El cielo imperfecto, William Johnston

Johnston
***

Un viaje en ómnibus puede ser una oportunidad para varias cosas: conocer el paisaje y admirar su variedad a lo largo de la ruta, o rememorar ciertos acontecimientos de la vida. Para Guillermo, es una oportunidad para lo segundo. Es decir, la novela “El cielo imperfecto” de William Johnston comienza por el final, para, desde allí, narrar todo el proceso, todo lo que haría que la acción desemboque en ese ómnibus. Entonces, Guillermo rememora un cumpleaños suyo, en donde además de los familiares y los amigos que le decían “murciélago” (por sus largas horas de lectura y su claustrofilia), se presenta un personaje intrigante, Lita Rivero, una escritora de cuya vida personal poco se sabe y mucho se rumorea. Más bien, esto de saber poco y rumorear mucho de los demás, es moneda corriente entre los personajes de esta obra, al igual que idiosincrasia de los pueblos chicos de Uruguay.

La acción se moviliza en la época del período de facto, y denunciar un crimen o atestiguarlo puede ser tan dificultoso como haberlo cometido. Por eso, ese día de pesca, en busca de la corvina negra, bajo un cielo tan imperfecto como la negrura de la corvina que tal vez esté saliendo de las oscuras aguas, lo que ocurre debe ser silenciado y olvidado por el pequeño Guille y sus padres.

Ese hallazgo la tarde de pesca y varias cosas más; los amores imperfectos (el de Alicia y el de Nara), la locura imperfecta de Atanasio, la imperfección de la familia de Guillermo, en fin, la imperfección del hombre en busca de ser, como afirma Jorge Albístur en el prólogo, lo que desea ser, en este caso escribir novelas, eximiéndose de las culpas pasadas, y encontrando la redención. Esto es todo lo que cobija el gran cielo imperfecto, que bien puede asociarse con la ficción y la literatura mismas.

Un lunes la directora desplegó un mapa viejo y cuarteado de lo que, al parecer, era Europa. Ya habíamos aprendido las capitales de los países pero, según ella, era necesario repasarlas porque vendría el inspector. Ella indicaba con un gesto solemne un país y nosotros le respondíamos a coro la capital correspondiente. Al llegar a Polonia, se hizo el silencio. Entonces recordé que Antonia comentó en una oportunidad que su anterior marido era polaco y que estuvo durante su juventud en la que, para ella, siempre había sido una ciudad polaca.

– Dachau –contesté en voz alta, sin pensarlo.

La directora me hizo levantar del banco y me llevó de una oreja hasta el patio. Me asustaba su silencio.

-¿Es una broma, acaso? –preguntó con seriedad y nerviosismo-. ¿Es una broma? ¿no? Malditos comunistas, habría que fusilarlos a todos. Jamás he tenido un alumno como tú. Hijo de comunistas tenías que ser. Y después dicen que el mundo está al revés. Cómo no, con estos engendros… pero vamos…

Me llevó hasta la última sala que parecía vacía. En el colegio le decían el laboratorio. En realidad, Atanasio, desde épocas inmemoriales, vivía allí debido a una orden inexpugnable del comisario Gutiérrez. Era sobrino de Lita Rivero. Todos en el pueblo decían que Atanasio era un loco manso. Yo lo había visto un par de veces: de una blancura espectral, delgado, feo, acribillado de arrugas. Todas las tardes, pasadas las cinco de la tarde, estaba de pie, en el centro de la plaza del pueblo y las palomas de buche tornasolado revoloteaban a su alrededor, se posaban en su cabeza, en sus brazos, mientras el viejo les decía: tesoro, cariño, cielo, angelito de Dios.

-Te vas a quedar acá el resto de la tarde para que reflexiones –dijo la directora, empujándome hacia adentro con furia. Y mientras cerraba la puerta, chillaba para sí-: Dachau, Dachau…

Calificación: Bueno.
Editorial: Botella al Mar, Montevideo, 2009.
ISBN: 978-9974-681-11-8

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3 comentarios en “El cielo imperfecto, William Johnston

  1. Hola, Alonso. Podés escribirle por Facebook al autor (lo encontrás por William Johnston Fernández, creo) y con él podrás saberlo mejor. Un saludo cordial y gracias por leer en Catadores.

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