Duke Ellington. Una biografía íntima, Mercer Ellington y Stanley Dance

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M. Ellington

Si se revisan los créditos de algunas de las composiciones de la discografía de Duke Ellington a partir de la década del ’40, más allá de las comunes colaboraciones con Billy Strayhorn o con Juan Tizol, puede apreciarse un desdoblamiento del apellido Ellington en composiciones tan emblemáticas hoy en día que han devenido standards: “Pigeons and peppers”, “Moon mist”, “John Hardy’s wife” y, sobremanera, “Things ain’t what they used to be”. La autoría de estas piezas pertenece a Mercer Ellington, único hijo del gran músico nacido en Washington en 1899.
“Nadie como el hijo conoce al padre”… Ese parece ser el precepto del que parte la escritura de esta biografía (en colaboración con Stanley Dance, quien había a su vez ayudado al propio Duke Ellington a escribir su autobiografía, “Music is my mistress”, y quien habría redactado con los años “The world of Duke Ellington”). Mercer Ellington se propone, en definitiva, completar el perfil de su padre allí donde el interés por la construcción de la propia figura (en “Music is my mistress”) o los lazos de amistad y de trabajo (en “The world of Duke Ellington”) no pudieron acceder. El autor de estas páginas advierte en el prólogo que su semblanza va a resultar polémica y poco condescendiente en algunos puntos, pero en el transcurso del libro el lector queda a salvo de cualquier asomo de mezquindad o injusticia debido a la permanente devoción y comprensión que Mercer Ellington demuestra por su padre.
La biografía es, además, un notable esfuerzo por realizar un seguimiento, para nada extenuante y repleto de muy buenas historias, de la carrera de Ellington desde la formación de The Washingtonians en los inicios del ’20 hasta sus últimas horas de vida en 1976, cuando revisaba desde una cama de hospital las partituras de sus últimas composiciones de música sacra, que dirigiría su hijo junto al resto de la orquesta. En ese sentido es un libro sin desperdicio, pues la propia formación musical de Mercer Ellington permite a los lectores interesados en el jazz, más allá de su “grado de iniciación”, hacerse una idea de la progresión musical de una orquesta que se inició entre el dixieland y la irrupción del swing y que no sólo sobrevivió, sino que tuvo una sana vida cuando el be-bop, el hard-bop y otros movimientos de jazz más libres acaparaban la atención. Las apuntes de Mercer Ellington para relacionar los modos compositivos del viejo Duke (“Pop”, como él lo llama) en relación con los cambios sociales, las tendencias artísticas y los aspectos económicos que regían a las discográficas son extremadamente valiosos, como ocurre con la explicación de la génesis de “Mood indigo”. Sin embargo, otra lectura es posible: la de interpretar este libro como una suerte de inconmensurable road-story de una banda a lo largo de seis décadas. Desde pequeño, Mercer Ellington estuvo relacionado con la orquesta de su padre trabajando como cadete, para desempeñar con los años los puestos de road-manager, instrumentista ocasional, difusor, colaborador en composiciones, arreglista y hasta director tras la ausencia de la gran cabeza. Esa perspectiva interna con que se detalla todo (aspectos de las giras, los ensayos y las grabaciones, así como de todo el mundillo que quería rodear a Duke, más sus amigos y sus mujeres) es única e irrepetible… Duke Ellington fue un genio; este libro permite un vistazo sobre sus credos ético y estético, una personalidad sagaz y de una creatividad arrolladora; leer este libro, como dijo el crítico Ralph Gleason a propósito de la muerte de Ellington, lo llena a uno de energía y de ganas de saber más. En este caso, nadie como el hijo para hacérnoslo saber de nuevo.

Aunque Ellington ya se había asentado como compositor, no escribía mucho en estos años de formación porque varios miembros de la orquesta no eran buenos lectores. Normalmente los arreglos eran creados oralmente y sé que Mills se quejaba al no tener nada sobre el papel para obtener el copyright. Pop tocaba la melodía al piano y Arthur Whetsol  la aprendía. Luego tocaba la segunda parte o dejaba que el segundo trompeta desarrollara su parte según lo que había oído. A continuación tocaba el acompañamiento según su buen entender y luego asignaba notas desde el piano a los demás miembros. (…) La falta de aprendizaje formal le llevó a un pensamiento creativo que otros no habían encontrado. Más tarde se dio cuenta de que había manera de ponerlo por escrito guardando su significado.  Después de haber aprendido a escribir música, lo hizo de un modo tan enigmático que hubiera sido muy difícil que una persona normal entendiese lo que estaba escribiendo.
Ponía claves que realmente no pertenecían a un pentagrama determinado y tenía un sistema de no cambiar al accidente siempre y cuando el accidental no perteneciese a la parte particular que estaba tocando un instrumento determinado. (…) De resultas de todo ello, si alguien echaba una ojeada a la partitura y quisiera tocarla, habría encontrado que no tenía sentido y naturalmente sonaba fatal.
Hacía cosas así porque en aquel entonces se producían muchos robos. Había gente que venía a los espectáculos del Cotton Club con libretas y lápices y abiertamente escribían las ideas y los inventos que oían. Si podía evitarlo, nunca dejaba mirar las partituras y sabía de alguna gente que venía para aprovecharse de su creatividad. A veces, cuanto más importantes eran las personas que venían, menos original era la música que tocaba. Esto era en defensa propia hasta que, por lo menos, grababa un disco de aquella música.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Duke Ellington in person (1978).
Traducción: Alfredo Papo.
Editorial: Parsifal Ediciones, Barcelona, 1992.
ISBN: 84-87265-30-8

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