El corazón de la noche, Sylvia Lago

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En plena época de desenterramiento literal de la verdad, mientras los restos óseos de los desaparecidos son encontrados (no se habían ido a Suecia o Australia, entonces, no se estaban dando la gran vida desde hace décadas), ahora que los periódicos y los informativos de televisión muestran las fosas y vuelven a aparecer, en las portadas y en el horario central, los nombres y las viejas fotos que hasta hace poco sólo podían verse en las marchas de los familiares, en noches silenciosas; ahora que la familia del dueño de esos huesos puede, por fin, entregarse a algo que se parezca al alivio para comenzar a recorrer el fin del duelo, es interesante leer este libro de cuentos de Sylvia Lago editado en 1987 por Banda Oriental, pues hay algo en el centro del discurso de este libro que formó parte largamente de la manera en la que la literatura uruguaya se hizo cargo de contar la historia de la dictadura.

De los seis cuentos que integran El corazón de la noche, sólo dos: “Vida retirada” y el que le da el título al conjunto, pueden situarse fuera del tema central del libro. En el primero se cuenta la historia de una pareja de ancianos que vive en un balneario de medio pelo. La mujer, bastante más joven que su marido (aunque no por eso escape al mote de “vieja”), acabó casándose por no quedar soltera. “¿Amar, Eloísa? ¿Tenés rostro para plantear esa pretensión absurda? (…) A tu edad, hermanita, el matrimonio no es un cuento de hadas”. En el presente de la narración, la mujer observa a su esposo subir una cuesta rumbo a la ciudad, mientras se aproxima una tormenta. A medida que el hombre avanza y que ella recuerda y detalla los pormenores de su vida actual, queda claro que lo detesta: “maldito viejo puerco”. Al final, el viejo tropieza y cae de espaldas. La mujer ve sus torpes intentos por incorporarse. Comienza a llover en el momento en que la mujer vuelve a entrar a la casa, como si no hubiera visto nada. A pesar de lo mínima que pueda resultar la anécdota, este es probablemente el mejor cuento del libro, pues aquí el lirismo está refrenado, la prosa va a lo que va y la creación de los personajes funciona.

Luego es cuando empieza el asunto. “Antes del silencio” cuenta la muerte del Che Guevara desde una voz en segunda persona que le habla a Lucía, una joven maestra boliviana. La elección que Lago hace de los narradores y los narratarios a lo largo del libro me causó muchos problemas. Haré un apartado ahora para hablar un poco de eso.

Quizá los problemas de los que hablo respondan a mi forma de leer. Necesito motivos para que alguien cuente algo. Motivos, no explicaciones. Quiero decir que puedo pactar con un narrador en tercera persona, firmar el contrato en blanco y que él haga lo que quiera. Si lo hace bien (si dosifica su omnisciencia, si usa el indirecto libre con soltura, si por momentos se parece a una hiper-conciencia de los personajes) es probable que yo me olvide de que está ahí, y de que detrás de él está el autor. Suspenderé mi incredulidad para entrar a la realidad del artificio. Aunque la posmodernidad haya significado un duro golpe para el narrador en tercera persona, a priori yo sigo creyéndole. La motivación tácita de un narrador en tercera es siempre la misma: “esto debe ser contado”. Bien. Puedo pactar con eso. También puedo acordar con un narrador en primera, es todavía más fácil, porque en este caso el asunto es entre él y yo: “voy a contarte mi historia”. Perfecto. Te escucho. Pero al narrador en segunda persona me cuesta creerle. Siempre me ha pasado. Supongo que lo que me molesta es la triangulación del discurso. El narrador tiene dos destinatarios, el primero es intradiegético y suele ser el protagonista del relato; el segundo es extradiegético, y no es otro que el lector. Esta forma de “jugar por barandas” (terminología de billar), tiene que estar muy bien motivada para que funcione, de lo contrario, el lector se preguntará para qué el narrador le dice todo lo que le dice al personaje. ¿Cuáles son sus motivos, además de hacer que sus palabras lleguen al lector? Ejemplifico con el comienzo del cuento de Lago: “Permanecerás frente al espejo trenzando tus cabellos de mestiza, deleitándote en el roce sedoso del pelo largo, oscuro, que se desliza entre tus dedos como basalto líquido”. Si el narrador dice cosas que el personaje ya sabe (largo y textura de su pelo, por ejemplo), ¿qué sentido tiene que lo diga? Habrá, claro está, una función poética en la elección de este tipo de narradores tan afectos a la sentencia y al tono bíblico (“te sorprenderá”, “comprenderás”, te erguirás”, “descubrirás”), pero sospecho que esa función es incapaz de sostener por sí sola el peso de un cuento.

“Procesión” narra el velorio y entierro de un “compañero” caído en la lucha contra los milicos. Aquí el lirismo alcanza y supera los límites de lo tolerable. Pienso que tal vez en la fecha en que fue escrito el cuento (y de acuerdo a la sensibilidad y experiencia personal de Lago), esta era probablemente la única manera de contar algo así, con perífrasis y circunloquios que se convierten en prosa poética, pero que en su afán de enaltecer y embellecer, de dignificar y engalanar, acaban por vaciar de sentido y volver incomunicable toda emoción auténtica, sustituyéndola por una experiencia estética que es, al fin y al cabo, de segundo orden. Cito ejemplo:

Ese día, sólo un geranio cae: fundidos por el fuego criminal sus fértiles estambres, sus pétalos sangrientos que se adosan al piso. Y ahora avanza el geranio y detrás van las ninfas coralinas, las aves del paraíso color pardorrojizo, amapolas comunes de tallo áspero y fuerte, iris de hojas en punta que de pronto amenazan, lis-tigre, piel manchada, que se vuelve, de súbito, una fiera. Y cuando, ya descubierta la caja, esgrimimos al geranio en nuestras manos, se abren en floración extraordinaria los tulipanes encarnados, los eternos gladiolos-gladiadores, las magnolias lanzaproyectiles, y un girasol radiante ilumina la lid de nuestro muerto que no tendrá entierro.

Luego viene “Manos de príncipe”. Otra vez el narrador en segunda persona, pero esta vez la elección queda más clara: la anciana narradora habla con un “compañero” de su hermano, el prestigioso doctor Héctor Moritz Rolland, que murió por la causa. El maniqueísmo que está presente en todo el libro se concentra especialmente en este cuento. Moritz Rolland no es inteligente, bueno, talentoso y bello: es genial, heroico, admirable y hermoso. Es perfecto. No hay una sola mácula en él. Prestigioso cirujano, excelso pianista, de acomodada posición económica, su ética es intachable. Su solterona hermana habla de él como de un esposo, un lánguido y casto amor de senectud. De a poco se desgrana la historia: los hijos deben exiliarse, la esposa (políticamente neutra, frívola, etc.) muere en un accidente automovilístico. Moritz Rolland se inmiscuye en actividades subversivas. Es capturado. Lo liberan, pero contra todo sentido común, decide continuar. Su rectitud le impide cualquier alternativa.

Me atreví, por fin, a enviarle unas líneas a su consultorio. Le decía, simplemente: “Héctor, querido hermano: creo que sería muy importante para ti que viajaras a Europa de inmediato; estás muy agotado y lo necesitas”. Me respondió con un telegrama: “Ni lo sueñes. Mi lugar es este. Abrazos”.

“Juntos somos el mar”, cuenta una tarde de playa compartida por una madre (presa política liberada) y su hija (nacida en cautiverio y criada por su tía). El padre de la niña murió en prisión. Aquí es interesante el escenario veraniego y el manejo de los flash-back que vienen a intercalarse con el presente, y la forma en la que se delimitan los primeros momentos de la nueva relación filial, las dificultades para recuperar el tiempo ido. Produce un auténtico sobresalto, en cambio, encontrarse a un torturador en plena faena diciéndole a la protagonista (se llama Luz), algo así: “Así que Luz, eh, con que Luz. Pronto tendrás que acostumbrarte al pozo y allí todo está oscuro, Luz; te vas a empachar de oscuridad”. Es un ejemplo del tipo de mediación poética que provoca un distanciamiento insalvable de lo narrado.

El último cuento, el más extenso del volumen, es “El corazón de la noche”, donde una anciana (Inés) en las que intuimos son sus últimas horas de vida se dedica a un racconto de su infancia, adolescencia y juventud. De paso, queda hecho el retrato de su familia: el padre malogrado, la abuela marcial, la madre altiva, los tíos terratenientes, la presión social, la severidad de los designios familiares, el precio de la rebeldía. La narración salta y se enreda como una madeja, cambiando de forma arbitraria de perspectiva, en un juego que esta vez sí parece convenirle a la historia, porque se asemeja a la forma zigzagueante de la memoria, quizá. El minucioso despertar sexual de Inés ocupa buena parte del cuento. Tengo que confesar que el fragmento que transcribo a continuación me hizo muchísima gracia (largué la carcajada, literalmente):

Entonces empezó el episodio trágico, oh, Zeus, cuya patencia humana fui descubriendo lenta, ávidamente a través de mis párpados entornados: primero los amplios pectorales donde se destacaban las tetillas morenas; luego los miembros cubiertos por un vello crespo que sombreaba la piel; el seguida el abdomen de ajustados músculos y allá, en la maraña que se espesaba a medida que descendía hacia las ingles, creció, de súbito, el Gran Personaje, la raíz de todos los orígenes, la torre desafiante sustentada en las poderosas esferas –dos mundos, sí, dos mundos apoyando a Hércules- que se imponían, simétricas, a los lados.

Coda: la ilustración de la tapa parece una parodia.

Calificación: regular.
Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1987.
ISBN: —–

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11 comentarios en “El corazón de la noche, Sylvia Lago

      1. Ah, ah. Es que -te cuento- por muchos momentos el libro me pareció malo, muy malo. Más allá de haber envejecido mal, me dio la sensación de un libro que había nacido viejo. De todos modos, hay cosas buenas en el primer cuento y en el último, sobre todo. Para que sea malo, tiene que ser malo de forma compacta, me parece. De todos modos, lo peor no es la prosa, el lirismo “al pedo” (siendo rústico), cierta manía por fundir palabras para formar una sola, o la aleatoriedad de los narradores, lo peor es la cándida mirada poética con ansias de trascendencia a la lucha armada durante la Dictadura. Un mal del que Benedetti supo participar y que Galeano ha convertido en una fuente redituable, pero que en Lago se nota como algo más sincero, más cándido y, quizá por eso, más perdonable. De todos modos, las consecuencias de este discurso para la literatura han sido nefastas.

  1. Sólo para vuestro deleite (sigue la cita):

    “Toda la vida palpitante de la naturaleza en pleno vigor se concentró para mí en esa presencia: la atmósfera se volvió bermeja y se mezclaron en ella, caóticamente, los tonos del arco-iris mientras ardían en fascinación mis ojos azorados. Y la escena se transfigura en cuanto entra en acción la terrible Antagonista: salta como una gigantesca marioneta elástica, con los cabellos rojos y los brazos vibrantes: bruja, bruja. La vi desmoronarse desde su estatura semierguida, vi sus manos juntas y temblorosas que se dirigían, en actitud de ruego, hacia la efigie; y sus labios se me antojaron más gruesos y morados, sus pechos más plenos, sus dientes más brillantes. Fugazmente y totalmente la vi, alucinada, antes de que su rostro -aquella máscara espantable que parecía fosforecer constantemente- descendiera sobre la torre y la ocultara bajo la catarata del pelo”.

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