Plegaria de penumbras, Juan Ramírez Biedermann

por Pedro Peña

Ramírez Biedermann
****

Comenzaré con una impresión de lo más primaria e irreflexiva: esta novela del paraguayo Juan Ramírez Biedermann está bastante brava.
Esta novela no es lo que uno lee cuando después tiene que salir a cerrar el portón o apagar la luz del patio. Y esto, imagino, habla de la inteligencia en la producción de sensaciones que generen terror en el lector.
La acción transcurre en el barrio asunceño de Las Mercedes, lugar que ya había sido ficcionalizado en el primer libro de Ramírez Biedermann, un compilado de cuentos de muy buena factura titulado Nobis. Continúa entonces el proceso mítico de un barrio clásico en el que ahora una serie de crímenes horrendos siembra el pánico entre sus habitantes. En ese marco, un sacerdote recibe la visita de un antiguo conocido que se presumía desaparecido y que llega a su habitación, se acurruca en una esquina y empieza a revelar uno a uno los misteriosos mecanismos sangrientos que han hecho mover al barrio en los últimos meses.
Especial fuerza cobran entonces las descripciones de esos crímenes: cuerpos que aparecen colgados de los árboles sin una gota de líquido en ellos, totalmente drenados por alguna criatura diabólica. Estas escenas, además, aparecen artísticamente emparentadas con ciertas carbonillas dejadas en un tubo de embalaje por Cecilia, una joven prematuramente muerta cuyo espíritu atormentado se manifiesta a través del arte y parece tener su correlato en Belén, la otra mujer protagonista de estos acontecimientos horripilantes.
Uno de los varios aciertos de este libro (del que a lo mejor se podría decir que discurre demasiado rápido) es la introducción al inicio de algunos capítulos o como capítulos en sí mismos, de referencias fechadas sobre el contexto histórico en el que se mueve la ficción (año 2009) y sobre otro contexto histórico más lejano que nos lleva a la tristemente célebre guerra de la Triple Alianza, de la que los orientales tomaron parte de manera vergonzante (esto, claro, va por cuenta del reseñador, no del narrador, que jamás realiza un juicio de valor al respecto). Los episodios de aquel pasado más o menos lejano se contrastan a las novedades del momento. Las acciones de guerra se mezclan con advertencias un tanto siniestras sobre el dengue o con consideraciones sobre la pintura de algún renombrado artista universal. Estas interpolaciones en la narración principal distienden (y son muy bienvenidas por ello) y a la vez preparan el inmediato y posible escenario perceptivo en el que el lector será introducido de inmediato.
No es ajena al planteamiento de la obra una aguda, pertinente y exquisita reflexión acerca del bien y el mal, sus manifestaciones a lo largo de las diferentes historias que es posible encontrar en esta novela, y sus relaciones con la fe, la religión, la Historia con mayúscula y los mitos bíblicos. El mal es visto por los protagonistas de acuerdo al lugar que ocupan en la narración: para Venancio Genes será el mecanismo por el que Dios hará llegar la salvación mientras que para el Padre Fulgencio será una razón para la lucha.
Pero, sobre todo, están las criaturas… esas criaturas con formas casi humanas que deambulan por las Mercedes y son las responsables de los crímenes… ¿Qué son? ¿Qué engendro del Diablo ha sido desatado una vez más en la noche de la ciudad?

Celeste Medina tuvo la desgracia de pisar un clavo y quedar en llantas sobre la avenida General Santos, en perpendicular al soberbio portón de los Orestes, con seguridad la residencia más ostentosa y excéntrica de Las Mercedes. Bajo un cielo de estrellas intensas, temblando de nervios y de frío –aún no de miedo-, tartamudeando, llamó al marido y al servicio de grúa para que le auxiliasen cuanto antes. La mujer estaba en conocimiento de que las muertes que aterraban a todo un país habían ocurrido precisamente en ese barrio donde tuvo el infortunio de pinchar un neumático; sin embargo, quizá por desconocimiento o por distracción, no llamó a los efectivos de la comisaría Novena, ubicada a dos cuadras, ni optó por trasladarse hasta esa dependencia policial. Decidió esperar. Bajó el volumen de la radio al mínimo. Prendió un cigarrillo con un encendedor que había ganado en el sorteo de la oficina, la semana anterior. Mientras el humo serpenteaba en dirección al techo del vehículo, clavó la mirada en los relámpagos que avivaban la ribera, más allá de Las Mercedes, de Tuyucuá y de Tablada, sobre el fastuoso cruce del río Paraguay. Había caído una tormenta por la tarde. No se esperaba que lloviese de nuevo tan pronto. Pasó una camioneta –Land Cruiser color champagne del año-, y una moto con luz apagada y sin ojos de gato. Después nada. Silencio y quietud absoluta. No habrán demorado mucho los pasos en el techo del automóvil, y el salto sobre el capot…

Calificación: Muy bueno.
Editorial: Altazor (Colección Grimorium), Lima, 2011.
ISBN: 978 6124 053 99

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