Como la vida misma, Lorrie Moore

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Moore

Los cuentos de Lorrie Moore agrupados en Como la vida misma, me han hecho pensar en las formas que tiene la gente de responder a las agresiones del mundo, pues la ironía de Moore parece ser justamente eso, su estrategia para esquivar unos golpes y devolver otros. Así es que sus relatos consiguen sortear delicadamente la oscuridad, por obra del sarcasmo y el humor. Habría que aclarar ahora que la intención de Moore no tiene mucho que ver con la esterilización del peligro, de lo inquietante, sino la de mostrar la causa por sus efectos. No quiere hacernos creer que no hay nada que temer o que lo peor ya ha pasado. Las cosas son bastante duras y no por eso hay que hacer mucha alharaca. Así que decide mostrarnos a sus personajes y nos invita a verlos, como si dijera: “Vean cómo se defienden (cómo hacen lo que pueden) estos hombres solitarios y estas solitarias mujeres, e imaginen qué clase de palos les han roto en las costillas”.

Se ha dicho por ahí que una de las marcas de identidad de cierta literatura norteamericana es su manejo de la elisión, y Moore no es una excepción. No obstante, hay que hacer puntualizaciones. Si pensamos en los cuentos de Raymond Carver (especialmente aquellos editados por Gordon Lish) nos encontramos con esas expresiones mínimas y despojadas que sustentan gran parte de su valor en lo que hay detrás de las bambalinas, lo que no se dice o (ahora lo sabemos) lo que se ha decidido quitar. Es el proceso de elidir por sustracción, reducir algo hasta su mínima expresión, hasta el punto en el que quitar una sola frase más volvería impenetrable toda la historia. Se dice lo mínimo indispensable y sólo eso. Los relatos de Moore no funcionan de ese modo, y aunque lo que se ha decidido no decir sea importante, sus narradores no temen obstaculizar al lector o extraviarlo con indicaciones “erróneas”. Quiero decir que no parece que Moore esté preocupada por los sentidos laterales que puedan surgir en su historia a raíz de una digresión de su narrador, esas digresiones no provocan una pérdida de efecto final porque ese efecto no tiene un interés real para Moore. No hay un destino final prefijado. Y de ahí que sus relatos, igual que los de Alice Munro o Anne Beattie, muchas veces sean catalogados como “gérmenes de novelas” o algo parecido. Para comprobar el poco interés de Moore en generar un golpe o un sacudón, basta con los finales de sus relatos. Si hasta entonces el relato no había vibrado en el lector, ya no vibrará, no cabe esperar allí ninguna sorpresa, ningún asombro, ninguna necesidad de resignificar las páginas anteriores. Comienzos in media res y finales que se desvanecen en la poesía o en la aparente trivialidad. Nada comienza porque ya había comenzado. Nada termina, se convierte en otra cosa, aunque no estemos allí para verla. Like life.

Hablemos un poco de los cuentos. En “Dos chicos”, Mary goza de los favores de Número Uno y Número Dos, un par de hombres que no podrían ser más diferentes entre sí, mientras sueña con poder arrancarle unas cualidades a uno, otras al otro, y armar así un Número Tres, que no sería perfecto, pero estaría bastante cerca. En “Vissi d’Arte”, Harry es un escritorzuelo severamente trastornado que vive solo (su novia se quería mudar y él no), en un departamento sobre un prostíbulo y planea su gran obra luego de haber hecho una temprana aparición en el ambiente literario. En “Alegría”, Jane es una chica que lleva a su gato a la veterinaria, para que le den un baño. Jane trabaja ofreciendo muestras de queso en una tienda. Cuando un hombre que le parece atractivo le pregunta cuánto es, ella responde: “Un millón de dólares”. En “Además, usted es feo” (probablemente el mejor relato del volumen), Zoë Hendricks es la solitaria profesora del curso de Historia Norteamericana en la escuela secundaria del pequeño pueblo de París, Illinois. Zoë está a la espera de un diagnóstico cuando viaja para visitar a su hermana en Nueva York. Es Halloween, todos están disfrazados y Zoë termina charlando con Earl, un hombre que va disfrazado de mujer desnuda (con pechos de goma y todo). En “Sitios donde poner la cabeza”, Millie es la madre de Ariel, una chica que se encuentra estudiando en Europa. Milli y su esposo reciben en su pequeña casa de clase media a un amigo de su hija que ha decidido ir a conocer los EEUU. Más de una vez, a lo largo de sus páginas, dan ganas de ir a darle un abrazo a Millie. Uno de los fuertes. “El cazador judío” es una historia de amor entre Odette y Pinky, una poeta y un abogado de asuntos agrícolas en el avanzado camino de sus vidas, tantas veces derrotados que les cuesta pensarse a sí mismos en términos diferentes a los del fracaso. Gran relato. En “Otra vez muerto de hambre”, la cínica, desencantada y ácida (pero en el fondo buena) Mave presta el hombro para que su amigo Dennis se lamente y vuelva a lamentarse porque un italiano la arrebató a su esposa (así es como él ve el asunto). Relato de camaradería en el que Moore hace gala de sus diálogos rápidos e ingeniosos, sin intenciones más elevadas. El último relato es el que le da título al libro y se nota en él una elaboración mayor, más esmero en los detalles y un cierto parentesco con las narraciones breves de John Cheever. Es la incómoda historia de Mamie y Rudy.

A veces, su matrimonio era como un santo guillotinado que seguía andando por la ciudad con la cabeza en las manos. A menudo se imaginaba el apartamento pasto de las llamas. ¿Qué se llevaría? ¿Qué pocas cosas se llevaría para empezar una nueva vida? La idea la animaba. (de “Como la vida misma).

Mamie escribe algo así como libros para niños y Rudy intenta ser pintor, pero no tiene las influencias necesarias y está demasiado loco (si tuviera las influencias no importaría el temita de su locura, claro está). Mamie busca apartamento porque planea abandonar a Rudy. Tiene más de un motivo. Lo ha dejado diez o doce veces a lo largo de la relación, de modo que Rudy ya no se toma sus amenazas con seriedad. Mamie es un cuerpo celeste girando en la órbita de un planeta oscuro, sin poder alcanzar la velocidad necesaria para liberarse de la fuerza que la mantiene allí.

Flannery O’Connor escribió un ensayo titulado “Escribir cuentos”, algo que casi todos los escritores hacen alguna vez, hablar del oficio. O’Connor dice en su ensayo que para ella la escritura es un acto de descubrimiento y que rara vez sabe a dónde va cuando comienza a escribir una historia. Habrá una clase de escritores que procedan de forma distinta, claro, aquellos que como Borges (por nombrar al más famoso de los fabricantes de artefactos narrativos) necesitan vislumbrar claramente el final de su historia antes de comenzar. Estos son constructores. Lorrie Moore, como O’Connor, pertenece en cambio al equipo de los descubridores, los que parten sin un rumbo fijo y utilizan la escritura como una antorcha que ilumina el camino desconocido.

-Mira a esa gente ahí abajo –dijo-. Parecen bichos. ¿Sabes mantener los bichos a raya? Se les lanza hormonas de bicho, hormonas femeninas de bicho. Los bichos macho se vuelven tan locos en presencia de esas hormonas que se cogen todo lo que tienen a su alrededor: árboles, piedras… Todo menos bichos hembra. Control de natalidad. Eso es lo que le ocurre a este país –prosiguió, medio borracho-. Hay hormonas por todos lados y los hombres se cogen las piedras. ¡Piedras! (de “Además, usted es feo”).

Calificación: muy bueno.
Título original: Like life.
Traductor: Isabel Murillo Fort.
Editorial Salamandra, Barcelona, 2003.
ISBN: 84-7888-805-5

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