Puesta de sol, Javier de Viana

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de Viana

“Puesta de sol” no es un libro original de Javier de Viana, sino una recopilación de 45 relatos de este narrador del ‘900 realizada y prologada por Heber Raviolo para Ediciones de la Banda Oriental. de Viana fue un narrador profuso y estas páginas dan una muestra de ello, pues aparecen representados volúmenes de cuentos como “Macachines” (1910), “Leña seca” (1911), “Yuyos” (1912), “Cardos” (1919) o “Ranchos” (1920). En principio, podría señalarse que este casi medio centenar de cuentos breves (la mayoría no pasa de las tres páginas) es sobre todo un “sistema solidario” de narraciones. Por separado, cada cuento, exceptuando una decena de ejemplos, se resistiría a ser leído sin el amparo del grupo del que forma parte. De otro modo: el libro levanta en calidad por acumulación, y termina de perfilar un concepto mayor.
Ambientados entre los años que van desde el fin del siglo XIX a los primeros años del XX, en el medio rural uruguayo, y en un puñado de casos en el litoral argentino, “Puesta de sol” representa el tambaleo de un mundo que iba quedando caduco. Es la época del empuje modernizador en el Uruguay… Las estampas en las que se representa a los personajes (plenas de un interés permanente por los detalles tanto de objetos como de rasgos psicológicos y varias de ellas con la lógica del golpe de efecto final) quedan revestidas por un halo tanto moral como de rescate. Los policías de “Por haraganería”, que no llevan a cabo su deber porque no consideran que valga la pena el esfuerzo, o la moza de “Yo siempre fui así”, que hace su vida porque no queda más remedio, con un desapego a prueba de todo, son tipos humanos que, más allá de las vetas humorísticas, están definiendo una época. Es la visión de lo que, algunos años atrás, en su serie novelística de la “Tetralogía Nacional”, Eduardo Acevedo Díaz había denominado como “la masa cruda”. En ese sentido, “Puesta de sol” es una selección de narraciones que valen la pena y mucho, por cuanto dan una pauta de los usos, las costumbres, las reflexiones y la cotidianeidad del Uruguay de un siglo atrás. Sin embargo, en lo que sobresale esta antología es en las historias ambientadas en la Guerra Civil de 1904 o en alguna del revoluciones precedentes y, por mucho, en los episodios cuyos protagonistas son matreros, caso notable de “De tigre a tigre” o (en otro tono) “Entre púrpuras” y “El tiempo de guerra”. En “De tigre a tigre”, de hecho, Javier de Viana se ofrece como un narrador de una solvencia y de un manejo de la acción muy elaborado. Se trata de la historia de una venganza efectuada por un matrero contra los integrantes de la banda de la que se ha escindido. Si el cuento sufre de algo, es de brevedad. Pero hay que recordar al respecto que la horma venía dada por las publicaciones en las que aparecían estos textos antes de ser reunidos en un libro. Es una lástima que en nuestra narrativa (sí lo hacen los guionistas de comic y también Martín Bentancor en su cuentística) no esté tan extendida la costumbre de reescribir a los predecesores gauchescos o criollistas en dicha sintonía, porque esta historia, del mismo modo en que un western puede ser revisitado en el cine, daría muy buenos dividendos literarios a quien decida explorarlo. Pero es una idea…

Delante iban Policarpo y Montón de Humo. El primero vestía chiripá de merino negro, botas de becerro y camiseta, también de merino negro, con pechera tableada, bajo el grueso poncho de paño azul, bayeta colorada y cuello de pana cerrado con alamares de seda. Su caballo, un tordillo pequeño, fornido, ágil, lucía el vistoso apero plateado, que había sido objeto de admiración para Donato, hasta que vio el portentoso “herraje” de Segundo Rodríguez, el coloso que murió gloriosamente en la acción del Sauce. Debajo de los cojinillos, junto a las boleadoras retobadas en cuero de ciervo, se alzaban las infladas alforjas, y más atrás, a los tientos, el maneador bien sobado y engrasado, y la guampita que hacía las veces de copa.
Sombreado por las anchas alas del hongo, el rostro del mozo, antes blanco, hoy dorado, presentaba un aspecto de resolución y de dureza que imponía. Las penurias, el peligro, el ejemplo, el contacto diario con hombres tallados apresuradamente en bloques de granito, dieron a aquella fisonomía, de suyo varonil y enérgica, esas líneas fuertes, esos rasgos firmes que revelan los dedos del infortunio trabajando en la pasta resistente de un alma altanera. En su faz, como en su modo indolente y seguro de montar a caballo, se descubría al gaucho de origen; sin embargo en la mirada honda y escrutadora, en el desdeñoso pliegue de los labios y en el inconsciente pliegue de las cejas, había ese algo indefinido que deja la educación en los espíritus que su luz ha tocado.

(del cuento “Entre púrpuras”)

Calificación: Bueno.
Editorial: Ediciones de la Banda Oriental (colección “Lectores” 11ª serie), Montevideo, 2009.
ISBN: 978-9974-1-0610-9

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8 comentarios en “Puesta de sol, Javier de Viana

  1. No he leído tanto de Javier de Viana, pero me gusta mucho un cuento suyo llamado “Lindo pueblo”. En él, se deja entrever una sutil crítica a la corrupción y el silenciamiento del mismo, ambos generados por una sociedad endogámica y cerrada.
    Saludos.
    F.

  2. Querido Damián, esto lo escribió el poeta y payador Braulio Césaro, al poco de morir Javier de Viana. Te lo paso por la evocación que hace de de Viana y porque es un relato en si mismo, además. Un abrazo.

    EL CHARRÚA

    Callaron los federales,
    se entristeció el canelón,
    se queja el sauce llorón,
    se inundan los pajonales.
    Los grandes tembladerales
    también se han embravecido,
    un sabiá dejó su nido
    porque un zorzal de mañana
    gritó que a Javier de Viana
    la Parca lo había vencido.

    El chingolo ni el hornero,
    la calandria ni la urraca,
    ya ninguno se destaca
    como en mañanas de enero.
    Ya no anida el carpintero
    en palos del telefón
    porque ha caído el campeón
    de nuestra selva frondosa
    y hoy sólo vive en las prosas
    del campesino fogón.

    Ya no cruza los rastrojos
    en su flete y con orgullo,
    el autor del libro ‘Yuyos’,
    de ‘Gaucha’, ‘Gurí’ y ‘Abrojos’.
    Sólo quedaron despojos
    de la vieja tradición;
    como sería la impresión
    que le causó al paisanaje
    que cuentan que hay un paraje
    que siempre ven su visión.

    Triste está la paisanada
    y suele contar la gente
    que hay noches en que se siente
    aullar tuita la perrada.
    Dicen que una madrugada,
    al desuñir los carreros
    largaron los delanteros
    para verdiar un ratito
    cuando sintieron el grito:
    “Cuidao con los pertigueros”.

    Uno de ellos, sin recelo,
    cuando ese grito sintió
    al punto se persignó,
    dijo “Dios lo lleve ela cielo”.
    De la bombacha un pañuelo
    el más anciano sacó,
    las lágrimas se secó
    y al empinar la carreta
    dijo “Ese grito es de un poeta
    sus libros he leído yo”.
    .
    Después de haber amarguiado
    arrimaron la boyada,
    para emprender la jornada
    el viejo un cuento ha empezado
    de un libro que había estudiado
    hecho por un gran talento
    y en ese mismo momento
    sintió un peso en la picana,
    y era la visión de Viana
    que venía a escuchar el cuento.
    -Braulio Césaro (la transcripción es de Lauro Bentancor, mi padre)

  3. Aporto sobre la reflexión del gauchezco como western y su posible adaptación a cine, con el trailer de Aballay, el hombre sin miedo (adaptación sobre novela de Antonio Di Benedetto):

    Y coincido con que el rescate del gauchezco está en la mejores manos: las de mi compadre Bentancor.

  4. Excelente el avance de Aballay, me encanta lo gauchezco y creo que es un géneropoco visitado ydesaprovechado por los lectores, exceptuando una rápida mención en secundaria.Me provoca reler a Viana.Gracias amigos por vuestros buenos comentarios.

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