Ingratitud, Ying Chen

Chen
***

Siempre me resulta complicado comentar o reseñar un texto oriental, debido a que, en principio, resulta complicado entender a los personajes, sus reflexiones o sus acciones. Sin embargo esta autora, de origen chino, tiene totalmente integrada la cultura franco-canadiense, a la que hace años pertenece y en donde ha completado sus estudios superiores, y la cultura oriental en esta novela es como un telón de fondo que sirve como soporte de un problema universal e intemporal. Y este es el problema del ser (no estrictamente ontológico, sino más bien práctico), de la individualidad y su relación, o enfrentamiento, con el otro y con la cultura.
La historia es la siguiente: Yan-Zi, una chica abrumada por las expectativas familiares, netamente cerradas y tradicionalistas, decide suicidarse, no solo para vengarse de su madre, sino para lograr, para poder conquistar, un verdadero destino propio: si bien no pudo decidir su nacimiento, ni tampoco a sus padres, ni su entorno, ni su cuerpo, que porta esas malditas células con ADN de la familia; si bien no pudo elegir nada de eso, ella podría morir cuando, donde y como quiera. Entonces lo decidió: ella debía suicidarse. Durante los primeros capítulos de la novela, el espíritu de Yan-Zi, que ve desde arriba su cuerpo en la morgue, luego en el crematorio, y a sus familiares hipócritamente llorando y comiendo como si aquello fuera un banquete de Navidad, protesta e injuria a su madre, que junto a su abuela, discuten por minucias gastronómicas del trágico festín. Su padre ni siquiera es nombrado entre los familiares, y, a través de la lectura, notamos que su ausencia ha sido una constante a lo largo de la vida de Yan-Zi. Su claustro era su estudio,  repleto de libros, y su destino, la discusión política en bares y las clases de la Universidad. Sumémosle al padre intelectual ausente, la madre esquizoide y absorbente, y tendremos una adolescente (aunque ya tiene 25 años) virgen, atrapada en su propio cuerpo, con ansias de vida y de libreación. Pero cada vez que intenta dar un pequeño bocado a los placeres mundanos, allí está su madre para dar un manotazo a la cuchara, y volverla a la triste realidad del estoicismo para mantener el honor familiar. Este fragmento ilustra lo que vengo explicando:

Una no vive solamente por sí y para sí, me decía mamá. Te he dicho y redicho que es preciso, en cualquier circunstancia, pensar antes en los demás. ¿Recuerdas lo que dijo Kong-Zi sobre la relación entre el agua y el barco? El barco sube cuando el agua sube, el barco baja cuando el agua baja, el barco se da vuelta cuando el agua se va, el barco no avanza cuando el agua está quieta. ¿Has comprendido bien todo esto?

Tras el fracaso del intento por establecer relaciones con novios o amigos, y salvo algunos ratos de soledad en el restaurante La Felicidad, la vida de Yan-Zi está destinada a la infelicidad. Y, para peor de los males, se espera de ella un estado de gratitud hacia su pasado, su familia y su cultura, por haberla concebido y por haberle dado una identidad y un destino. Pero el estado constante de la protagonista es de ingratitud.
Con ciertas referencias a Sartre, Nietzsche y con el espíritu tácito, pero omnipresente, de “El mito de Sísifo” de Albert Camus, la novela plantea una historia que repercute filosóficamente en nosotros y presenta, de un modo bastante poético, el absurdo de ciertos fenómenos históricos de “larga duración”, como los denominó Fernand Braudel.
La cita final rescata uno de los momentos con Bi, el hombre que le quitó la virginidad y la volvió bastarda frente a los ojos de la madre, acelerando el proceso de autodestrucción de la protagonista.

La calle estaba tan silenciosa como un cementerio. El viento nocturno barría las hojas secas. Tenía frío. Esperaba que se olvidara de su culpa y se acordara de la ternura que habíamos sentido el uno por el otro. Esperaba que me dijera: No te abandonaré porque te amo más que a ninguna. Yo buscaba, sin saberlo y quizá sin querer admitirlo, algo más fuerte que la muerte, absoluto como la luz, algo que pudiera retenerme un poco más de tiempo en esta vida. Estando ya mi alma en el mar de la nada, mi cuerpo todavía buscaba asirse a alguna parte. Bi era para mí una rama flotando en la superficie del agua. Contaba con él. Su cara estaba perfectamente esculpida, su pecho era fuerte y sus hombros sosegados. Podía hacerme olvidar a mamá y tirar las píldoras. Pero no pensaba en mí. Solo pensaba en su responsabilidad. No quería salvarme. O no podía.

Calificación: Bueno.
Título original: “L´ingratitude” (1995).
Traducción: María Luz García de la Hoz.
Editorial: Emecé Editores, Narradores Actuales, Buenos Aires, 1998.
ISBN: 950-04-1923-8

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2 comentarios en “Ingratitud, Ying Chen

  1. Lo acabo de terminar hoy, lo lei junto con mi mama, ella lee, yo no. Entendi más a la hija q a la madre, creo q mi madre no jaj, no se si todas las madres sentiran esa pertenencia en sus hijos enfermiza

    1. Caro, gracias por comentar.
      Espero que no todas las madres ejerzan sobre sus hijos esa manipulación enfermiza.
      Muy lindo eso de leer junto a tu madre…
      Un abrazo y gracias por leernos.

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