Cartas de Hastings y de París, Pierre Teilhard de Chardin

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Teilhard

Allí donde Teilhard de Chardin pone el ojo, pone la belleza. Hoy en día, cuando resulta tan difícil hallar apasionantes (o cuando menos nuevos) ejemplos de prosa epistolar, qué gratificación perderse entre las cartas que cruzaron hace un siglo el Canal de la Mancha y fueron y vinieron entre este estudiante para sacerdote jesuita y su numerosa familia. Y si bien no se trata de una personalidad ligada a la Literatura, cuánto de estas cartas no afirman un sentido literario de la experiencia, cuánto de estas cartas no es un buen inicio para aquellos que desean saber si la lectura epistolar se sostiene tan sólo por su lenguaje y más allá de las informaciones que las apuran.
Cuando tiene unos treinta años de edad, luego de un paso por Egipto, Pierre Teilhard de Chardin ingresa a estudiar teologado en un centro jesuita del sur de Inglaterra, más específicamente en Hastings (East Sussex). Allí reparte su tiempo entre las clases, el retiro espiritual, algunos paseos y hasta algunos partidos de fútbol entre los religiosos y los lugareños que, tal como dan fe las cartas, son de una rusticidad y un apasionamiento singulares. Pero por sobre todo, para alguien que con los años será conocido como uno de los naturalistas más complejos del siglo XX, un hombre que supo aunar la paleontología con la filosofía y la religión, residir en aquel paraje debió haber sido una celebración permanente, tal como lo atestiguan sus palabras. Entre sus habituales caminatas de horas, los sedimentos y los acantilados de la zona lo proveyeron constantemente de hallazgos que compartía con su padre y que daba a conocer a las autoridades del caso en Londres. En cada ejemplo de la correspondencia que este treintañero dirige a sus padres, un hallazgo entre los sedimentos, una apreciación sobre el clima, el apunte sobre las nervaduras de una hoja, la descripción del paso de un pájaro o una reflexión o un gesto doméstico cualesquiera tienen la dimensión de un acto único, mayor, y, desde luego, religioso. La lectura de estas cartas parece indicar que cada fenómeno de la experiencia parece ser celebrado como una pauta más de la realización de un plan. No hay desbordes en las pasiones ni ante la muerte de sus hermanos ni ante los reencuentros tan esperados con sus padres. Pero tampoco se escatima el sitio y la importancia que cada asunto posee. Un buen ejemplo de esto es la extensión concedida en cada carta al clima. Si un lector apresurado, como podemos serlo en cualquier instante de la jornada, se aviene a leer estas páginas, hoy, cuando el misterio del clima puede quedar develado con un par de clicks, hallará el resquicio por donde entrarle al libro. Para quienes escriben estas cartas el tiempo, el clima (tema de conversación tan vapuleado) es una expresión directa de sus temores y de sus anhelos que se vuelve de pronto sumamente interesante. Y así con todo lo demás, como se puede apreciar en ese hermoso pasaje en el que Teilhard de Chardin describe el paso de unos aeroplanos a baja altura, justo encima del convento, como una postal inmejorable de lo que fueron los vuelos pioneros.
En estas páginas, además, nos enfrentamos con algunos encuentros notables, como el que tiene el protagonista con Charles Dawson, quien lo conducirá más tarde al escándalo del Hombre de Piltdown. Y fuera de algunas cartas enviadas desde Bélgica, Suiza o España, con motivos de viajes específicos, la parte concluyente, aunque menor, está conformada por las cartas enviadas desde París, cuando Teilhard de Chardin se dedica por un lapso de tiempo que va de 1912 a 1914 al estudio de las ciencias naturales en el Museo de Historia Natural. Es probable que a partir de entonces  la capacidad para el apunte minucioso y certero descienda con el vértigo parisino. El aire de Hastings, su silencio y todas aquellas huellas del pasado aguardando ser recogidas hallaban un eco mayor en la actitud contemplativa de Teilhard de Chardin.

El último martes, una excursión me ha permitido ir a ver un bonito rincón de Sussex, Winchelsea, que papá encontrará sin duda en un mapa un poco al este de Hastings. Es una de las antiguas ciudades normandas que con Hastings, Rye, y otras dos, se llaman todavía los Cinque-Ports. No queda más que un pueblo, con algunos vestigios de fortificaciones y de viejas puertas, muy pintorescamente plantado sobre un promontorio. En otro tiempo, el mar llegaba hasta él; ahora se ha retirado (en otros lugares ha ganado, por el contrario), dejando una gran llanura pantanosa, llena de rebaños en este momento. El más bonito resto de la antigua ciudad es la iglesia, convertida evidentemente en un templo protestante y, por otra parte, muy ricamente dotada. Únicamente subsiste la nave del altar mayor, de modo que sobre la actual fachada se ve todavía la huella de las tres naves desaparecidas; la antigua iglesia debía de ser bastante grande. Sobre todo, he reparado en cuatro tumbas de antiguos señores y “almirantes”, representados con cota de malla, con los pies sobre un galgo. Todo ello tiene un vago perfume de viejos tiempos y de melancolía, del que no sé si hay que decir que está en las cosas inglesas o que se lo ponemos nosotros porque nos sabemos en Inglaterra.

Calificación: Muy bueno.
Título original:  “Lettres d’Hastings et de Paris (1908-1914)” (1965).
Traducción: Luis Arana.
Editorial: Taurus, Madrid, 1968.
ISBN: —

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2 comentarios en “Cartas de Hastings y de París, Pierre Teilhard de Chardin

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