Cuentos, F. Scott Fitzgerald

Fitzgerald
***

En 1936, Francis Scott Fitzgerald escribió para Esquire una serie de tres artículos de índole confesional, que era prácticamente lo único que podía escribir por esas fechas: “The crack up” (febrero); “Pasting It Together” (marzo) y “Handle with care” (abril). Los artículos encendieron las críticas de parte de quien para entonces era el más célebre de los ex amigos de Fitzgerald: Ernest Hemingway, quien comparó a Fitzgerald con Max Baer, un boxeador que según él había fingido un knock-out ante Joe Louis para no seguir peleando. No era la primera vez que Hemingway, epígono literario del coraje y la virilidad, achacaba a Fitzgerald la ignominia de carecer de la valentía que a él mismo parecía sobrarle: “Si Scott hubiera ido a esa guerra que siempre creyó tan terrible y que tanto lamentaba haberse perdido, lo hubieran fusilado por flagrante cobardía”, dijo en una carta. También Dos Passos recriminó a Fitzgerald, aunque no tanto por su falta de coraje, sino por la falta de tacto que demostraba al quejarse públicamente de forma tan plañidera de sus íntimos males cuando el país vivía las consecuencias de la crisis económica más profunda de la historia y en Europa el fascismo se erigía como una amenaza para la democracia y la libertad del mundo. Quizá haya en “The crack up”, un dardo para colegas como Hemingway y Dos Passos, cuando Fitzgerald dice que en sus momentos más tristes se sentó a hacer listas de “las veces que había dejado que me desairaran personas que no eran mejores que yo ni en carácter ni en capacidad”.

La verdad es que lo que hizo Fitzgerald en esos artículos fue algo así como un suicidio profesional: desnudar, no los hechos personales que provocaron su derrumbe (bastante conocidos, por otra parte), sino los entresijos psíquicos de ese derrumbe, y sus estrategias (irónicas, amargas, ácidas) para la construcción de un nuevo edificio a partir de los escombros del anterior. Pesaba sobre Fitzgerald no sólo el deber de estar a la altura de su don -un deber que él creía haber incumplido largamente hasta convertirse en el escritor malogrado por excelencia, el más célebre de los desperdiciados-, sino también una desafortunada serie de circunstancias que se magnificaron en su corazón, hasta convertirse en un obstáculo insuperable. Y mientras todos los demás lo veían con una compasión no absolutamente sana, pensando que sólo le hacía falta decisión, fuerza y voluntad; Fitzgerald se veía a sí mismo, a los 39 años, como un hombre acabado que todavía tenía tiempo de reírse un poco, amargamente, de sí mismo. A continuación, la conocida figura del plato cuarteado que aparece en “Pasting It Together”:

En un artículo anterior, el autor de estas líneas narró el momento en que se dio cuenta de que lo que tenía delante de él no era el plato que había pedido para sus cuarenta años. De hecho —dado que él y el plato eran uno—, se describió como un plato cuarteado, del tipo de los que uno se pregunta si vale la pena conservar. (…) A veces, sin embargo, al plato cuarteado hay que guardarlo en la despensa, hay que mantenerlo en servicio como menaje de la casa. Nunca se lo podrá volver a calentar en el horno ni juntar con los demás platos en el fregadero; no se sacará cuando haya visitas, pero servirá para poner galletitas avanzada la noche o para guardar restos de comida en la nevera…

Pues bien, en esta edición del Club del Libro de Radio Sarandí (#30), se recopilan tres cuentos de Fitzgerald: “Dormir, Gretchen, dormir”; “La última de las diosas” y “De vuelta en Babilonia”, que pueden leerse como mojones en la historia del cuarteamiento del plato. En el primero, en tono de sátira, se cuenta la historia de Roger, un joven publicista que decide independizarse de la agencia para aumentar sus ingresos de forma independiente. Necesita el dinero para poder darle a Gretchen la vida que ella desea, aunque se muestre despreocupada al respecto, como si realmente no le importara. La tensión del relato se articula en torno a los 40 días que Roger se pone como plazo para conseguir los contratos que necesita para poder salir de los suburbios. Durante ese lapso, necesita la colaboración de Gretchen, una colaboración pasiva: “Lo único que necesito en estas seis semanas es suprimir las salidas y también las visitas, así que cerraremos las persianas y no las abriremos a nadie”. El antagonista del relato es un amigo de Roger, George Tomkins, quien goza de una prosperidad floreciente a un costo aparentemente mínimo. A medida que las semanas transcurren, Roger está a punto de perder el control de sus nervios mientras Gretchen estrecha más y más su propia relación con el despreocupado y bonachón George. El relato es la representación paródico-catártica de una auténtica obsesión de Fitzgerald: la forma en la que la falta de dinero estropea la posibilidad de ser feliz. En la mente de Roger, el trabajo no es placentero y, de hecho, sabe que su labor publicitaria es perfectamente inútil y banal, pero es la manera a su alcance de obtener dinero, y el dinero es un medio para retener a Gretchen, ofreciéndole una vida de placeres sofisticados, y Gretchen es el medio para alcanzar la felicidad. Si el mundo se detuviera hasta que él pudiese reunir lo necesario para hacerle frente, entonces todo encajaría y acabaría funcionando en la ficción como sólo funcionó en la realidad de forma intermitente para Fitzgerald.

En “La última de las diosas”, la acción se sitúa en una localidad del sur de EEUU, Tarleton, en donde se ha levantado un campamento de jóvenes soldados que viven a la espera de ser convocados para pelear en Europa. Andy, el narrador, es uno de esos muchachos, no demasiado notable, que se convierte en el amigo íntimo (ya que no puede ser su pretendiente) de una de las chicas más populares de Tarleton: Ailie Calhoun. Más que otra cosa, el cuento es el retrato de Ailie y de sus volátiles deseos: “Era el tipo de mujer sureña en toda su pureza. Tenía esa típica habilidad revestida de una sencillez dulce y voluble y la frescura inalterable que se logra en la permanente lucha con el calor”. En la permanente esgrima entre los deseos y las maneras de darles satisfacción, los corazones de los muchachos y muchachas de Tarleton se ejercitan hasta dejar de ser jóvenes, hasta endurecerse o romperse. Andy, tácitamente descartado, observa cómo la hermosa Ailie atiende cortejantes, los evalúa y los descarta uno a uno: “Enamoró a unos cuantos elegidos con gran sagacidad (…) y dividió sus tardes entre todos nosotros”. La adorable crueldad de Ailie se comprende como una parte indispensable del juego, ¿de qué otra forma podría ser? Hay que afrontarlo con resignación: no se ama a la chica a pesar de eso, se la ama justamente a causa de eso, por la fascinación del juego más que por la improbabilísima ocurrencia del premio. No obstante, la sensación que sobrevuela el cuento es el de la más prematura de las melancolías, la melancolía de lo que nunca llegó a poseerse, ni la guerra (a la que Andy, como Fitzgerald, no llega a ir), ni el amor (“¡Oh, no! ¡Jamás podría casarme contigo!”); y se trata de un sentimiento empecinado, que se regodea en la comprobación de su propia naturaleza, cuando Andy se pasea por lo que en otra época fue el campamento y sólo encuentra maleza. Aquí hay un dato biográfico que viene a poner las cosas en perspectiva. Fue precisamente durante sus años de expectante servicio militar, que Fitzgerald escribió A este lado del paraíso, novela que originalmente llevó el título de El egoísta romántico. Los protagonistas de los dos primeros cuentos de este volumen merecerían esos calificativos, aunque sobre el primero se recarguen las tintas del egoísmo, y, sobre el segundo, las del romanticismo.

El tercer relato, “De vuelta a Babilonia”, es el mejor de los tres. En él se narran los intentos de Charlie –un juerguista rehabilitado a medias- que vuelve a París para intentar recuperar a Honoria, su pequeña hija, cuya tenencia está en manos de Marion, la hermana de su fallecida esposa, Helen. A través de las rendijas del relato pueden verse los locos años ’20, las fiestas de los norteamericanos en París, el despilfarro, el alcohol. El regreso, una vez que el bullicio se ha apagado, lleva a Charlie a pensar: “Yo a esta ciudad me la perdí, no supe aprovecharla. Dejé que pasaran los días, sin darme cuenta y así pasaron dos años y pasó todo y yo también”. El presente es el tiempo de las secuelas de la fiesta parisina (que Hemingway se encargaría de retratar cuatro décadas después), el momento de intentar recomponer las partes desperdigadas de una vida. Para ello, Charlie debe convencer a Marion de que ha cambiado. “De vuelta a Babilonia” es la estructuración en clave apenas ficticia de las culpas que aquellos “locos años” proyectaron sobre la cabeza de Fitzgerald, el hombre de quien Gertrude Stein dijo: “se lo leerá cuando muchos de sus contemporáneos más conocidos estén olvidados”.

Calificación: bueno.
Traducción: —
Editor Cele SRL., Montevideo, 1978.
Club del Libro de Radio Sarandí, nº30.

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