¡Absalón, Absalón!, William Faulkner

Faulkner

 

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El padre es paz. Ese es el significado del nombre hebreo “Absalom” que en la biblia corresponde al tercer hijo del rey David. Lo que ocurre en la novela de Faulkner es la negación de aquella afirmación bíblica. Los padres son muchas cosas menos pacíficos en ¡Absalón, Absalón! Especialmente el tremendo protagonista, explícito o implícito, de toda la novela: Thomas Sutpen, también llamado “el demonio”. Faulkner cuenta aquí la historia de la mítica plantación Sutpen’s Hundred, situada al noroeste del condado de Yoknapatawpha. Esta es la historia de la forma en que Thomas Sutpen llegó un día, venido de ninguna parte con un contingente de negros semi-salvajes y un arquitecto francés, y de cómo se hizo con las tierras en las que levantó su casa y estableció su familia. También es la narración parcial y fragmentada de la caída y disolución de la sangre Sutpen, junto con el fin del viejo Sur, tras la derrota de los confederados.
La novela comienza con la entrevista entre la anciana señorita Rosa Coldfield y el joven Quintín Compson. La señorita Rosa envió a buscar a Quintín porque necesita su ayuda para realizar cierta tarea referente a la vieja casa de los Sutpen (estamos en 1910). La señorita Rosa elige a Quintín porque el abuelo del muchacho fue el único amigo que tuvo Thomas Sutpen. De modo que la novela es también la exhumación de una historia tan antigua que ya nadie posee todos los pedazos. Y esa es la coartada narrativa de Faulkner, el punto de apoyo para edificar su colosal estructura de narradores y narratarios que van y vienen en el tiempo y los escenarios hasta acabar un tapiz hecho con múltiples voces y perspectivas. La polifonía que Faulkner consigue aquí está mucho más acabada, en cuanto a su aspecto técnico, que la que había ensayado en Mientras agonizo, donde cada fragmento estaba precedido del nombre de su narrador. En ese sentido, ¡Absalón, Absalón!significa una depuración del estilo o su naturalización. Un estilo en el que es difícil no perder pie, como en aguas difíciles.

…el idioma (esa frágil hebra delgada, decía mi abuelo, que une las pequeñas aristas y ángulos superficiales de la secreta vida solitaria de los seres humanos, las une por un instante aislado antes de que vuelvan a hundirse en las tinieblas donde el espíritu clamó por vez primera sin ser oído y donde lanzará su último grito sin que llegue tampoco a otro ser)

Respecto a la inmensa complejidad que algunos párrafos presentan, es interesante observar la nota de la traductora, que advierte sobre “los extensos paréntesis que abarcan varios párrafos o páginas y empiezan y acaban en las formas más impensadas”. También hay que tomar en cuenta que el inglés presenta vocablos breves que, al ser traducidos, necesariamente terminan convirtiéndose en polisílabos que acaban por volver lenta o pesada la prosa. La copiosa adjetivación de Faulkner o su personal manejo de los incisos no contribuye a generar, ciertamente, una lectura ágil. Hablamos de una novela de 1936, pero no de cualquier novela, sino de una capaz de integrar esa categoría conocida como “La Gran Novela Americana”. Quizá haya que contemporizar un poco la perspectiva para entender las intenciones y los métodos de Faulkner, unas intenciones y métodos que estaban menos preocupados en simplificarle la tarea a sus futuros lectores que en crear una obra memorable y significativa. Los desafíos que plantea ¡Absalón, Absalón! a un lector actual no son vanos, vale la pena (que no es tal) superar el ritmo repetitivo de la prosa gótica-sureña, porque ese es el precio del descorrimiento de los velos detrás de los cuales sólo hay otros velos, porque en la fragmentación de la narrativa hay otra cosa, la aceptación de que la objetividad no existe y es imposible llegar a saber algo, pues aquella frágil hebra delgada que es el idioma, único instrumento en las manos de la memoria, no es suficiente. Así lo acepta Shreve -el compañero de alcoba de Quintín en la Universidad-, quien detiene a su amigo a mitad de la historia para tomar la palabra en su lugar: “-Espera -dijo, Shreve-. Ahora, déjame jugar un rato a mí”. La narración como un juego. Ya no como una reproducción documental de los hechos, sino como la dolorosa y terrible y divertida aproximación de lo que pudo ser, y en el juego se pone todo el talento del que uno dispone, junto con toda su inteligencia y sensibilidad.

Se miraron con ira. Era Shreve quien hablaba, aunque si no fuese por la leve diferencia que pusieron en ellos los diversos grados de latitud (diferencia que no era de tono ni de acento, sino degiros idiomáticos y empleo de los vocablos), podría haber sido cualquiera, o ambos a la vez, los que así hablaban: pensaban como uno solo, mientras la voz que por azar hablaba era sólo el pensamiento trocado en sonido perceptible y oral. Ambos creaban, juntos, de cabos sueltos y de fragmentos de viejas historias, gentes que quizá nunca existieron en lugar alguno, sombras que no eran sombras de carne y hueso que vivieron y murieron; sino sombras de lo que (para uno de ellos, al menos, para Shreve) eran otras tantas de las sombras, silenciosas como el visible murmullo de su aliento convertido en nubecilla de vapor.

Calificación: excelente.
Título original: Absalom, Absalom! (1936)
Traducción: Beatriz Florencia Nelson.
Emecé Editores, Buenos Aires, 1965.
ISBN: —-
Nota: la tapa no corresponde a la edición detallada.

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