Sostiene Pereira, Antonio Tabucchi

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Tabucchi

La acción transcurre en Portugal, en 1938. La inminencia del gran conflicto europeo proyecta una sombra sobre el país. En España, las fuerzas militares portuguesas pelean junto a los ejércitos de Franco, contra los hombres de la República. La dictadura de Salazar ve con buenos ojos a Hitler y Mussolini. Los portugueses de a pie están lejos de comprender lo que ocurre fuera de su país. Los periódicos están fuertemente controlados por la censura y sólo aquellos que mantienen comunicaciones clandestinas (con republicanos españoles o a través de las radios británicas de onda corta) llegan a intuir la dimensión del asunto.

En ese contexto conocemos a Pereira, un viudo cronista ya retirado que se ocupa de la flamante página sabatina de cultura del Lisboa, un periódico “católico e independiente”. Pereira es un nostálgico empedernido, pero también es un individualista y, hay que decirlo, un pusilánime. No se entera de nada y no toma partido por nada, vive comiendo tortillas, omelettes “a las finas hierbas” y tomando limonadas. El padre Antonio y el camarero Manuel están mucho más al tanto de lo que ocurre que él mismo. Las cosas empiezan a cambiar para Pereira cuando contrata como ayudante a un joven escritor de ascendencia italiana, Monteiro Rossi, para que lo ayude con la página de cultura escribiendo necrológicas anticipadas de escritores famosos. Las necrológicas que Monteiro Rossi escribe están cargadas de una mirada política de la vida de los escritores, no hablan tanto de su obra como de su postura ante la injusticia y la tiranía. Pereira considera que son artículos impublicables, no obstante, los archiva y se los paga a Monteiro Rossi de su bolsillo. Luego aparecerá Marta, la novia del joven, y los vínculos con las facciones revolucionarias se harán más y más evidentes, hasta que Pereira habrá de tomar partido, al principio, de una manera muy tibia, y, ya al final, de forma directa.

Esta novela está siempre a medio camino del panfleto, la arenga y la lección moral. Por momentos parece una fábula de Dickens. Pereira es Scrooge y recibe en su vida la visita de los fantasmas de la conciencia política (Monteiro Rossi, Marta, el sacerdorte, el camarero, el doctor Cardoso), y cuando despierta de su sueño de revelación, es ya un hombre nuevo, un hombre distinto y mejor. No discuto aquí el fin de esas intenciones, porque de hecho estoy de acuerdo con la transformación de Pereira, que deja de ser un dubitativo observador de la situación para pasar a ser un elemento de la Historia. Lo que discuto son los métodos de Tabucchi, que nos presenta una galería de personajes planos, personajes que no muestran el más mínimo cambio a lo largo de la novela, son siempre idénticos a sí mismos y se limitan a cumplir las funciones que se les han encomendado. Sólo Pereira cambia, pero hasta ese cambio, además de ser muy previsible, suena artificial. Y esa artificialidad queda manifiesta muy especialmente en la charla que Pereira mantiene con el doctor Cardoso sobre los médecins-philosophes, su teoría de la confederación de almas y el rol del yo hegemónico. Esta teoría es repetida cuatro veces, más o menos con las mismas palabras. Así que no sólo asistimos a una transformación personal más o menos anunciada, sino también comentada y analizada. Quizá ese sea el principal problema de la novela, su renuncia a las formas indirectas, lo que acaba por convertirla en una especie de relato ejemplarizante.

Pensó que cuando se está verdaderamente solo es el momento de medirse con el yo hegemónico que quiere imponerse en la cohorte de las almas. Y aunque pensó en todo ello no se sintió tranquilo, sintió en cambio una gran nostalgia, no sabría decir de qué, pero una gran nostalgia de una vida pasada y una vida futura.

Calificación: regular.
Título original: Sostiene Pereira. Una testimonianza (1994).
Traducción: Carlos Gumpert y Xavier González Rovira.
Editorial Anagrama, Barcelona, 1999.
ISBN: 978-84-339-6632-2

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6 comentarios en “Sostiene Pereira, Antonio Tabucchi

  1. Entiendo lo que propone Leonardo y estoy de acuerdo en líneas generales, pero creo que tampoco es del todo justo reducir tanto el libro a un panfleto, cosa que, sin decir del todo Cabrera, parece sugerir; en parte porque creo que construye -la novela- adecuadamente el clima de polarización extrema de aquellos años, lo cual puede ser leído (si uno lo ve desde ese punto de vista) como un fallo a la hora de construir personajes. Para alguien no tan interesado en la caracterización como yo, ese posible “fallo” pasó desapercibido o sin molestar. En cualquier caso, válida como es la lectura de Leonardo, si me hubiese tocado calificar la novela se me ocurriría que quizá “regular” es poco para un libro con una prosa tan bien tramada y un ritmo narrativo tan bien llevado. Quizá el aire de fábula (con personajes estilizados y cierta liviandad narrativa y expositiva) le conviene, además, a una novela sobre ese momento de la historia. Creo que por ese lado va, además, la objeción o sugerencia de Jahey. Igual debo decir que la comparación con “Canción de navidad” es un hallazgo.

  2. En realidad es estrictamente una pregunta. En mi recuerdo es una novela sí liviana, tal vez panfletaria, pero en todo caso con un manejo del humor que me resultó interesante. Al leer la reseña me pregunté si lo del humor no me lo inventé yo diez años más tarde.

  3. Jahey: pienso y pienso y no encuentro en mi lectura de “Sostiene…” el humor del que vos hablás. Si te da la voluntad, revisá el libro y mostrame algún pasaje que lo haga evidente, porque si está ahí, te aseguro que yo no lo vi.

    Ramiro: la polarización extrema de aquellos años redunda en un maniqueísmo del que Tabucchi hace gala por todo lo alto. Respecto a la prosa, funciona; y el ritmo, sí, es bueno; esto hace que la lectura sea ágil, qué duda cabe. De todos modos, le pido algo más que prosa funcional, buen ritmo y agilidad. Por pedir, uno pide. Luego, le dan o no.

  4. Bueno, volví a releer (en diagonal) la novela. Se entiende que el humor es una cuestión muy personal. A mí ya desde el vamos eso de la agencia de pompas fúnebres Pereira La Dolorosa me causa gracia. O que no le ofrezca el brazo a una señora porque tiene una pierna de palo y se puede ofender. O la idea de las necrológicas anticipadas que, no obstante impublicables, Pereira paga. O esa mención al apodo de “solo de trombón” que Pessoa habría atribuido a D’Annunzio. O que le hable al retrato de su esposa muerta. Se entiende: muy personal 🙂 Por lo demás, Tabucchi es un tipo macanudo y eso me puede jugar; hace unos cuantos años vino a dar un par de charlas y es realmente macanudo. Tal vez tenga un enfoque maniqueísta. Pero se me ocurre, en todo caso, sincero.

  5. Jahey:
    cierto, lo de las pompas fúnebres me sacó una sonrisa. Obviamente, después me olvidé, y si no lo mencionaras ahora, no lo recordaría. La invitación a la señora coja en el tren -las dudas de Pereira-, me parecieron menos graciosas que una definición de su perfil, un hombre que mediatiza toda acción, hasta la más mínima, tratando de prever la reacción del mundo, siempre en busca de lo adecuado, lo medido. Pereira es un mesurado. Pero sí, evidentemente sobrevolé el asunto del humor por entender que se trataba de algo menor en la urdimbre de la novela. Respecto a la sinceridad de Tabucchi, no la puse en duda y confío en su macanudez. Si te sabés alguna anécdota de sobremesa, sentite libre de compartirla…
    Saludos!

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