El museo de la inocencia, Orhan Pamuk

Pamuk
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Curiosa novela de Orhan Pamuk (Estambul, 1952), la primera de su cosecha luego de ganar el Premio Nobel en 2006. Dividida en 83 capítulos breves que suman casi 650 páginas, El museo de la inocencia se ocupa de la historia de Kemal Basmaci, hijo de un rico empresario, que se enamora perdidamente de Füsun Hanim, una lejana pariente de una lejana rama materna de su familia. Kemal tiene por delante una vida brillante, entendiéndose por tal cosa –en la convulsionada Turquía de los años 70’-, una vida de posibilidades materiales sólo limitadas por la voluntad. Esa es la forma de su privilegio, de manera que esta es también una novela sobre las decisiones que encaminan o descarrilan una vida. Kemal tiene una obsesión con la felicidad, con su felicidad. No sólo siente que tiene todo para conseguirla, una felicidad luminosa, plena y duradera, sino que también siente que la merece. En cierto modo, esta es la exhaustiva historia de la empecinada búsqueda de la felicidad de Kemal Basmaci.

Luego de estudiar en los Estados Unidos, Kemal vuelve a Turquía, ocupa la dirección de una de las empresas de su padre, participa de la vida social de la clase alta de Estambul y lleva adelante un noviazgo con la bella y adecuada Sibel. Cuando faltan apenas unos meses para “la ceremonia de petición de mano” –un evento público previo al casamiento, aparentemente tradicional en la sociedad turca-, Kemal entra en una boutique a comprarle un bolso a su novia y se encuentra con Füsun, una especie de prima suya –aunque no los unen lazos sanguíneos- de dieciocho años y gran belleza. Kemal, de treinta años, queda subyugado y de inmediato comienza a maniobrar para hacerse con los favores de la joven. Aquí entren en juego muchos factores socio-culturales que el lector debe tener en cuenta: la importancia de la virginidad y la mancha irreversible que significa su pérdida previa al matrimonio; las diferencias de clase; la oposición entre la parte de Turquía más apegada a las tradiciones musulmanas y aquella más permeable a la creciente influencia de Occidente. Es necesario entender este trasfondo para comprender luego el verdadero significado de la trasgresión cometida por Kemal, que se comporta en el comienzo de esta relación incestuosa siguiendo una lógica de consumo de acuerdo a la cual Füsun es, sencillamente, el objeto deseado, aunque él mismo sea incapaz de ver esto y en cambio revista todos sus pensamientos, emociones y vivencias, de una poesía revelada. Lo cierto es que las acciones de Kemal atienden sólo a sus deseos, no a las consecuencias que recaerán sobre su novia, sobre sí mismo o sobre la propia Füsun.

Un amigo de Kemal, de nombre Zaim, es dueño de la primera gaseosa turca: Brisa. Para promocionar su producto, contrata a Inge, una muy rubia y muy alemana modelo que aparece bebiendo Brisa en la televisión y en las vallas publicitarias, junto a un eslogan: “Usted se lo merece todo”. Así se comporta la generación de acaudalados treintañeros a la que pertenece Kemal, pero quizá es precisamente Kemal quien mejor corporiza esta filosofía de merecimientos ilimitados.

Más vale decirlo temprano, la novela está largamente excedida en su extensión. La voz de Kemal (que es el narrador en primera persona, aunque luego nos enteraremos del juego meta-literario a través del cual Kemal le encargó a Orhan Pamuk la redacción de su historia, a modo de amanuense), se vuelve difícilmente soportable en tramos demasiado largos. Es evidente que esta apreciación es subjetiva, pues habrá lectores que podrán pasear por los cientos de páginas sin dificultad, pero en mi caso, luego del comienzo relativamente bueno de las primeras 200 páginas, el ritmo monótono y repetitivo se me hizo agobiante y terminé la lectura con mucha dificultad y falta de interés. Mi explicación para esto es la decisión de Pamuk de apostar a la primera persona, una decisión que acotó sus márgenes de acción, obligándolo a sustentar la novela sobre el telling (contar) antes que el showing (mostrar), que acabó por estructurar una narración directa y demasiado introspectiva en torno a un personaje como Kemal, que pasa de ser grandilocuente a ser soso con una facilidad pasmosa. Pero bien, ¿es justo valorar una obra de acuerdo a la poca o mucha simpatía que su protagonista consiguió despertar en nosotros? No lo parece, hay obras inmensas con protagonistas detestables. Y, sin embargo, en el caso de El museo de la inocencia, cabe preguntarse ¿cuántas veces puede uno soportar que el personaje le cuente como se siente? ¿Tres o cuatro veces por página? ¿Seis o siete? Porque el mal de amor de Kemal lo empuja a ese tipo de declaraciones a cada momento, volviéndose plañidero con intenciones de trascendencia. Podrá objetarse que con esto lo único que Pamuk hace es ser fiel al febril y enajenado estado de Kemal. Podrá responderse: “bueno, no costaba tanto buscar un modo menos soporífero de hacerlo”. Un modo que, además, se encuentra al alcance de la mano de Pamuk, porque cuando su historia logra escapar a las turbias interioridades de Kemal –es decir, cuando el propio Kemal se convierte en un narrador en tercera persona-, las páginas adquieren un ritmo más encendido.

Otro asunto: este libro invita desesperadamente a la psico-crítica, pues Kemal es un caso de manual, un emporio de síntomas. Mi diagnóstico es este: Kemal es un sujeto con tendencia a conductas obsesivas, ocurrencia de episodios psicóticos y de cierta indisimulable perversión. Kemal no es un enamorado más; Kemal está loco, y aunque se hable de esta novela como de una novela “sobre el amor”, en realidad se parece bastante más a una triste novela sobre la obsesión, la “cosificación” del ser amado y el rol pasivo de la mujer en una cultura que ejerce sobre ella una alarmante represión religiosa, política y económica. El amor de Kemal lo lleva a desear la posesión total de Füsun, para lo cual necesita de la anulación de su voluntad. De ahí que, durante los años de distancia impuesta por el rechazo, se dedique a recolectar objetos -reliquias que vengan a servir de sustituto de su amada- que él deposita y acumula en el abandonado apartamento donde vivieron su primera pasión. Lo único que alivia el dolor de la distancia mientras sueña con un futuro de reencuentro y dicha, es la presencia de esos objetos. Y de aquí viene el nombre de la novela, pues la inimaginable cantidad de objetos reunidos acaban por configurar el museo del título, un museo que Pamuk, difuminando los límites de la ficción, ha hecho existir realmente (en el libro se incluye un ticket para entrar), en la esquina de las calles Cukurcuma y Dalgic, en Estambul, donde supuestamente estuvo la casa de Füsun y sus padres. Aparentemente, el museo debía abrir sus puertas el año pasado, pero Pamuk lo postergó, quizá por culpa de la tensa situación que vive con los grupos nacionalistas que lo han amenazado por haber denunciado la masacre armenia. En internet se encuentran fotos de la fachada del edificio.

Cada uno de los objetos, sumidos en las sombras a la luz de la luna y pareciendo flotar en el vacío, eran señal de un único instante indivisible, tanto como los átomos de Aristóteles. De la misma forma que, según Aristóteles, la línea que une los momentos es el Tiempo, yo comprendía que la línea que uniera los objetos debía ser un relato. Así pues, un escritor podía redactar el catálogo de mi museo como si escribiera una novela. No me apetecía en absoluto intentar escribir por mí mismo un libro semejante. ¿Quién podía hacerlo en mi lugar? Así fue como busqué al señor Orhan Pamuk, que narra este libro con mi voz y mi consentimiento.

Otro asunto significativo es este: ¿quién es Füsun? El lector puede tener una teoría: se trata de una chica corriente de belleza poco corriente. Kemal rara vez habla de su carácter o su espíritu, de lo que sí habla es de la forma de su cuello y sus brazos; el color y la textura de sus senos y sus pezones; que su boca se abre como una flor, etc. Pero, ¿quién es Füsun? Sólo al final aparece una revelación que Kemal decide ignorar de forma flagrante, demasiado sumergido en la imagen que él mismo ha construido de su “preciosa”. Pienso que para entender a Füsun, cabría recordar aquello que dice Carson McCullers en La balada del café triste: “la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas desean ser amantes. Y lo cierto es que, en las profundidades de cada uno, el transformarse en amados aparece como algo intolerable. El amado teme y odia al amante, y con razón, pues el amante está siempre anhelando desnudar al amado”.

Coda: El museo de la inocencia no parece ser el mejor modo de entrar en la obra del prestigioso y multipremiado autor turco.

Calificación: buena.
Título original: Masumiyet Müzesi (2008)
Traductor: Rafael Carpintero Ortega
Editorial Sudamericana, Bs. As., Argentina, 2009.
Random House Mondadori.
ISBN: 978-987-658-031-1

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15 comentarios en “El museo de la inocencia, Orhan Pamuk

  1. Por lo que decís en la coda, debe ser así. Es lo mismo que me pasó a mí con “La vida nueva”, donde un narrador en primera persona empezó con toda la polenta y se fue poniendo monótono y denso con el correr de las páginas.
    Ahora estoy con “Me llamo Rojo”, que si bien es tan larga como esta que reseñás (extensamente…), es realmente interesante, con poder comparable a “El libro negro”.

  2. Indudablemente no puede interpretarse en profundidad la obra de Pamuk si no se atiende a la temática real de toda su obra: Estambul, su verdadera pasión, amor, obsesión. No coincido en que en Museo de la Memoria sea reiterativo. Todo lo contrario. Como Proust, las descripciones sobre la evolución histórica de su lugar son minuciosas con el afán de dejar inscripta (y comprendida) en la memoria colectiva el alma de su pueblo. Pamuk atiende a la historia oficial lo justo y necesario. Lo que le importa es la microhistoria, aquella que protagonizan y construyen los personajes cotidianos, los que la viven, la padecen y la gozan. En síntesis: una obra monumental, inteligente, inolvidable.

    1. Eugenia:
      queda anotada la objeción. Yo leí “El Museo…” como una obra autónoma, que si bien encaja en el esquema general de los intereses pamukianos (donde Estambul ocupa un lugar primordial), no alcanzó en mi mirada de lector, a convertirse en una pieza destacable, monumental, inteligente o inolvidable en ese esquema. Más allá del valor antropológico, histórico y de rescate de un patrimonio, le pido a una novela que sea una obra narrativa entretenida y no redundante. En ese rubro y en este libro, Pamuk tambalea pesadamente, en mi opinión.
      Saludos, y gracias por la lectura y el comentario.

      1. Leo Cabrera, en un comentario anterior, contestó -con mucha exactitud, a mi juicio- a tu pregunta

    2. Que luz me ha dado usted para entender la obra. Transitando por las páginas he sentido que no es una historia de amor lo que se cuenta, es algo mas que quizás mis propias limitaciones no me han permitido ver. Todavía falta camino.

  3. Comparto completamente esta crítica. Estoy hacia la mitad del libro y no se si continuaré. Reconozco que no lo he dejado por ver el desenlace.

  4. A mí me ha parecido una novela bellísima y conmovedora. El estilo recuerda a Proust y a Joyce(escritores pesaditos, reconozcámoslo),pero ésta con un planteamiento sumamente original. Estoy de acuerdo en que le sobran unas cuantas páginas, como suele ocurrir con muchas buenas obras literarias. Pero el conjunto me parece magnífico . Me quedó una duda que me gustaría que me aclararan:¿Ella chocó aposta, y si es así, por qué?

    1. De acuerdo a mi lectura, Fussün chocó a propósito. Tendría que volver a ella y releer esas páginas, pero creo que el choque se explica como un acto de rebelión para con un orden de cosas que impidió sistemáticamente la consecución de sus deseos. Quiero decir, el suicidio como afirmación de su existencia de sujeto, ya no de lo que fue a lo largo de su vida: un objeto que los demás deseaban poseer para realizar, ellos mismos, sus deseos.
      Saludos y gracias por leer y comentar.

  5. Si para ciertos críticos esta novela es la peor de su autor, creo que estamos ante un gran escritor. Es la primera que leo de él y -no voy a decir que me ha entusiasmado- para la densidad de la misma y la reiteración obsesiva del tema principal, la he digerido hasta con “cierto” deleite. En algunos momentos he estado esperando la hora de su lectura con impaciencia. Notable. Adquiriré otro título suyo en cuanto pueda, para comparar.

  6. Al igual que otros comentarios anteriores, coincido con la crítica. Voy por la página 452 y me está costando mucho seguir. Espero el desenlace, pero me agobia la reiteración de la narración

  7. A mí me ha dejado muy buen sabor de boca. Pienso que para que la crítica haga tal diagnóstico de Kemal, aunque no comparto, son necesarias todas y cada una de las páginas de este libro. En ningún momento me ha parecido soporífera, todo lo contrario, me parece una novela completamente redonda donde no sobra ni una coma.
    La recomiendo!

  8. Me habría gustado que parte de la historia se enfocara en la natural e inconmensurable depresión que Kemal debió haber vivido luego de la muerte de su amada. No hay mucho sobre lo anterior, a lo sumo nos dice el autor que el personaje principal se dedicó a visitar miles de museos, pero yo opino que la pérdida ameritaba descripciones mucho más desoladoras…

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