El Gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald

El que habla aquí es Hemingway: “(Scott) hablaba con desdén pero sin amargura de todas sus cosas publicadas, y comprendí que su nuevo libro tenía que ser muy bueno para que pudiera reconocer sin amargura los defectos de los libros anteriores. Dijo que me daría a leer “El Gran Gatsby” en cuanto recuperara el único ejemplar que tenía y que había prestado no sé a quién. Oyéndole hablar del libro no imaginaba uno lo bueno que era, salvo precisamente porque él hablaba con la timidez que muestra todos los escritores no fatuos cuando han hecho algo que está muy bien (…) Cuando terminé de leerlo comprendí que hiciera Scott lo que hiciera, por muy mal que se portara, yo tenía que considerar que era como una enfermedad y ayudarle en todo lo que pudiera y procurar ser buen amigo suyo. Scott tenía muchísimos buenos amigos, más que nadie que yo conociera, pero me alisté como uno más, tanto si podía serle útil como si no. Si era capaz de escribir un libro tan bueno como “El Gran Gatsby”, no cabía duda de que sería capaz de escribir otro todavía mejor. Entonces yo no conocía a Zelda, y por consiguiente no tenía idea de las terribles desventajas con las que luchaba Scott”.

*****
Fitzgerald

Nick Carraway, el narrador de la novela, llega a Nueva York en 1921, desde el Medio Oeste, proveniente de una familia acomodada, no son aristócratas (de hecho, el padre de Nick dirige una ferretería), pero gozan de cierto prestigio local. Luego de pelear en la Primera Guerra, Nick regresa a su país y decide probar suerte como corredor en la Bolsa de Valores durante un año, apoyándose para ello en los recursos financieros paternos. De modo que alquila una casa en un –imaginario- suburbio del este neoyorquino (una península de dividida en dos regiones: West Egg y East Egg), junto a la extravagante mansión de un enigmático sujeto que no es otro que Gatsby; mientras que en East Egg, la parte más sofisticada de la península, tiene su casa una prima de Nick, Daisy, casada con un hombretón de nombre Tom Buchanan, acaudalado polista de marmóreos bíceps (“en New Haven, hubo muchachos que odiaban sus tripas”). Y estos son los escenarios y personajes centrales del drama (aunque resta mencionar a Jordan Baker, la bella –y afectada, histérica, cínica, hipócrita, pero aún así adorable de a ratos- golfista amiga de Daisy que hace las veces de noviecita no declarada de Nick). El misterioso señor Gatsby acostumbra dar unas fiestas muy impresionantes y de entrada prácticamente libre, de modo que por las noches su mansión es un jolgorio constante de luces, música (una orquesta completa), bailes, alcohol y personajes famosos (estrellas de cine, directores, productores) codeándose con auténticos garroneros de la más baja estofa. Suena el jazz y corre el whisky. Los autos lujosos hacen crujir el pedregullo de la entrada. Los invitados, que nada saben de su anfitrión, se entretienen elucubrando posibilidades: es descendiente de la nobleza alemana, es contrabandista, mató a un hombre, dicen que estudió en Oxford, etc., etc. Más allá de estos devaneos, la forma en que Nick lo describe, la primera vez que lo ve en una de esas fiestas, es esta:

Sonrió comprensivamente, mucho más que comprensivamente. Era una de esas raras sonrisas, con una calidad de eterna confianza, de esas que en toda la vida no se encuentran más de cuatro o cinco veces. Contemplaba, parecía contemplar por un instante el Universo entero, y luego se concentraba en uno con irresistible parcialidad; lo comprendía hasta el límite en que uno deseaba ser comprendido, creía en uno como uno quisiera creer en sí mismo…

Hay un paralelismo que Fitzgerald construye magistralmente, pues a medida que la relación entre Nick y Gatsby avanza y se profundiza, también se asienta y enriquece la relación emotiva entre el lector y Gatsby. Y no hablo de la compasión que puede despertar Gatsby en nosotros, sino de la comprensión que alcanzamos acerca de su naturaleza (una comprensión que no necesita de la simpatía y que bien puede prescindir de la antipatía). Vuelvo a pensar en una frase de John Gardner que dice así: “El argumento existe para que el personaje pueda descubrir por sí mismo (y en el proceso, revelar al lector) quién es él realmente”. ¿Puede existir una gran novela que no cumpla con este criterio?

El caso es que Gatsby tiene un plan: recuperar a su chica. Daisy (recuerden: la prima de Nick) fue su chica durante un mes, cinco años atrás, antes de que Gatsby debiese ir a la guerra. Estando en Europa, la perdió a manos de Tom Buchanan, aunque eso no sea del todo cierto, porque la pareja de Daisy y Gatsby no tenía posibilidades reales: él por entonces era lo que se conoce comúnmente como “un don nadie sin dónde caerse muerto”. Pero un lustro después y luego de vivir una serie de rocambolescas peripecias dignas de Simbad, Gatsby ya es alguien, un hombre de evidente fortuna (amasada por medios no muy lícitos, ciertamente), que sueña con hacer retroceder el tiempo para reparar lo que nunca debió romperse. Para eso necesita la ayuda de Nick, cuyo corazón (aunque él quisiera poder negarlo) se parece mucho al de Gatsby.

Digámoslo ahora, lo que Gatsby quiere es imposible, y ya sabemos lo que suele sucederles a los héroes de ficción que se dejan llevar ciegamente por sus pasiones: un final trágico. La pasión de Gatsby es la nostalgia (una nostalgia llamativamente cándida, viniendo de un contrabandista), y es allí donde comienza el fuego que va a consumirlo. También hay algo de Ícaro en él, ese exceso que lo lleva más allá de su mundo y que acaba pagando con la caída. Porque el mundo íntimo de Gatsby es un mundo de emociones sólidas y duraderas, de sentimientos perfectos e inmutables, un mundo incapaz de entender las leyes de la volubilidad, de la fugacidad, de lo banal (y he ahí la explicación de su comportamiento tan inadaptado en las fiestas que brinda).

James Gatz era víctima de un mundo al que no pertenecía: ricos, seres descuidados e indiferentes, que aplastaban cosas y seres humanos, y luego se refugiaban en su dinero o en su amplia irreflexión.

Daisy, Tom, Jordan, y hasta el propio Nick (aunque Nick es un hombre parado en la frontera de esos mundos) poseen una practicidad de la que Gatsby, en toda su infantil dimensión, es totalmente incapaz. Los años locos mastican y escupen a los románticos empedernidos, a los nostálgicos inadaptados, a los amantes constantes. En esas fauces, Gatsby es poco más que un pedazo de carne.

Vuelvo al comienzo. Hemingway no decide, al momento de leer la novela, ser un amigo duradero de Scott Fitzgerald por descubrir entonces su inmenso talento y valía, lo decide porque comprende que mucho dolor le esperaba a su amigo en los años por venir. Entonces, Hemingway decidió ser Carraway.

-Adiós, pues.
Nos estrechamos las manos e inicié la marcha; justo antes de llegar al césped, me acordé de algo y me volví:
-¡Son una asquerosa gentuza! –le grité a través del parque-. ¡Tú vales más que todos ellos juntos!
Siempre me he sentido contento de habérselo dicho. Fue el único elogio que le hice, porque desde el principio le había desaprobado. Primero asintió cortésmente; luego su rostro se quebró en una radiante y comprensiva sonrisa, como si todo el tiempo hubiéramos estado de en extático acuerdo sobre este hecho.

Calificación: excelente.
Titulo original: The Great Gatsby (1925).
Traducción: E. Piñas.
Hyspamérica Ediciones, Buenos Aires, 1983.
ISBN: 950-614-108-8

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