Las correcciones, Jonathan Franzen

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Franzen

Mucho antes de escribir Las correcciones (2001), la novela que cambió para siempre su carrera literaria, Jonathan Franzen (Chicago, 1959) publicó Ciudad veintisiete (1988) y Movimiento fuerte (1992). Las monumentales expectativas iniciales de Franzen no se limitaban al deseo de irrumpir en el vasto panorama de las letras norteamericanas actuales y hacer algo de dinero en el proceso (deseos que cumplió rápidamente), sino que sus obras estaban pensadas como artefactos culturales que debían ser capaces de producir cambios en la cultura a la que estaban dirigidos. Ese fue el primer gran golpe de Franzen como escritor, ver cómo su trabajo de años se perdía en algo peor que el silencio sin poder ir más allá de lo que el llamó “sesenta reseñas en un vacío”, un mínimo movimiento en la superficie del mundo que deseaba sacudir. De modo que Franzen dedicó sus diez siguientes años a corregir sus destrezas, ajustándolas a la medida de sus ambiciones. El juego de ensayo y error resultó en una novela que situó a Franzen bajo las luces de medios como la revista Granta, Times y The New Yorker. El editor de New Republic, Adam Kirsch, declaró que no recuerda a nadie tan ansioso de obtener estatus literario como Jonathan Franzen. Claro que escritores con ansia de notoriedad hay muchos, pero no son tantos aquellos que, como Franzen, pueden construir una obra que respalde o incluso exceda, por talento y calidad, esas ansias.

Las correcciones es la historia de la familia familia Lambert, americanos de clase media acomodada residentes en St. Jude, una apacible ciudad del medio oeste. Alfred y Enid son los padres de Gary, Chip y Denise, todos ellos de entre 30 y 40 años de edad, con la vida medio hecha o medio deshecha. Alfred fue en sus tiempos un recto y obsesivo ingeniero ferroviario devenido ahora en anciano extraviado en los mares de su confusión por obra del parkinson. Su esposa, Enid, es una mujer aparentemente convencional, fachada tras la que habitan rasgos lo suficientemente inefables como para que ella sienta la necesidad de cancelarlos. Gary es el único de los tres hijos que ha logrado estar a la altura de las que él creyó entender que eran las expectativas socio-económicas de sus padres, a pesar de eso vive sumido en una depresión que se esfuerza en negar; Denise es una jefa de cocina sin título que avanza a la deriva de sus emociones, entre la bisexualidad, un complejo edípico mal resuelto y la angustia existencial… Chip, en tanto, bueno, Chip es un auténtico desastre que luego de quedarse sin trabajo y sin novia termina embarcado en una aventura desquiciada en la lejana Lituania.

La novela se estructura alrededor de las historias individuales de cada uno de ellos, siempre oscilando entre el drama y la comedia. El hecho de que las partes más paródicas (la batalla doméstica de Gary y Caroline o la descripción del periplo lituano de Chip) no contaminen los pasajes “serios”, banalizándolos, es una clara muestra del talento de Franzen para dosificar el tono de la narración, y gracias a ello Las correcciones es una novela divertidísima, que se lee rápidamente a pesar de su volumen (casi 600 páginas) y que a más de un lector le robará una que otra lágrima de sincera emoción. La sucesión de flashback que Franzen ensaya desde la persectiva de cada uno de los Lambert va trazando el collage de la historia familiar con tanta precisión que uno llega a conocerlos de un modo que nunca cae en la simplificación, pues no hay aquí descripción de tipos, hay construcción de caracteres. Mientras la acción se dirige hacia la anhelada reunión de la familia en la próxima Navidad, el tiempo de la narración da saltos hacia el pasado y el presente de esta familia ordinaria, y lo que se va completando por debajo es todo un estado de cosas, una crítica al capitalismo y al consumismo, la novela se sitúa en los años de bonanza de la presidencia de Clinton, durante los cuales “había que ser idiota para no volverse millonario”. Quizá el alegato más movilizador de Las correcciones esté dirigido a la abolición de la existencia individual en beneficio de la agresiva masificación tecno-económica. Mientras los individuos persiguen sus propias correcciones (corregir los errores paternos, corregir el daño infringido o el daño sufrido, corregir el rumbo errado de sus vidas), la cultura dominante otorga medios para corregir el dolor surgido de la frustración por no poder realizar las correcciones personales, medios que cobran cuerpo en la forma de auténticas maravillas de la farmacología neuroquímica: antidepresivos, ansiolíticos y sedantes, señales en el camino de la felicidad estandarizada.

Si algo puede achacársele a la novela son algunas ramificaciones que provocan caídas muy pronunciadas en la tensión, la aparición de personajes secundarios que llenan páginas y páginas con disquisiciones que no vienen a cuento (en este rubro, el premio es para la señora Sylvia Roth y su obsesión por pintar armas de fuego) o de otros que, a diferencia de los Lambert, adolecen de una escasa profundidad y acaban convirtiéndose en simplificaciones que vienen a cumplir una misión demasiado evidente (y aquí la medalla es para la pareja formada por Brian Callahan y Robin Passafaro). Y es necesario señalar que incluso estas partes flacas responden a la explícita intención de Franzen de que en su novela haya algo para cada lector, que nadie se quede fuera de la fiesta. Si es un error, se trata de un error premeditado, pues Las correcciones es una novela que exuda, ante todo, premeditación.

Lograr la conjugación de ideas complejas y sutiles con una intención comunicativa que huye constantemente del hermetismo retórico, y hacerlo con un estilo que no le teme al posmodernismo, pero que abreva en los clásicos decimonónicos, parece ser el secreto doble que explica la aclamación crítica y la categoría de creador de best-sellers obtenida por Franzen y confirmada con creces por su más reciente título, Libertad (2010).

Mientras esperaba a que escamparan los temblores —mientras observaba el modo en que sus manos se movían a los saltos, como remando, sin poder dominarlas, como si hubiera estado en una guardería llena de niños gritones y desobedientes y él hubiera perdido la voz y fuera incapaz deponer orden—, Alfred se deleitó en la fantasía de cortarse la mano con un hacha: que se enterara el miembro transgresor de hasta qué punto estaba enfadado con él, del poco cariño que podía tenerle si seguía empeñado en la desobediencia. Le produjo una especie de éxtasis imaginar el primer impacto profundo de la hoja en el músculo y el hueso de su insultante muñeca; pero, junto con el éxtasis, en paralelo, venía la inclinación a llorar por aquella mano que le pertenecía, a quien amaba y a quien deseaba lo mejor, porque llevaba la vida entera con ella.

Calificación: muy bueno.
Título original: The corrections (2001).
Traductor: Ramón Buenaventura.
Editorial Seix Barral, Barcelona, 2002.
ISBN 978-843-221-9917

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5 comentarios en “Las correcciones, Jonathan Franzen

    1. Tere:
      “Las correcciones” es anterior a “Libertad”. Y sí, es cierto que no mantiene el ritmo (las largas partes situadas en Europa oriental, por ejemplo, son bastante anticlimáticas). Lo mejor de todo, en mi opinión, es la excelente construcción del personaje del padre.

      1. Tuve la sensación de que le publicaron “Las correcciones” a raíz del exito de “libertad”, como pasa en tantas ocasiones.
        Me están llegando los comentarios de esta página con mucho retraso, así que supongo que durante este tiempo habrás leído mucho. Yo he leído dos de Mo Yan: “Sorgo Rojo” y “Grandes pechos, amplias caderas”. Impresionantes. ¿Tú has leído algo de este autor?

      2. Teresa:
        no he leído nada de Mo Yan. Un amigo (Damián González, que también escribe en este blog, te recomiendo especialmente sus reseñas) comenzó a recorrer su obra hace poco. De hecho, ya tenemos un artículo publicado sobre un relato autibográfico: “Cambios” (https://clubdecatadores.wordpress.com/category/mo-yan/). Respecto a “Las correcciones”, yo lo leí antes de que se editara “Libertad” aquí (en Uruguay). Los manejos editoriales a gran escala no se dan tanto, o con tanta fuerza, por estas latitudes.
        Un abrazo y gracias por la atenta lectura.

  1. Estoy por la mitad y puedo decir que es una obra asombrosamente realista. Me impresiona lo profundamente que se adentra en la esencia de cada personaje describiéndolos con las palabras más sencillas, algo que muy pocos escritores me han logrado transmitir. Hasta ahora no me he aburrido para nada en absoluto, al contrario, me conmueve, me hace reflexionar profundamente sobre mi propia realidad y me ha mantenido totalmente despierto y a la espectativa de qué y cómo va a describir lo que continúa. Ya estoy pensando en comprar la siguiente novela de él: “Libertad”. Podría decir que para Jonathan Franzen “nada humano le es ajeno”. La recomiendo ámpliamente. Para mí ya es un Clásico. ¿ Sabían qué HBO suspendió el llevarla a la pantalla ?

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