Tierra firme, Hugo Fontana

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Fontana

Una mujer de mediana edad, todavía con ciertos atributos atractivos, llega a la oficina de un editor harto de leer malos manuscritos, que sueña apenas con la jubilación, el retiro a un lugar apartado donde sólo leerá a los buenos, los grandes de la literatura. Pues bien, la mujer (vestida de rojo a lo Chandler), se aparece con un misterio. Su abuelo ha muerto en un accidente (lo han atropellado) y su familia se ha encontrado, entre sus cosas, con el manuscrito de una novela. ¿Cree el editor que es buena? ¿Cree que es publicable? Y así comienza todo. El escritor oculto se llamaba Edmundo Laguarda y vivía en Nueva Rovira, un pueblo costero (no un balneario), creado con pedazos de muchos pueblos del interior uruguayo, entre los que podríamos mencionar a Minas y Castillos. La novela de Laguarda, “Un mundo sin paraíso”, se publica y es un éxito, incluso llega a ser traducida a varios idiomas. La mujer de rojo, vuelve con frecuencia a cobrar los derechos de la obra de su abuelo y la relación con el editor va construyéndose muy paso a paso. Un buen día, llega con la noticia de que en una casa que la última compañera de Laguarda tenía alquilada, apareció un arcón con manuscritos, y a ella (a la mujer de rojo) y a su madre, les gustaría que él fuese a ver si entre todo el papelerío quedaba algo rescatable. Para eso, debe ir a vivir unos días en aquella casa de la costa, en Nueva Rovira. Este es el impulso que mueve la historia durante el primer tercio de la novela, la exhumación de la vida y obra de un escritor póstumo. Si el lector encuentra aquí el indicio de algunas novelas de Paul Auster (“Leviatán” y “El libro de las ilusiones”, sobre todo) quizá no esté tan errado. La incompleta reconstrucción de un hombre ya definitivamente ausente a través de sus indicios.

Esta primera parte tiene un ritmo lento y algo pastoso. Todo es demasiado pesado allí y Fontana puede volverse algo repetitivo, más que nada cuando cede a la tentación de sobre-adjetivar. Es cierto que ese estilo cansino concuerda a la perfección con el clima de la vida del editor, que la conjunción entre lo que se cuenta y el modo de contarlo es armónica, pero hay que decir que si uno siente la tentación de abandonar la novela, es durante estas primeras 80 páginas.

Luego, hay un quiebre. La llegada del editor a Nueva Rovira hace que la historia se ramifique igual que un haz de luz que atraviesa un prisma. Por un lado, el editor nos cuenta algo de lo que pasa en la novela de Laguarda. Por otro, aparecen las cartas de un periodista amigo de Laguarda que vive en Lavanda (la onettiana Lavanda). Esas cartas lentamente comienzan a dibujar una trama policial con el robo a un banco, un par de secuestros perpetrados por ex guerrilleros y gente de las más altas esferas del gobierno.

Ante el desafío de un conjunto tan ecléctico, Fontana muestra tener a la mano todas las herramientas de su oficio, de modo que la carpintería de la novela funciona. No hay astillas en la madera. Excepto (y agradezcamos la excepción), cuando el mismo Fontana quiere que quede la astilla. Cuando el lector siente el pinchazo, vuelve y dice: “Pero, ¿acá qué pasó?”, y eso está bien, sentir por un segundo la fantástica sensación de que no se está pisando tierra firme.

“¿Esa es la novela de mi abuelo que estaba en el baúl?”, le preguntó. Parecía no entender que algo tan ordenado como un libro, o como la idea que ella se hacía de un libro, pudiera estar compuesto de tantos fragmentos dispersos, de tantos folios de color y textura diferentes.

Calificación: buena.
Random House Mondadori, Montevideo, 2011.
ISBN: 978-9974-683-73-0

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