

ISBN: 978-84-9908-026-0

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10 comentarios en “La novela luminosa, Mario Levrero

  1. Curioso, Archi, lo que acabo de leer. Hace unos días, me tambaleé un poco y me puse a escribir poemas. En medio de todo ese estado, llega a casa un pájaro moribundo que, en inconsciente coincidencia con este libro que no he leído, consideré como un símbolo. Y, para agregarle un poco más al asunto, alguien que vos conocés reparó especialmente en el pajarito.

  2. ¿Viste, Nacho? Según Levrero, esas son las experiencias luminosas. Yo también he tenido unas cuantas, pero me resguardo de los incrédulos no diciéndolas…

    Abrazo y gracias por leer!

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