La hermandad de la uva, John Fante

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Fante

John Fante, el dios de Charles Bukowski, el abuelo del realismo sucio, el devoto amante de Dostoievski, el hombre que convirtió su vida en la materia primordial de su literatura. Fante renunció desde el principio a las florituras del estilo y se dispuso a contar lo que sabía con toda la honestidad posible, sin rebuscadas perífrasis; el plan de Fante siempre pareció ser ese, ir directamente y sin ambages a la caza de aquello que el corazón conocía pero que difícilmente pudiese trasmutarse en literatura. Así que Fante confía. Confía en que si cuenta lo que sabe de la forma más sencilla, entonces algo ocurrirá, una parte de aquella historia acabará por recrearse, por existir y durar al otro lado del camino. Ahora, bien; más allá de la poderosa carga autobiográfica de casi toda su obra, Fante no es tan ingenuo como para no otorgarle una pátina ficticia a sus recuerdos, un barniz que venga a realzar los hechos, elevándolos por encima de la categoría de la anécdota. Así es que aparecen los sujetos interpuestos que nos refieren las historias, y que ya pueden llamarse Arturo Bandini o Henry Molise, pero que nunca dejan de ser el mismo Fante, sin más caretas que unos cuantos detalles menores que cambian de un alter-ego al otro. La utilización de estos híbridos entre seudónimos y heterónimos parecen servirle a Fante de coartada, para torcer la realidad, moldearla y dirigirla, sin tener que escuchar objeciones (quizá, sus propias objeciones) sobre cómo fueron realmente los sucesos de su vida. Y este detalle, que parecerá muy menor a la distancia y desde un punto de vista estrictamente literario, no es nada menor cuando pensamos que Fante destripó su vida familiar, sus historias domésticas y privadas, exponiéndolas a la mirada pública. Imagino a padres, hermanos y esposas diciendo: “¿Quién te da derecho a revelar todas estas cosas?”, y a Fante respondiendo: “Pero no es nuestro apellido, ¡no es nuestro apellido!”.

En La hermanada de la uva, la situación es la siguiente: Henry Molise (cincuentón, escritor y guionista, casado con Harriet, padre de dos veinteañeros), recibe la llamada de su hermano Mario (adorador del baseball) diciéndole que sus padres septuagenarios se van a divorciar. Henry viaja entonces a San Elmo para mediar en la situación. Al llegar, las cosas han cambiado, sus padres ya no piensan en divorciarse, ahora se teje una conspiración a espaldas de Henry: su padre quiere que lo acompañe a las afueras para construir una cámara de piedra para ahumar carne. Necesita un peón. Henry se rehúsa, pero pronto entiende que no hay escapatoria, que en cierto modo, ha ido hasta allí para eso. De modo que estamos ante una despedida, el último regreso a casa, y eso es visible desde el comienzo. Esa es la parte de la historia que funciona. Todo lo que rodea al infumable, desagradable, rencoroso y canalla anciano Nick Molise; sus beodos amigos Zarlingo y Cavallaro –tan detestables como él mismo, un auténtico par de viejos de mierda-; y el entorno de los bares, tugurios y prostíbulos de San Elmo; la relación de Henry con su madre y sus hermanos, Mario, Virgil y Stella; y la secuencia de la construcción de la cámara de piedra. Todo eso está muy bien, tangible y viviente. Lo que falla en La hermandad de la uva (1977) son los pasajes en los que predomina la mirada retrospectiva de Henry, los capítulos 8, 9 y 10, íntegros, cuentan de nuevo la historia de los comienzos de Fante como escritor, su viaje a Los Ángeles, sus primeros trabajos, su caída en la indigencia, etc., historias que ya había contado –¡y mucho mejor!- en Camino a Los Ángeles (su primera novela, pero editada por primera vez recién en 1985) y en Pregúntale al polvo (1939). Supongo que ese es el peligro –si es que se trata de un peligro- de sustentar una obra en la memoria más que en la imaginación. Si uno mete la mano demasiadas veces en la bolsa de la memoria, es probable que se encuentre más de una vez con la misma manzana. De modo que si el lector de La hermandad de la uva llega aquí luego de haber pasado por la obra anterior de Fante, le van a rechinar estos capítulos, que parecen destinados simplemente a alargar una novela –que aún así es breve- en lugar de aportarle espesura o complejidad real.

Y a pesar de esto, se trata de una novela necesaria para entender el mundo íntimo de John Fante, una novela de clausura, que cierra una puerta sin alharacas ni solemnidades, fiel a esa voz dispuesta a no inflar con grandilocuencia aquello que tiene que existir por el propio peso de su autenticidad y su sencillez.

Tenía ya blanco el bigote y mechas grises en el pelo castaño, que recordaba a las hojas de otoño. Tenía las mejillas abolsadas de los bebedores crónicos de Chianti y en sus ojos castaños había sendas telarañas de capilares rojos. Tras un momento de silencio meditabundo se dirigió al teléfono público de la pared, con presteza pero cojeando un poco, como si le dolieran las plantas de los pies. Aún parecía fuerte, pero de sus movimientos había desaparecido la pátina de vitalidad. Había adelgazado y la culera del pantalón caqui le colgaba tristemente.

Calificación: bueno.
Título original: The brotherhood of the grape (1977).
Traducción: Antonio Prometeo-Moya.
Editorial Anagrama, Barcelona, 2004.
ISBN: 978-84-339-7340-5

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4 comentarios en “La hermandad de la uva, John Fante

  1. Estimado Cabrera, no coincido con ud. en lo que expresa de lo capítulos 8, 9 y 10; al contrario, creo que están muy bien “colocados” para darle mayor espesura al rol de escritor de Henry Molise (no muy brillante, que digamos) y nada tienen que ver con, por ejemplo, los años de formación de Arturo Bandini en Los Angeles (en Pregúntale al polvo o en Camino a Los Angeles). Son mitologías diferentes -la de Molise y la de Bandini – aunque nacen de la misma experiencia y, en mi humilde opinión, eso no está mal.
    Sobre traducciones. No tengo en mi poder la edición que usted leyó pero sí una muy anterior, editada por Argos Vergara, en 1977, con el nombre “Hermanos de vino” y traducida por Mireia Bofill. Al leer ese fragmento en su reseña, no recordaba que la prosa fuera tan chata por lo que busqué el mismo pasaje en mi ejemplar. Para seguir sumando cruces negativas en las huestes de Anagrama, copiaré a continuación el mismo fragmento que usted cita, en la traducción de Bofill:

    “Su bigote se había tornado blanco, tenía el cabello de un marrón grisáceo, como las hojas en otoño. Lucía las mejillas de manzana del inveterado bebedor de Chianti y una red de diminutas venillas rojas cubría sus ojos castaños. Tras un momento de silenciosa reflexión, se dirigió al teléfono público que colgaba de la pared. Su paso era rápido aunque ligeramente renqueante, como si sintiera aguijonazos de dolor en la planta de los pies. Aún conservaba un aspecto muy vigoroso, pero sus gestos ya no tenían su antigua pátina de vitalidad. Había perdido peso y los pantalones color caqui le colgaban tristemente sobre las nalgas…”

    En fin, eso. “Hermanos de vino” es, a mi juicio, el mejor libro de Fante. Ya en confesión personal, allá por 1998, cuando Fante aún no había recibido el boom editorial de Anagrama, encontré este ejemplar de “hermanos…” a 10 pesos en la extinta librería Papacito que estaba casi frente a la Plaza de los Bomberos. Lo leí a bordo del Copsa que recorrió Mdeo-La Paz-Las Piedras-Progreso-Cuatro Piedras-Los Cerrillos, en algo así como dos horas y media. Quedé tan shockeado con su lectura que, al otro día, volví a la librería y compré los demás ejemplares -cuatro o cinco- y se los regalé a algunos amigos lectores para contagiarles mi entusiasmo y recién nacida devoción por Fante.
    Un abrazo y perdón por estos devaneos,
    Martín Bentancor

  2. Estimado Bentancor:
    anoto sus objeciones. Creo que nos estamos moviendo en el escabroso terreno de la lectura emotiva o devota. Sabemos que los autores nos llegan más o menos, a todos nosotros, por cuestiones que no son técnicas, y es absolutamente respetable. No se puede juzgar o analizar el afecto. He leído ya unas cuantas novelas de Fante y, de hecho, creo que La hermandad de la uva es la que menos me ha gustado y a la que más objeciones formales le encuentro. Probablemente, la mejor para mí sea Pregúntale al polvo. Y si bien es verdad que Molise y Bandini son mitologías distintas, pienso que lo son en lo accesorio, en todo lo aledaño, pero en espíritu son lo mismo, distintas caras de un mismo espíritu.
    Ya en el orden de las traducciones, es una pena que yo me haya clavado, entonces, con esta traducción berreta, una verdadera macana, porque el fragmento que citás (y te agradezco mucho la chance de poder comparar) es muy superior al otro.
    Va un abrazo,
    Leo

  3. Sí, sobre la lectura emotiva o devota, estoy por completo de acuerdo. A mi me impactó tanto Fante en su momento -aunque hace tiempo que no lo releo- que en 1999 conseguí los pdf de “Espera la primavera, Bandini” y “Preguntale al polvo” (en las mismas traducciones que poco después publicaría Anagrama) y me seguí extasiando mal. Tanto fue así que, con una penosa conexión a Internet y mucho antes del Facebook, logré contactarme vía mail con Dan Fante, hijo de John, poeta bastante laureado que vive en Italia. Como mi italiano no existe y el español de este hombre era muy pobre, convenimos comunicarnos en inglés (lengua que en aquel entonces apenas entendía). Así surgió una breve comunicación epistolar que creo que el bueno de Dan cortó ante mi exceso de entusiasmo por la obra de su padre.
    Abrazo,
    Martín

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