Noches insomnes, Elizabeth Hardwick

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Hardwick

Podríamos comenzar este comentario con una suerte de chisporroteo: Si Whitman le cantaba al cuerpo eléctrico, Hardwick se compadece del cuerpo electrocutado.
“Noches insomnes”, una novela en ese límite de no ser novela, es un libro de una dispersión evidente en el conjunto de las historias, los comentarios, las cartas y las citas que lo componen. Pero como si se tratara de un movimiento orquestado, toda esa dispersión de referencias y recursos confluyen al final en un punto que, para mejor, se mueve entre las distintas ramas de la literatura norteamericana. De hecho, la insomne protagonista y narradora de estas páginas recuerda distintas etapas de su existencia en las que vivió tanto en el Sur como en el Norte del país. Esa evidente intención de desplazar siempre el lugar de los recuerdos juega lo suyo a favor de construir una mirada sobre el ser americano. Quizás por eso, la primera apuesta fuerte de la narración es el encuentro con Billie Holiday y el retrato ajustado de la cantante que surge a partir de allí, dentro de las primeras veinte páginas. Holiday es aquí, digamos, la contracara del Sueño Americano (y qué otro cantante de jazz sino Frank Sinatra podía arrogarse el derecho a representar la cara visible), y su descripción es menos un lugar común que la observación de lo que, al decir de Ginsberg, hacía América con sus mentes más brillantes. Por lo tanto, uno de los grandes valores de este libro es contracultural; quizás a eso se deba que algo parecido a la trama aparezca más o menos evaporado (como tampoco “cierran” esas historias de esa otra respuesta al modelo del Sueño Americano que fue el Gótico Sureño) y el lector presencie todo el tiempo un desfile de personajes con sus problemas y situaciones cotidianas. En este interés por lo cotidiano reside, además, otro de los notables aciertos del libro: es en el comentario “sotto voce”, más bien en lo que roza el chisme (como en la secuencia del viaje a Holanda) cuando se revela la clave de hallar la gran historia de una sensibilidad norteamericana en un conjunto variado de pequeñas historias inconfesadas desde donde entender la intimidad. Parece la regla del “pueblo chico”, pero, como sostenía Jayne Anne Phillips: “Los secretos generan una tensión entre lo que se oculta y lo que se revela, el mismo estado vital en el que se mueve un escritor”. Hagamos ahora un muy breve catálogo: Una mujer solterona lava ropa en Maine y no sabe cómo sacarse de arriba a un intruso que se ha metido a vivir con ella… La encargada de la pensión que rezonga a sus inquilinas y que baila valses todas las noches en el club y acumula trofeos que son su orgullo, aunque no tenga con quien compartirlos… El amante desapegado que vive para las formas, que cuida su automóvil pero que no tiene dónde caerse muerto… Los personajes y sus pequeños argumentos son los del esquivo “realismo sucio” de Carver, de Richard Ford, de Proulx, de la mencionada Phillips, pero en “Noches insomnes” la voluntad de querer entrar en diálogo con la literatura norteamericana toda es bastante notable. La voz de la narradora (para explicar el jueguito de palabras con Whitman del inicio) es la de alguien que susurra en la hora muerta de la noche, que dice lo que dice con las fuerzas que le quedan; es el extremo indiscutible del tono profético y altisonante de Whitman señalando las cosas con el dedo en el mediodía de una era. En el punto intermedio parecería estar el “Aullido” de Ginsberg, porque en “Noches insomnes” ya ni siquiera existe el vericueto por donde entrever el Sueño Americano, ni siquiera confundiendo a la cajera del supermercado con Whitman en California. Y, como en el pasaje citado del viaje a Holanda, aparece clausurada la posibilidad de hallar refugio espiritual (o al menos un lugar en el que escupir tranquilo) en el extranjero, a la manera de la tradición de Henry Miller. No hay una explicación fija para definir el relato de la vida, parece decir este libro, y si lo hay, eso es abismarse en lo profundo y para ello hay que tener coraje, cosa que le sobra a estas páginas.

En Vermont, al norte, yo conocí a dos hombres solitarios; los habían abandonado y estaban furiosos, temblaban de mala suerte. A uno lo había dejado su mujer tras veinticinco años de matrimonio, y el otro, con cuarenta años de casado, había sobrevivido a su esposa. Noches negras y silenciosas, nieves tempranas, carreteras vacías y la mitad de las casas de recreo cerradas; muebles cubiertos de sábanas heladas, rectángulos blancos que los cuadros habían dejado en las paredes muertas, persianas bajadas en una soleada tarde de septiembre, casas que esperaban a que llegara junio y alguien viniera para volver a subir las persianas, como quien vuelve a colocar una lápida en la entrada de una tumba.
Por lo que a esos hombres respecta: el horror de haberse equivocado de lugar, viviendo como bestias encerradas en un establo. El amigo al que la vida había traicionado daba más lástima que un leproso.
Nos mudamos aquí porque era barato y para tener espacio para trabajar, para escapar de las clases, por los niños, el aire y el paisaje.
Dime, G., ¿qué es lo peor? ¿El silencio?
No, lo peor fue su convicción de que no había hecho nada malo. Nada malo…
¿Y había hecho algo?
Se portó muy mal. Hizo sufrir a más de una docena de personas. A mí y a nuestros tres hijos… Ya están mayores y se han ido de casa, pero les duele, sí, les duele… A la mujer de él y sus cuatro hijos… ¿Me oyes? Cuatro… A mi madre, a su padre… Su padre estaba muy enfermo. La desgracia de la familia lo mató… fue cuestión de meses.
Cuando le pregunté ¿Sabes si serás capaz de vivir con todos estos cadáveres?, me respondió: Lo intentaré.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Sleepless nights (1979).
Traducción: Marta Alcaraz.
Editorial: Duomo / New York Review of Books, Barcelona, 2009.
ISBN: 978-84-92723171

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