Mi infancia, Máximo Gorki

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Gorki

No estamos ante el libro reconfortante del mes. Aquí se cuenta la historia de la accidentada infancia de Alexéi Pechkov, que más tarde se convertiría en Máxim Gorki, y de la paulatina e inexorable disgregación de su familia materna, los bestiales Kashirin. El relato tiene un comienzo triple, que anticipa los tres grandes asuntos que marcarán la vida del pequeño Lexéi. La muerte de su padre, Maxim Savvatiécich; la entumecida lejanía y la posterior ausencia de su madre, Varvara; y la presencia de la abuela Akulina, como la única fuerza capaz de explicar que el mundo conserve la consistencia necesaria para que el niño le camine encima.

Antes de su llegada era como si yo estuviese dormido; pero apareció ella, me despertó, me sacó a la luz, engarzó cuanto me rodeaba con un hilo sin fin, hizo con todo ello un policromado encaje y se convirtió, al instante, para toda la vida, en una amiga, en la persona más metida en mi corazón, a la que más comprendía y más amaba. Fue su desinteresado amor al mundo lo que me enriqueció, llenándome de fuerza para afrontar asperezas de la vida.

Así es que muerto su padre, Lexéi es acogido en casa de sus abuelos, en momentos en que se disputa allí la división de los bienes paternos entre los hermanos Mijaíl y Yákov. Y no es esta una disputa dialéctica, pues no faltan aquí las riñas y golpizas, las narices rotas, ni las amenazas mortales que si no se cumplen es únicamente debido a la pacificadora intervención de terceros. Así, Lexéi aprende –de la manera difícil- que en el mundo la violencia es ley natural. Allí los niños son golpeados hasta quedar inconscientes como castigo por sus travesuras; las mujeres pueden morir en silencio, cualquier noche, víctimas de la furia desatada de sus esposos; y los hijos adultos que sienten que sus reclamos son justo pueden echar fuego a la casa de sus padres. ¿Qué hay para hacer ante eso? Elevar los ojos al cielo y preguntar a razón de qué llegan tantas calamidades.

Había dado comienzo y empezaba a fluir con espantosa rapidez una vida espesa, abigarrada, indescriptiblemente extraña. La recuerdo como un cuento terrible, bien relatado por un genio bueno, pero de una veracidad torturante. Ahora, al revivir el pasado, a veces me cuesta a mí mismo trabajo creer que todo aquello ocurrió así precisamente y entran deseos de discutir, de refutar muchas cosas, pues es demasiada la crueldad de que estaba llena la vida sombría de la parentela necia.

Pero en esa vida sombría no todo es tiniebla, y Gorki encuentra en la rememoración de su niñez los espacios para deslizar tonalidades diferentes. Así es que su mayor y más enternecedora creación es la abuela, la enorme mujer analfabeta, conocedora de cientos de historias de santos, bandidos, príncipes y soldados (son las historias que la abuela refiere al pequeño Lexéi, en verdad, el goce mayor del niño); y es también el humor de la abuela, su mirada compasiva o pícara, la que consigue desbaratar y poner en su sitio, uno tras otro, los sucesos terribles. Pero hay más, pues también vive en ella una concepción intuitiva de Dios y de la vida emanada de esa concepción, que parece invulnerable a los embates de la realidad, capaz de resistir incluso sus más flagrantes contradicciones. Junto a la abuela aparecen otros personajes que comparten con ella una luminosidad especial que también puede ser tomada por una bondad algo cándida (incluso algo ingenua o tonta), pero que en un momento dado se revela por encima de estos juicios y los desarma con una forma superior de la sabiduría. El Gitanillo ocupa un lugar destacado en este rubro, junto al maestro Grigori, el inefable “Buen Negocio” y el pequeño Viajir. Todos ellos merecerían un apartado, una explicación de la forma en que Gorki los vuelve tan memorables para el lector como lo son para él, pero bastará con decir que en cada caso consigue apresar en un puñado de escenas lo esencial de una personalidad, mediante el manejo magistral de la ambivalencia, pues cada acontecimiento narrado por Gorki parece destinado a provocar dos sensaciones distintas, y vale, por eso, más que dos hechos separados. Hay lugar para la sonrisa en Mi infancia, pero nunca es una sonrisa despojada de una comprensión. Todas las secuencias cómicas de la novela cumplen esa condición ambivalente, nunca están allí como mera distensión entre momentos oscuros. Un ejemplo. Viajir, uno de los integrantes del grupo de pequeños malandras y rateros del que forma parte Lexéi, sueña con aprender a leer. Uno de sus compinches le dice que vaya a vivir con él a su casa, y que entonces su madre le enseñará. Al cabo de un tiempo, ambos van caminando por la calle y Viajir, alza para mostrar que ya puede leer los letreros. “Tienda de Comestilbeles…”, dice. El compinche lo corrige: “¡De comestibles!”. “Ya lo veo, pero saltan las leteras”, dice Viajir. “¡Las letras!”, insiste el otro. “Saltan ¡del contento de que se las lea!”, termina Viajir, tan feliz.

Otro pilar de Mi infancia son los cuentos que la atraviesan. Lexéi parece un animal pequeño que olfatea a todo el que se le cruza, en busca de historias. La abuela es su principal proveedor, pero también el terrible abuelo (aunque éste no inventa, sólo recuerda), y muchos otros. Lexéi juzga el valor de las personas de acuerdo a sus formas de contar historias. Son muchas las observaciones del niño sobre la forma en que le narran las historias, ya no respecto a la forma de esas historias, sino al modo en que los narradores parecen revivirlas al contarlas.

Lo que ocurre por debajo del arrebatador desfile de personajes y sucesos es la condensación de la personalidad de Lexéi. Todo lo que ve y lo que escucha, lo que se le dice y lo que no se le dice, cada golpe presenciado, recibido y propinado, hace mella en él, y ni siquiera la mediación protectora de la abuela puede evitarle los dolores que vienen a hacer de su infancia un territorio de pesadumbre. El rito de paso de la infancia hacia la juventud está marcado por el dolor, o, al menos, por el adormecimiento de la natural capacidad de un niño para sentir placer.

Ese arco iris de sentimientos, vivo, palpitante, al que se da el nombre de amor, iba perdiendo en mi alma sus colores; cada vez con mayor frecuencia se encendían en ella, desprendiendo su tufo venenoso, las azulencas lengüecillas del fuego de la rabia contra todo, ardía sin llama en mi corazón, como un rescoldo, un sentimiento de doloroso descontento, la conciencia de mi soledad en aquella vida vacía, absurda, gris.

Un comentario final sobre la edición. La compré por ahí, a 20 pesos. Se trata de una de los ejemplares de la Editorial Progreso (creada en 1931 y que desapareció con el final de la Unión Soviética), de tapa dura y folios cosidos, buen papel y tipografía agradable, que durante décadas los rusos –los soviéticos, mejor dicho- se esforzaban en hacer llegar a América Latina y el resto del mundo, para lo cual llevaban hasta su país a traductores españoles, ingleses, franceses, árabes, etc., para traducir directamente del ruso a sus grandes autores. En paralelo, la Editorial Mir hacía lo propio con textos técnicos y científicos. Esta edición de Mi infancia, como todas las de la editorial, termina con una breve nota que dice así: “Al lector. La Editorial le quedará muy reconocida si le comunica usted su opinión acerca del libro que le ofrecemos, así como de la traducción, presentación e impresión del mismo. Le agradeceremos también cualquier otra sugerencia. Nuestra dirección: Zúbovski bulvar, 21, Moscú, URSS”.

Calificación: excelente.
Título original: детство (1913-1914)
Traducción: A. Herraiz.
Editorial Progreso, Moscú, —
ISBN: —

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9 comentarios en “Mi infancia, Máximo Gorki

    1. Coincidentemente, hoy encontré, haciendo depuración en una biblioteca, un libro de M.Gorki “Cuentos escogidos”edit Progreso con prólogo deRomain Rolland.Estoy apabullada ,hacía mucho tiempo que no leía algo tan bin escrito y con tanto sentimientos.Muy fuerteGracias por tu comentario, me estimula a conocer más

  1. Esther:
    sana coincidencia (es que estos rusos son capos, qué hacer…). Espero cruzarme con esa edición de los cuentos de Gorki en alguna librería de viejo, andaré atento al color verde pálido de la encuadernación. Gracias por la lectura y el comentario.
    Saludos

  2. Hace unas semanas encontre el libro entre las cosas viejas de mi padre, la lectura es de lo mas interesante y relata un mundo distinto a lo que se conoce. A mi parecer, se siente un aire de nostalgia procedente de un recuerdo que no es mio, sin embargo lo siento. Es una hermosa biografia que forma parte de mis libros selectos.

  3. Desde que leí este libro hace ya muchos años, se volvió en uno de mis clásicos, y es que con su excelente manera de contar esta historia Máximo logro que yo me volviera por momentos Lexei y llegue a sentir ese sentimiento de desapego por la madre, el sentimiento de amor odio por el abuelo, y el inquebrantable amor por la abuela!! Sin duda un libro que debe leer todo el mundo.
    De todos los libros que he leído (y han sido muchos), el único que viajaría conmigo hasta el fin del mundo seguro sería este!! LO AMO!!!

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