El último encuentro, Sándor Márai

Marai
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Tenemos que soportar las traiciones e infidelidades, y lo más difícil de todo: que una persona en concreto sea superior a nosotros, por sus cualidades morales o intelectuales. Esto es lo que he aprendido en setenta y cinco años de vida, aquí, en medio de este bosque. Pero tú no has podido soportarlo.

Henrik, un anciano general austríaco, vive en su apartada mansión de los bosques, rodeado de sus sirvientes y su nodriza Nini. Un buen día, una carta llega a su soledad. Se encuentra en la ciudad un viejo amigo suyo, Konrád, el más querido de sus antiguos amigos. El general envía a su cochero a buscar a Konrád y hace que preparen todo para una cena íntima. Hasta el más mínimo detalle es cuidado para que reproduzca el escenario de una noche, hace cuarenta y un años, la última vez que Henrik y Konrád estuvieron cara a cara.
Con paciencia, Márai procede del mismo modo que los sirvientes de su general, preparando el ambiente y el clima en el que se desarrollará el corazón de su novela, el anunciado encuentro final. Esta preparación no es minuciosa, pero es certera, allí no falta nada de lo que vamos a necesitar para hacer frente, también nosotros, a la entrevista entre los antiguos amigos. Lo que este narrador menoscaba no es información, porque tampoco es información, estrictamente, a lo que accederemos en el lento caudal que será el monólogo (llamarlo diálogo sería un error) del general. De modo que el narrador más lejano y objetivo, que es el que comienza el relato (y hace el cuadro de época, describe los escenarios y narra de modo sumario quiénes son los personajes que veremos entrar a continuación), se retira cuando su tarea está acabada y es el propio general el que toma la palabra “como juez y como víctima”.
Llegado este punto, hay que elegir: o se arruina buena parte del argumento, o se concentran las tintas del comentario en asuntos diferentes. También es cierto que con lo dicho aquí, alcanza. El lector bien puede hacerse ya una idea que difícilmente sea errada de los motivos de la prolongada separación de estos dos hombres, así que no es necesario ahondar en los recovecos de la trama que esconden esos motivos.
El último encuentro es, entonces, el largo soliloquio del general, que expone al fin el resultado de cuatro décadas de soledad destinadas a comprender, a acercarse a una verdad y a liberarse de los lastres que le impedían esa aproximación. La calma aparente del general, resultado de su vejez, de la vida que ha ido sosegando sus impulsos en él, se sostiene sobre una última cuestión, el asunto pendiente que lo ha mantenido con vida a través de la guerra y de la tristeza, el asunto que le ha impedido pegarse un tiro. Konrád, el amigo que ha retornado, juega aquí un rol de una pasividad exasperante, pero sin él no existiría la descarga ni el alivio, sin su presencia, todo se habría mantenido en los límites de la conciencia del general. Sin destinatario, al fin y al cabo, no existe el mensaje. ¿Cuánto tiempo puede vivir una persona en el mundo de las ideas -la memoria, las especulaciones- antes de acabar en el delirio? ¿Cuánto tiempo sin la existencia real, física, de una manifestación de esas ideas? La necesidad del general, la pura y básica necesidad de hablar y ser escuchado por la única persona que podría oír y entender lo que tiene que decir, aunque eso no cambie nada, porque al fin y al cabo no falta mucho para que ambos se conviertan en ceniza y polvo. Esa trágica tensión se convierte, al final, en la agobiante verdad filosófica que trasciende la anécdota, la tensión entre lo que debe ser dicho antes de que todo acabe y el conocimiento de la ausencia de sentido de lo que se dirá. La necesidad de preguntar y la convicción de que no es necesaria una respuesta. Saber la verdad no cambia nada, pero hay que saberla.

Quiero decir que la gente acaba aprendiendo la verdad, adquiere experiencias, pero todo ello no sirve para nada, puesto que nadie puede cambiar de carácter. Quizás no se pueda hacer nada más que esto en la vida: adaptar a la realidad, con inteligencia y con atención, esa otra realidad irrevocable, el carácter personal. Esto es lo único que podemos hacer. Y sin embargo, así tampoco seremos más sabios, ni estaremos más a resguardo de las adversidades…

Calificación: muy bueno.
Título original: A gyertyák csonkig égnek (1942)
Traducción: Judit Xantus Szarvas,
con la colaboración de Magyar Könyv Alapítavány.
Ediciones Salamandra, Barcelona, 2008.
ISBN:  978-84-7888-601-2

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6 comentarios en “El último encuentro, Sándor Márai

  1. Hablamos del 2004, ¿no? Recuerdo a la perfección el encuentro, pero no el año, soy malo para las fechas. Pero sé que yo estaba leyendo “El lobo estepario”. Lindas lecturas de verano nos echamos encima vos y yo, Dam.

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