Un camino en el mundo, V.S. Naipaul

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Naipaul

Este libro de cruzamientos, una serie de textos entre la ficción, el ensayo, la crónica, la confesión y el homenaje, es en cierto modo un palimpsesto, una sobre-escritura que V.S. Naipaul realiza para regresar una vez más sobre los intereses y hasta los ejemplos de sus obras anteriores. Y lo logra de una manera tan apasionante como peculiar. El protagonista, en todos los casos, es un escritor de Trinidad y Tobago que, de joven, fue beneficiado con una beca para estudiar en Oxford y que al regresar desde Inglaterra perdió el centro de lo que era su visión del mundo, o echó en falta una forma de la mirada en la que la identidad, su identidad y la de su comunidad, está en juego. Este es, como en otros ejemplos de la obra del autor, el gran tema del libro: la identidad. Sin embargo, el problema no se puede reducir a esa expresión; se trata más bien del difícil misterio que constituye para un intelectual en la era post-colonial dar con una identidad cuando esta en cierto modo está expresada bajo las fórmulas del pensamiento y el lenguaje de los que instauraron la cultura luego de la apropiación. De allí vamos a que en cada uno de los textos de “Un camino en el mundo”, la búsqueda de la identidad es en realidad un estudio de las relaciones de poder entre varias culturas. Y culturas diferentes es lo que abunda en Trinidad: por un lado las inmigraciones hindú (como es el ejemplo de la familia de Naipaul), china y negra; por otro los descendientes de colonos ingleses y españoles y de esclavos africanos; y por último (si cabe el término) los representantes de un área de influencia que es la del propio Caribe, expresadas en las relaciones con Venezuela y las Guayanas.
Aquí hay capítulos notables… “Ropa nueva. Una historia no escrita”: Una historia, cabría agregar, en la que Naipaul retoma la incertidumbre, la perplejidad de la cultura de las historias de Conrad. El narrador en este caso (un nuevo desplazamiento) es un infiltrado de un movimiento revolucionario en la selva de Guyana que busca hallar el contacto para proseguir con su misión y pasa días y noches recorriendo un trillo en medio de la selva, escoltado por dos indígenas… “Pasajero. Una figura de los años treinta”: La semblanza de un escritor apócrifo inglés, Foster Morris, que escribió una crónica sobre unas sublevaciones en Trinidad. Morris tiene mucho de Cyril Connolly y su carácter de promesa incumplida, una estrella rutilante que se consume a sí misma y a quien el narrador aborda sucesivamente en Londres intentando rescatar algo de la imagen de los habitantes de Trinidad y sus conflictos raciales y sociales así como también del propio mundo de su infancia… “Un paquete de papeles, un rollo de tabaco, una tortuga. Una historia no escrita”: Un recuento de los últimos días de Sir Walter Raleigh con su embarcación y sus últimos hombres estancados frente al Orinoco, incapaz de hacerle creer a nadie ya la existencia de El Dorado… “Un hombre nuevo”: El desengaño amoroso de un joven venezolano que integra la fuerza de la guardia policial en un pueblo de provincia y que es asistido por su padre, un hombre mayor con una marcada vinculación con la isla de Trinidad y a quien el narrador conoce en un vuelo entre ambos países… Todos estos momentos del libro están marcados por detalles como una violencia asordinada o un malestar impreciso, de definición ardua, y en los que subyace una perplejidad ante la historia. Los personajes de Naipal buscan su historia, su sitio en un relato mayor que a veces apenas atisban.
Por si fuera poco, incluso cuando nuestra primera reacción puede ser la de integrar la voz narrativa con la del propio autor debido a todas las señas en común, se produce un desplazamiento más. El narrador tiene una historia de vida y unos orígenes muy similares o idénticos a los de V.S. Naipaul, pero no es él. El narrador cursó en Oxford y realizó una pasantía en la BBC, pero no es Naipaul. Viajó a África y estudió de cerca el poder manejado de sopetón por los presidentes negros, como Naipaul, pero no es él. Se interesó por la fiebre del oro en el siglo XVI del mismo modo en que Naipaul consagró un libro al tema (“La pérdida de El Dorado”), pero no de la misma manera. Siempre surge una variante, en cada ejemplo. ¿Qué significa ese desplazamiento? ¿Por qué, de forma deliberada, aparecen por aquí y allá aspectos, piezas que no calzan en la confección del rompecabezas con el que tendríamos que completar la figura del autor? Por lo siguiente: esa ambigüedad favorece la tensión de la búsqueda de un centro y quizás contribuye a saltarse la cuestión de cuáles detalles son imaginados y cuáles pueden ser atribuidos a la experiencia.

Es posible que no exista el don de la visión primigenia o pura. Puede que la visión sólo admita el tutorado y que dependa de la capacidad de comparar unas cosas con otras. Colón vio una galera del siglo XV donde yo, del otro lado, vi un montón de rocas negras con árboles que no habría sido capaz de reconocer en otra situación. No demasiadas horas después de ver esa galera, Colón navegaba próxima a la costa meridional de la isla y vio jardines aborígenes tan hermosos como los de Valencia en primavera. Se trataba de una comparación que había realizado en más de una ocasión, por las islas de mucho más al norte que, físicamente, son bien diferentes. Pero era su única manera posible de describir una vegetación que no había visto nunca y lo único de que disponemos de esa primera visión de la intocada isla aborigen.
Con el paso de los siglos, nosotros fuimos necesitando que nuestros visitantes nos dieran alguna idea de dónde estábamos, de cómo era el lugar. No podíamos haberlo hecho por nosotros mismos. Necesitábamos testimonios foráneos. Pero con esos testimonios llegó la despreocupación. Y eso fue como una segunda edición de la misma historia. Porque en esa visión del viajero (esa imagen lejana de gente que comía bananas y llevaba zapatos crujientes, esa imagen de una pequeñez en la que un pasajero de crucero podía fijarse durante una mañana o durante un día) se nos calificaba de aborígenes y se nos atribuía la responsabilidad de la nulidad de todo lo que se había creado mucho antes de que llegáramos: a nosotros que habíamos llegado de muchos continentes y de muy variadas maneras.

Calificación: Muy bueno.
Título original: A way in the world (1994).
Traducción: Francisco Páez de la Cadena.
Editorial: De bolsillo, Barcelona, 2005.
ISBN: 978-84-9793-794-5

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2 comentarios en “Un camino en el mundo, V.S. Naipaul

  1. me gusta encontrar esto justo hoy, sin embargo no leo en tus líneas la solapada ¿ficcional? historia sobre Francisco de Miranda que también abre “un camino en el mundo”.

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