Ojos de caballo, Henry Trujillo

****
Trujillo

Recomiendo, antes que nada, no cometer el error de leer el prólogo antes que el libro porque, igual que otras veces en libros de Banda Oriental, la trama y los detalles se revelan patológicamente en una autopsia que destripa al muerto antes de que lo maten. Omitidas esas páginas, a las que se puede volver después si se añoran las clases de literatura, se entra con toda facilidad al universo que Trujillo instala sin trámites ni ceremonias.

Camino al norte por la ruta dos, antes de llegar al Río Negro, la ciudad se tiende como una lagartija bajo el sol de enero. Todo está quieto. Solamente las chicharras interrumpen el silencio de la siesta. En las calles desiertas no se ve más que algún perro boqueando bajo la sombra exigua de los árboles. La luz reverbera sobre el hormigón candente y el aire mismo parece un caldo de plomo. Nada se mueve.

Las pinceladas muestran la sensación que ha tenido todo aquel que vivió veranos en uno de nuestros pueblos del interior. Y, en particular, es muy acertada la descripción de Mercedes, de donde es oriundo el autor, porque es una ciudad que uno ve desde arriba cuando llega. Después el zoom se aproxima y hace foco en el bar de Mahler, cuya imagen es harto plausible, realista. Ahora que lo pienso, remite a la cuestión sobre el vínculo de la literatura y la vida que leí hace poco en el blog de un amigo, donde discurría acerca del sacudimiento de la vida como motor para la literatura. Me parece que, si se quiere tender puentes hacia los lectores, se hace necesaria cierta transcripción de la peripecia vital, cierta precisión en el detalle que active el recuerdo olfativo o la emoción. Si no se quiere construir robots o meras maquinarias autocomplacientes, está bueno haber estado ahí. Esa es la sensación que transmiten los personajes de esta novela, la de tener una existencia, de sufrir y sudar. Los mueven el dinero, el amor, el alcohol, el sexo, la muerte, el contrabando o la sociedad de la época de los milicos a fines de los setenta y principios de los ochenta, sin que ninguno de los elementos desentone o quiera sobresalir.
Los personajes se relacionan como sucede en los pueblos. Son todos familiares o conocidos y todos saben de todos. La consciencia de la vida ajena y las rápidas consecuencias de los propios actos sitúan las relaciones de estos seres en un plano trágico donde los extremos se alcanzan con rapidez. Una gurisa que se suicida tirándose a las vías del tren, el tema de la hombría estereotipada, lo ilegal, el que pierde el trabajo y no tiene un mango, los mamados, todo lo que está en decadencia, la traición. Estos son ingredientes explicativos que dan densidad al relato, cuya estructuración va para atrás y para adelante en el tiempo y dosifica en capítulos breves y ágiles la necesidad de develar lo que no se sabe, una estructuración que podría emparentarse con la de la novela policial, haciendo la salvedad de que la figura del investigador no está. Los policías que aparecen son piezas inevitables de la época (y de un pueblo chico) y es el narrador, situado desde los puntos de vista de algunos personajes, el que va hurgando en los hechos oscuros.
Los capítulos son breves, a veces de una sola página, lo cual me lleva a pensar de nuevo en el tema de la extensión en nuestra literatura. Y a suponer, en este caso, que se adecua con perfección a lo narrado, con un lenguaje tan enjuto como las vidas que se cuentan sin alharacas. Esta novela tiene agilidad y cuerpo y la mirada poética de los ojos de un caballo.

Y aunque ya lo habían alejado un par de metros, continuaba tirando patadas inútiles contra Míguez, que se frotaba el cuello. Casi no podía respirar, pero lo miró y mostró los dos o tres dientes que le quedaban. El silbido de su jadeo se fue transformando en una risa lenta, casi contenida.
-Seguite riendo –dijo Horacio también sin resuello-. En cuanto te agarre solo, te entierro de cabeza en el piso.
Al fin, Mahler y los otros consiguieron hacerle salir fuera. Allí, el dueño del bar intentó que se calmara. No valía la pena, argumentaba, pues desde que lo conocía, Míguez era así. Más valía que olvidara el asunto, porque de todos modos nadie le hacía caso. Al fin, Horacio se dejó convencer.
Pero esa noche, y por primera vez en mucho tiempo, demoró en conciliar el sueño.

Calificación: Muy bueno.
Editorial: Ediciones de la Banda Oriental (Colección Lectores, 12ª serie), Montevideo, 2012 (La primera edición de este libro había sido de Alfaguara)
ISBN: 978-9974-1-0725-0

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3 comentarios en “Ojos de caballo, Henry Trujillo

  1. Yo voy con un ***** en este.

    “Recomiendo, antes que nada, no cometer el error de leer el prólogo antes que el libro porque, igual que otras veces en libros de Banda Oriental, la trama y los detalles se revelan patológicamente en una autopsia que destripa al muerto antes de que lo maten.”

    Este es, sin dudas, el mejor inicio de todas sus reseñas en su historia, querido Nacho.

    Abrazo

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