El infinito es solo una forma de hablar, Horacio Verzi

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Verzi

Se podría comparar a la literatura uruguaya con un pueblo chico, de casas más bien bajas, donde todos se conocen, en el cual los límites se saben con bastante precisión. Está claro para todos quién anduvo con quién. Basta pararse en la esquina de la plaza para distinguir, tan claramente como el paisaje que rodea el poblado, todos los itinerarios, las formas de caminar o de andar a caballo. La memoria y el presente son la misma cosa. Ahora, ¿qué sería la novela de Verzi en esta geografía? La primera imagen que se viene a la mente es la de una pirámide, una que es absolutamente discrepante con el conjunto y dentro de cuyo interior anida misterios. En primer lugar por el tamaño, que ronda las quinientas páginas. En segundo lugar, por lo que se mira. En tercero, por la estructura narrativa. En cuarto, por la profundidad documental y conceptual, que la convierte en una novela de ideas. En quinto, o tal vez antes, por el ejercicio de la imaginación, que no olvida la racionalidad más extremada. En sexto, aunque conviene aclarar que los números son un recurso arbitrario, puede consignarse que se está en presencia de un libro que, combinando todo lo dicho anteriormente, le plantea al lector una serie de exigencias, que van desde lo sintáctico hasta lo filosófico.

La extensión deja de manifiesto, por contraste, la habitual brevedad de la narrativa uruguaya, confinada a la concisión o a la anemia por factores que seguramente trenzan lo comercial, lo secundario de la actividad literaria respecto a las obligaciones laborales, lo mínimo del propio territorio y su población o la creencia de que es así, las pocas páginas que piden los concursos que pagan y, por supuesto, la cobardía y la incapacidad, todo coadyuvando para generar una arquitectura achaparrada, una especie de liga amateur que se juega en canchas chicas. El hecho de escribir un texto maratónico es, por sí mismo todo un argumento, al que se le suma otro nada menor, que es la más absoluta divergencia temática respecto a la de los vecinos, ya que no existe ni una pizca de referencias locales. La ubicación geográfica más cercana es Petrópolis, en Brasil, y no se hace referencia a una sola de las discusiones bizantinas que se suelen gastar y reeditar por estas bandas. El eje que vertebra las historias está dado por la relación de Monique, una psiquiatra brasilera, con su paciente Eróthides, apodado Maluquinho, y los saltos en el tiempo y el espacio llevan a los últimos días de Giordano Bruno, a los tiempos del arrianismo, a la retirada después de la batalla de Cunaxa que consignara y en la que participara Jenofonte o a los días, no tan lejanos a estos últimos, en que se proyectaba la silueta de Alejandro Magno, todo sintetizándose en un palacete brasilero que recibe las visitas de Stefan Zweig en sus últimos días. En todos los casos, se encuentra profusión de datos históricos, detalles de las costumbres, análisis de las tácticas militares y, en general, un cuidado meticuloso a la hora de reconstruir la época que hace suponer una documentación apasionada y de largo aliento. Todos los detalles de la ubicación temporal confluyen hacia lo intemporal, hacia una disquisición ética, filosófica y hasta metafísica que constituye el ritmo respiratorio de lo enunciado. El edificio se construye a impulsos de una imaginación que arrasa las barreras de lo convencional y que se hace contundente tras los parapetos de un lenguaje sólido y consciente de sí mismo, uno que reconoce al metalenguaje  como una herramienta más para construirse.

Los personajes no están exentos de una construcción compleja y sus emociones no están descuidadas. Pero todos ellos, más que valer por sí mismos, laten al ritmo de lo esencialmente humano que atraviesa territorios, lenguas y coyunturas, para sublimarse en lo divino, lo infinito, sobre lo cual versa, como dice el título, todo el trabajo de este libro. Una vez instalado dentro del mundo de la novela, el lector recibe constantes zarpazos teológicos que seguramente han surgido de una prolongada acumulación de preguntas e intentos de respuestas por parte del demiurgo que mueve los hilos. Para quien esté firmemente tornillado a sus creencias, habrá incomodidad y cuestionamiento. El que busque respuestas, encontrará preguntas. Quien quiera facilidades, se encontrará en medio del desierto, caminando en repecho. Si se busca una mitología, se leerá mitografía.  Cuando se crea haber dado con símbolos herméticos que son el santo y seña de algunas comunidades, se encontrará el rostro de Jorge Luis Borges. No se le podrá dar una lectura unívoca a este libro. Probablemente no será objeto de excomunión, aunque es mucho más insidioso que algún gran vendedor internacional. Se ha publicado contra todo posible consejo comercial. Encontrará a algunos lectores que serán sus oasis y serán sacudidos por el sólido terremoto que insufla. Levantará el horizonte de lo posible o lo esperable en la literatura uruguaya, que es un pueblo donde inesperadamente brotó una pirámide.

Pero también con ella a cada día más nos alejamos de los grupos humanos a la búsqueda de algún manchón de vegetación que nos oculte; a veces tenemos suerte y hallamos el adecuado cerca de una corriente de agua. Previa observación del terreno, libre de serpientes y escorpiones, tendemos nuestros mantos para recostarnos. Sus movimientos indican por dónde debo ir, cómo debo hacerlo, cuándo y cuánto debo esperar para que las limitaciones de su cuerpo no la inhiban. Ella dice haberme elegido porque sabe que yo desarrollaré en ella lo que tiene de masculino, y que la elegí porque sé que es capaz de hacer lo que en mi naturaleza hay de femenino, porque todos los humanos provenimos de una misma y única matriz. Dice que somos capaces de crear instrumentos a la medida de nuestros proyectos y de estar dotados de una teleonomía que nos aleja de esa soledad secreta que todo hombre tiene en su interior. Dice que somos de la misma materia que las estrellas. Luego del amor y de la contemplación del paisaje que a su vez nos ha contemplado, sentimos que no es preciso el conocimiento de hierbas ni el humo de las especias ardidas a las brasas para percibirnos en el cambio, para intuir una exaltación moral nueva y desconocida, para descubrir las claves del gozo y la elevación. No necesitamos hallar la inmortalidad en la plegaria, en la ascesis como “experiencia en devenir” o en el dolor. Y sobre todo descubrimos la futilidad de una intermediación entre nosotros y el Uno. Somos una parte viva del Uno y nuestras acciones y reflexiones directas saltan por encima del rito, de la oración establecida, del sacerdote y el mago. Un sueño comienza a embelesarnos, un sueño de caminos, rutas, descansos, ciudades, bibliotecas, puertos, calles, movimiento incesante, con un mar siempre golpeando y retirándose, con una gigantesca antorcha encendida al mundo, una antorcha más destellante que las pirámides.

Calificación: Excelente.
Editorial: Yaugurú, Montevideo,  2011.
ISBN: 978-9974-8302-6-4

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6 comentarios en “El infinito es solo una forma de hablar, Horacio Verzi

  1. Gran reseña, Nacho. Tengo este libro esperando en la biblioteca, y tu reseña aumenta mis ganas de leerlo. Tuve gratísimos momentos con “El grito del hombre mono” y con “Toda la muerte”, y dudo que esta “pirámide” sea la excepción. Un maestro Verzi…
    ¡¡¡Abrazos!!!

  2. Esta obra de Verzi es una de la grandes novelas de la Literatura uruguaya.
    Mi cuenta del siglo XXI comenzó con “La novela luminosa” de Levrero, esta es la segunda; es el segundo mojón de nuestro siglo literario, entre ellas hay obras muy buenas, buenas y de las otras, las de Levrero y Verzi son excelentes.

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