Antártida, Claire Keegan

Keegan
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Antártida es el primer libro de la irlandesa Claire Keegan (County Wicklow, 1968), un conjunto de relatos ambientados en las tierras rurales de Irlanda o en el sur de Estados Unidos (en este caso, nunca muy lejos de Nueva Orleans). La mayoría de los relatos aborda, con insistencia y desde ángulos que se distorsionan levemente cuento a cuento, un solo asunto: la forma en la que luego de una vida de dominación y represión masculina (aquí hay que aclarar que esa “represión masculina” puede ser ejercida también por mujeres como reproductoras de un esquema tradicional), la protagonista, que suele ser la narradora, toma una decisión consciente o no, y quiebra el orden que la encierra mediante un acto, concreto o simbólico, de consecuencias impredecibles. Podrá parecerle al lector de estas líneas que ese un esquema demasiado simple para sostener un libro de quince relatos, pero la verdad es que Keegan consigue convertir en fortaleza algo que podría haber sido una irremediable debilidad, pues a través de la sutil variación de su mirada acaba por plasmar una sensación mucho más cercana a la que puede provocar la lectura de una novela, una especie de sedimentación, capa por capa. Y es que a medida que uno avanza se vuelve muy evidente que estos relatos no están pensados para ser leídos por separado (aunque “Hermanas”, “Antártida” o “Quemaduras” posean un innegable valor autónomo, pues se trata de grandes cuentos), sino para una lectura que les permita apoyarse unos a otros y funcionar como una orquesta.

Todos los relatos rurales están ambientados en los años 70 y 80, y la voz recurrente en ellos suele ser la de una niña a punto de entrar en la pubertad. Las esforzadas faenas diarias, la enigmática figura autoritaria del padre, la sumisión materna, los privilegios de los hermanos varones, el aislamiento, son el escenario de la acción; la chispa que la desencadena: la violencia, la muerte, el sexo, la locura. Es imposible saber cuánto de folklore tomado de primera mano por Keegan hay en estos relatos, pero el espíritu de esas historias que han llegado a nosotros de la mano de los hermanos Grimm permanece allí debajo. No hablo de una reelaboración de mitos y leyendas (está claro que ese no es el interés de Keegan), sino de una forma de reencauzar cierta fuerza primordial: todo el tiempo pasan cosas malas lejos de la luz. Esto es especialmente claro en “Antártida”, “El olor del invierno”, “La cajera que canta” y “Sopa de pasaporte”. Algo que podría identificarse con el antiguo concepto folclórico del bosque como el lugar en cuyo centro está la casa de la bruja y el cubil del lobo. En los cuentos de Keegan, los personajes pueden entrar al bosque con estúpida inocencia o estar en el bosque sin darse cuenta siquiera, ¿qué hacer entonces, cuando el bosque viene hacia uno? Ante esta pregunta, el lector agradecerá relatos menos filosos, como “Suba si se anima” o “Nombre raro para un niño”, en los que la tensión corre por otras aguas.

Con un cuidado de orfebre, Keegan pule sus relatos hasta que siente que no les sobra nada. En ese afán económico (que puede resultar en un tono algo frío, devenido del perfeccionismo), también hay un deseo preciosista que no sólo busca las palabras justas, sino las más plásticas o sugerentes de entre las palabras justas, para construir una prosa muy visual, apoyada en imágenes poéticas que dan casi siempre en el clavo y pocas veces en el dedo. Como ejemplo de esa precisión para ilustrar por medio de imágenes pertinentes, vean el final del siguiente fragmento del cuento “Nombre raro para un niño”:

Solía creer que nunca sabría demasiado (…) Pero ahora sé demasiado; como alguien que escucha furtivamente, siento que casualmente he oído una historia irrefutable sobre mí misma y por eso debo ir de a poco, debo guardármela para mí hasta estar lista. Como si sostuviera un vaso lleno, sin ser capaz de moverme, temerosa de los derrames.

La forma en la que la figura final enlaza la inmovilidad con los motivos de esa inmovilidad es un hallazgo que funciona a más de un nivel y que revela una imaginación puesta al servicio de la construcción del personaje.

Una consideración lateral. Antártida fue elegido Libro del Año por Los Ángeles Times en 1999, año de su publicación. Desde entonces se emparenta a Keegan con autores como Ann Beattie, Raymond Carver, Flannery O’Connor y (nada menos que) Anton Chéjov. Ahora que lo pienso, es muy raro que no hayan mencionado a Alice Munro. Hay que decir rápidamente que esto no tiene otro sentido que el del marketing, ni otra explicación que el encanto de los redactores de contratapas por hacer prestigiosas listas a medida para ensalzar al autor de turno. Los relatos de Keegan no valen más o menos por las lejanas similitudes que pueda uno encontrarles con alguno de los autores mencionados. Crear de la nada estas parentelas, sin molestarse en el detalle de fundamentar los supuestos lazos filiales, es síntoma de una sola cosa: pereza crítica. No se molestan en decir por qué la obra de alguien es relevante, les alcanza con decir que se parece a la de tal otro, que, se presume, ya todos sabemos por qué es buena, caramba. Así es que la taxonomía literaria que muchas veces se confunde con crítica se parece a un decorador de interiores: puede decirte dónde poner los muebles, pero no le pidas que te ayude a arreglar una mesa.

Crezco rápidamente, como el ruibarbo que papá dice que soy, y empieza la transformación. Me intereso en los vestidos viejos de mi prima. Cosas floreadas con cinturones finitos y caros, y zapatos puntiagudos que combinen, que me aprietan los dedos. Vuelvo a casa cojeando y hago el anuncio. Ma dice “Ssssshhh” y me da una faja elástica que fije las toallas para retener la sangre. Creo que es el equivalente a los diarios de papá para la barbilla, luego de afeitarse.
-No dejes que tu padre las vea –dice.
Ella siempre está escondiendo las cosas de las mujeres, como si estuviésemos prohibidas.
(de “El sermón de Ginger Rogers”)

Aquí, una interesante entrevista a Keegan realizada por Inés Garland para Revista Ñ.

Calificación: muy bueno.
Título original: Antartica (1999)
Traductor: Jorge Fondebrider.
Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires, 2009.
ISBN: 978-987-1673-01-8

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2 comentarios en “Antártida, Claire Keegan

  1. Es de los libros de cuentos que más me ha impresionado en los últimos tiempos. Y creo que Amor sobre el pasto alto es de los mejores cuentos que leí en muuucho tiempo.

  2. No había querido leer tu post hasta no leer “Antártida”. Todo comenzó con “Hermanas” por un comentario en la librería y luego solo no pude no leer todos los cuentos. Comparto muchas cosas de las que escribiste y describiste tanto de Keegan, la obra mencionada y la “crítica” a la “crítica” actual… Leerla fue como esperar a la noche para que la popularmente conocida como “la dama de la noche” floreciera y terminar cada cuento dejó esa sensación… de belleza efímera.

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