La casa negra, Patricia Highsmith

Highsmith
***

Los doce relatos que componen este volumen funcionan del siguiente modo: Highsmith ata una piedra al extremo de un hilo y comienza a hacerla girar; vueltas y vueltas, cada vez más rápido; entonces uno piensa que el hilo va a reventarse en cualquier momento. El lector hace apuestas consigo mismo: ¿hacia qué lado saldrá la piedra? ¿Cuán lejos llegará? En cierto modo, todos los lectores (no sólo los lectores de policiales, según indica el cliché), proyectamos a cada momento nuestras expectativas sobre la historia, lo hacemos incluso dentro de cada párrafo y de cada frase: anticipamos, prevemos lo que puede ocurrir de ahí en más. En ese sentido, estos relatos de Highsmith son particularmente efectivos, pues sus climas, escenarios, personajes y premisas han sido dispuestos de tal manera que el lector se vuelve un activo cómplice en la creación de la historia. Esto está bien. Lo que tambalea en La casa negra, es la pérdida de ímpetu de sus relatos, que decaen hacia el final sin demasiada explicación. Parecería que Highsmith, una vez obtenido un cierto grado de tensión en la cuerda e intensidad en la velocidad de los giros, desbaratase la conclusión por ansiedad, aburrimiento o alguna intención secreta. La prisa de los finales (visible especialmente en el relato titulado “Ancianos en casa”) malogra o al menos empaña el buen arte mostrado en el cuerpo del relato. De modo que ante aquellas preguntas del lector ¿hacia dónde y cuán lejos llegará la piedra? Uno puede responder: imposible saberlo pero mucho más cerca de lo que podría haber llegado.

La rutinaria cotidianidad de los personajes se ve interrumpida por un hecho puntual que puede ser fortuito o provocado. Así es que en “Lo que trajo el gato”, la trama se tuerce cuando el felino doméstico llamado Portland Bill se aparece a la hora de la cena en casa de los Herbert arrastrando un pedazo de mano humana; en “El sueño del Emma C”, un barco pesquero se encuentra una hermosa y joven bañista en altamar y la rescata de las aguas; en “Los terrores de la cestería”, Diane encuentra una cesta de mimbre a la orilla del mar, la lleva a su casa de playa y la repara con una habilidad que desconocía en sí misma; y en “Bajo la mirada de un ángel oscuro”, el dueño de una tienda de antigüedades vuelve al pueblo de su infancia para vender la casa de sus padres y gracias a un encuentro casual descubre que desde hace años viene siendo víctima de una cruel estafa. Las casualidades actúan aquí como un interruptor que enciende un mecanismo -que se habría mantenido quieto y silencioso de otro modo-, y que viene a dejar al descubierto la naturaleza de los personajes.

Pero ese mecanismo puede ponerse en marcha por más de un motivo, pues en la mayoría de los casos son las intenciones de los propios personajes las que los ponen a andar, aunque nunca sospechen cómo irá a terminar todo. Las cosas, simplemente, se les van de las manos. En “Nunca fue uno de los nuestros”, un grupo de amigos se ensaña particularmente con un miembro de su círculo hasta causar un final trágico; en “Ancianos en casa”, una pareja sin hijos decide adoptar a una pareja de viejos del asilo; y en “La casa negra”, el joven Tim se empeña en explorar la misteriosa casa de la colina para mostrarle al grupo de hombres reunidos en el bar White Horse que ese sitio fantástico en el que ambientan sus historias juveniles no es más que una casa abandonada, vulgar y corriente.

Ya sea que la acción se encienda de forma fortuita o casual, el resultado es un enrarecimiento del ambiente, como si hubieran saltado un par de puntos en la costura de los días y pudiera verse un poco hacia el otro lado. Pero la inquietud que genera Highsmith es siempre más psicológica que fantástica, pues lo que se desata son emociones humanas: egoísmo, ira, rencor. Así, uno de los aspectos más curiosos del libro en su conjunto es la forma en la que los personajes actúan cuando son puestos frente a la muerte. Lejos de la compasión o la tristeza verdadera, estos personajes parecen sufrir cierto nivel de psicosis que despersonaliza al muerto, que lo lleva al nivel de un objeto, en un plano de la realidad diferente al suyo que los habilita, muchas veces, a la crueldad. Lo que nos lleva a preguntarnos lo siguiente: si para ellos, una vez muerta, una persona es una cosa, ¿qué era durante la vida? ¿Algo muy diferente a una cosa o simplemente una cosa que podía moverse? ¿Y si los demás son cosas, cómo se ven a sí mismos estos personajes? ¿Pueden ellos ser tan diferentes ante sus propios ojos? Vean este pasaje de “Los terrores de la cestería”:

…una vez más, no se reconocía a sí misma, como si se hubiera perdido entre millones de individuos, de la misma manera en que alguien puede perderse en una multitud abigarrada. No, dicho así sonaba muy simple, le pareció. Seguía tratando de encontrar alivio en las palabras. ¿O acaso estaba esquivando algo? En tal caso, ¿qué?

Diane, la protagonista, siente el terror de descubrir que su identidad está diluida en la masa, que no hay en ella nada que le pertenezca de forma exclusiva. Este es un terror moderno. ¿Cuánto tiempo ha de vivirse sumergido en el flujo de millones de personas, de rostros anónimos, para que uno acabe por convertirse, para sí mismo, en un rostro anónimo? Y, más importante, ¿qué pasará luego? Tal vez, la imposibilidad de emociones como la compasión o la simpatía, emociones que implican salir de uno mismo para intentar comprender los sentimientos del otro. Y una vez que ese puente se ha roto lo que queda es una hermética soledad, apática e indolente, un enfriamiento del corazón que puede enfrentarse a todo del mismo modo, sin alterar su ritmo de latidos. Es en esos corazones gélidos en donde reside el horror de La casa negra.

“Lo matamos”, pensó Lucienne. Todos pensaban lo mismo, y ninguno tenía el valor de decirlo. Cualquiera de ellos hubiera podido decir: “Lo matamos, ¿saben?”, pero nadie lo hizo.
-Lo vamos a echar de menos –dijo Lucienne finalmente, como si de verdad sintiera eso.
-Sí –respondió alguien con igual seriedad.
Subieron a tres taxis, prometiendo verse pronto.

(de “Nunca fue uno de los nuestros”).

Calificación: bueno.
Título original: The black house (1981)
Traducción: Martín Schifino.
Grupo Editorial Norma, Buenos Aires, 2010.
ISBN: 978-987-07-1166-7

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