El tercer hombre, Graham Greene

Greene
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Esta novela cuenta con un prólogo escritor por el propio Greene en el que cuenta que a historia de El tercer hombre era apenas un párrafo apuntado en una libreta, hasta que Alexander Korda le pidió a Greene que escribiera una película para que el director Carol Reed. En ese momento, Greene sólo tenía aquel párrafo para ofrecer, con la promesa de convertirlo en una historia que transcurriese en la Viena de posguerra, ocupada por las cuatro potencias. La película se estrenó en 1949, con las actuaciones de Joseph Cotten, Orson Welles y Alida Valli, y obtuvo un gran éxito. Pero estamos aquí para hablar de la novela. Acerca de ella explica Greene su incapacidad de emprender la escritura de un guión sin antes haber escrito el cuento. Lo dice así:

En un film hay algo más que un argumento: trazado de caracteres, estados de ánimo, ambientes; y me parece que todo esto es imposible de captar por vez primera en la opaca taquigrafía de un guión. (…) Es necesario tener la sensación de que se cuenta con un material más extenso para extraer de él los elementos necesarios.

(Este párrafo puede ser salteado sin que la reseña se vea resentida). Más allá de que seguramente habrá guionistas que discrepen con Greene, hay aquí un asunto cuyo interés excede los límites de la escritura de guiones o los de la adaptación de una obra literaria al lenguaje fílmico. Ese asunto es la necesidad que algunos creadores sienten de crear incluso aquello que no será trasmitido directamente en la obra. Estos creadores (los mejores, a mi modo de verlo), conocen todos los rincones del mundo al que se refieren en sus historias, incluso los rincones que nunca verán la luz (y, quizá, especialmente esos rincones). No estoy hablando –aunque algo de eso hay- de Flaubert y los naturalistas, que podían llegar a construir maquetas y planos para poder pasear por allí de forma verosímil a sus personajes. Las fallas de las que adolece cierto tipo de “literatura actual” (porque llamarla “joven” carece de sentido), avanzan por un camino opuesto al que marca Greene. Muchas veces no se nos presentan historias, sino esbozos de historias que ocurren en un mundo que no existe o que tiene la misma existencia para nosotros que el decorado de una telenovela. Sabemos que detrás del decorado no hay nada y hasta podemos ver el micrófono del sonidista, metiéndose en el encuadre. Es fácil pensar que las habitaciones, escenarios y paisajes donde transcurren estas historias flotando en el vacío, en la nada oscura del espacio, porque nadie se ha preocupado de situarlas en un mundo. Para usar terminología del mundo del software, lo que parece es que nos han puesto delante la versión beta de la historia y quieren hacérnosla pasar por la versión definitiva. En caso de que el lector descubra el engaño a tiempo, es entendible que aparte el libro, diga “patrañas” o “pamplinas” (los lectores que gustan de las historias bien escritas son afines a los arcaísmos) y vuelva a leer a los viejos pero buenos. Ahora sí, seguimos con Graham Greene y su historia vienesa de posguerra.

Rollo Martins es un escritor norteamericano de novelas de far-west que llega a Viena por invitación de su amigo de la infancia, Harry Lime. Viena se encuentra dividida en cuatro jurisdicciones: rusa, estadounidense, británica y francesa. Cada jurisdicción tiene su propia policía. El narrador de la novela es el jefe de la policía inglesa en Viena, Calloway. Cuando Rollo llega se encuentra con una funesta noticia: Harry Lime ha muerto, atropellado accidentalmente frente a su apartamento. Desde ese momento, Martins comienza una investigación por su cuenta, pese a los intentos del jefe Calloway de disuadirlo. Las pesquisas de Martins lo acercan a los turbios manejos clandestinos que mantienen en movimiento la ciudad ocupada, de la que nadie parece estar libre, tampoco el buen Lime.

Greene ejecuta un relato que se permite ciertas complejidades en cuanto a la estructura de la narración, pues por debajo del hilo conductor que es la voz principal de Calloway, referida al devenir de Martins, no cesan de aparecen los narradores secundarios que refieren de forma indirecta lo que saben, lo que vieron, lo que creen que sucedió, lo que oyeron al pasar. Habría sido fácil que la historia se volviera excesivamente oscura. Greene lo impide gracias a la claridad de sus intenciones iniciales y a su pulso de narrador, dosificando con cuidado los pasos de comedia, los visos románticos (aunque si algo le sobra a esta historia, eso es la insípida señorita Schimdt) y el asunto tenebroso que espera a ser develado. Literatura entretenida y sin culpa de serlo, escrita con profesionalismo y honestidad, para (como dice el mismo Greene), divertirse, asustarse un poco, reír.

El contexto de la cita que aparece a continuación es el siguiente: dos hombres están en una de las cabinas cerradas de una Rueda de la Fortuna. Acaban de llegar al punto más alto y la rueda se ha detenido. Observan a la gente bajo sus pies.

-¿Sentirías una piedad verdadera si una de esas manchitas dejara de moverse para siempre? Si te dijera que voy a darte veinte mil libras por cada manchita que se quede inmóvil, verdaderamente, chico, ¿me dirías que me guarde mi dinero sin titubear? ¿O calcularías cuántas manchitas estás dispuesto a sacrificar? Libres de impuestos a los réditos, muchacho, libres de impuestos.

Esta edición se completa con el relato El ídolo caído (que también fue llevado al cine, un año antes de El tercer hombre, por Carol Reed), en el que se cuenta la forma en que el niño de siete años, Felipe Lane, en ausencia de sus padres, es inmiscuido en el triángulo amoroso del mayordomo de su casa, el señor Baines, su esposa y una joven. El relato falla cuando intenta mostrar la sombra que los sucesos de la noche decisiva proyectaron sobre la vida completa de Felipe. Habría sido más eficaz sin esas proyecciones.

Calificación: muy bueno.
Título original: The third man (1950)
Traducción: Silvina Bullrich.
Editorial Sudamericana, Debolsillo, Bs. As., 2009.
ISBN: 978-987-566-498-2

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2 comentarios en “El tercer hombre, Graham Greene

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