Libertad, Jonathan Franzen

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Franzen

Los Berglund son una familia estadounidense de clase media vista por dentro y por fuera, como si el narrador dispusiera de un arsenal de cámaras que tanto pueden hacer una toma aérea y panorámica como una que se introduce en la vagina de alguna de las mujeres y de allí a su alma, que remite a lo colectivo y a lo universal. La primera imagen que se ve es la de un suburbio, tal como en las películas, donde el foco se va a poner en esta familia, en su apariencia perfecta. Padre universitario trabajando en una gran empresa, madre universitaria y ama de casa, una nena y un varón. La nota discordante parece venir desde la casa de la vecina, que aporta colillas y una novia para Joey, el hijo, momento a partir del cual empieza a fluir el lubricante sexual del relato. Este aspecto forma o destruye los lazos afectivos, es la moneda de intercambio entre las personas o el cimiento de sus vidas.

 Por lo que se refiere al sexo en sí, Patty tuvo su primera experiencia a los diecisiete años, en una fiesta, donde la violó un tal Ethan Post, estudiante de último curso en un internado.

A través de este pasaje se observa, además, la técnica narrativa que mantiene al lector devorando página tras página. Los hechos importantes aparecen bruscamente y mueven toda la estructura hacia adelante, provocando consecuencias, y hacia atrás, removiendo los hilos de la historia familiar, que son los mecanismos casi siempre inconscientes que se insertan y hacen funcionar la maquinaria social, sin que falten explicaciones psicológicas afinadas, coherentes y coordinadas, y también algunos tintes pseudogenéticos a los que se tiene ganas de creerle. Se está hablando, a través de esta pequeña constelación de personajes, de los valores que circulan y determinan la sociedad de los Estados Unidos, desde su ámbito universitario hasta el fondo de la olla, allí donde se pegotean los alcohólicos, los que no trabajan, los mantenidos, sin olvidar las esferas corruptas del poder, en plena época de Bush y Cheney. Lo político se confunde con el empresariado salvaje, el manejo de los medios de comunicación y, de vuelta a lo mismo, con la intimidad de las personas, ya que estas se vuelven demócratas o republicanas según sus posturas en la vida, que los determinan en varias dimensiones, desde los gustos musicales a la ropa. Se da el caso de que el hijo, capaz y determinado, se hace republicano cuando se va a vivir a la casa de la novia –la vecina- a los diecisiete años, en parte determinado por la convivencia con el novio grotesco de la suegra. Y la madurez del muchacho lo hace actuar más acorde con los principios del padre, que es demócrata y estaba trabajando para una corporación muy implicada con los republicanos. Se hace bastante difícil situar a alguien fuera de este universo bipolar, de un maniqueísmo pegoteado, al punto de que la tónica de la descripción de la sociedad en esta novela podría olerse demócrata. Su postura es crítica con los manejos políticos y, al mismo tiempo, con los activismos que se les oponen. Se siente un escepticismo hacia el funcionamiento de la sociedad. Se vislumbra la tesis de que lo único posible es el aprendizaje individual y el intento de lograr la armonía familiar, todo a expensas del dolor intenso del descubrimiento de la verdad y de despojarse de los determinismos familiares o sociales. La libertad del título, entonces, es como el pajarito que quiere salvar el ecologista Berglund mientras su mujer se revuelca con el amigo rockero. Las historias desarrolladas y mutuamente solidarias de los personajes ganan en profundidad a medida que se avanza violentamente por las páginas, durante las cuales crece un desasosiego en el lector, quien se ve obligado a radiografiar la propia familia y las consecuencias de esta en personas que todavía no contribuyen a la superpoblación del planeta.

¿Acaso el fundador de los Traumatics sabía siquiera qué era un trauma? Un trauma era esto: bajar a tu despacho a primera hora de un domingo, pensando tan contento en tus hijos, que habían sido motivo de orgullo para ti los últimos dos días, y encontrar en tu mesa un largo manuscrito redactado por tu mujer que confirmaba tus peores temores sobre ella y sobre ti y sobre tu mejor amigo. La única experiencia remotamente comparable en la vida de Walter había sido la primera vez que se masturbó, en la habitación 6 de Pinos Susurrantes, siguiendo las amistosas instrucciones (“Usa vaselina”) de su primo Leif. Tenía catorce años, y el placer había eclipsado a tal punto todos los placeres previos conocidos y el resultado había sido tan cataclísmico y asombroso, que se había sentido como un héroe de ciencia ficción transportado cuatridimensionalmente desde un plantea envejecido hasta uno nuevo. El manuscrito de Patty fue igual de absorbente y transformador. Le pareció que su lectura, al igual que aquella primera masturbación, duraba solo un segundo.

Calificación: Excelente.
Título original: Freedom (2010).
Traducción:  (del inglés al español peninsular) Isabel Ferrer.
Editorial: Salamandra, Barcelona, 2011, 667 págs.
ISBN: 978-84-9838-397-3

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2 comentarios en “Libertad, Jonathan Franzen

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