Un niño prodigio, Irène Némirovsky

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Némirovsky

A los veinticuatro años de edad, Irène Némirovsky podía ser calificada por su entorno como una jovencita de la alta clase judía que disfrutaba de los años locos parisinos. Si bien cursaba una licenciatura en La Sorbona, no le hizo asco a las beldades de la vida acomodada. Al parecer no algunos desconfiaban que tanto “Un niño prodigio” como “David Golder” (1929) fueran de su autoría. Sin duda, lo que ocurre cuando un escritor se encierra a solas, es un proceso que puede definirse con palabras del tipo “metamorfosis”, “revelación” o “clarividencia”. Lo que sea… El proceso creativo, apreciado desde el exterior, siempre deja a más de uno fuera de lugar. Una reflexión que pase por esas ideas viene bien para pensar en los aportes distintivos de “Un niño prodigio”, y podría ordenarse con una pregunta así: “¿Cómo hizo él/ella para escribir algo así?”. Por lógica, el emisor de la pregunta parece, al menos en una de sus representaciones (no sé si la más despectiva) detentar algún tipo de control sobre las posibles respuestas; y sin embargo algo se escabulle. Esa es la pregunta que podría regir una lectura de este largo relato de Némirovsky.
Ismael Baruch, el protagonista de esta historia, es un niño perteneciente a una pobre familia judía de un puerto del Mar Negro, a fines del siglo XIX. Como a todos los niños de su familia (la mayoría se fue a correr mundo para no regresar), la necesidad lo lleva a cruzar su camino con todos los vagabundos, los aprovechadores y los locos del ambiente portuario. En esas circunstancias, en una noche de tantas entre los prostíbulos, los bares y la orilla del mar, un despechado marino borracho reconoce la calidad de la voz de Ismael en un canto improvisado. No se trata de lo instrumental, de lo sorprendente de la voz del niño, sino de un conjunto que involucra la capacidad creativa en lo melódico y en la letra. A partir de entonces nace el artista para los demás. Por eso esta obra agrega más como alegoría del artista como cachorro que como Bildungroman. Convertido en una atracción de los bares portuarios de mala muerte, Ismael se topa con la suerte. Un noble le pone el ojo encima y el ascenso a los siguientes niveles de la escala social no se hace esperar, sobre todo cuando a partir del noble va a dar con un personaje más importante a quien llaman “la princesa”. La princesa separa al niño de su familia luego de desembolsar una importante suma y se ocupa de su formación y su preparación para convertirlo en un prodigio, es decir, darle las formas que terminen de hacerlo reconocible para los demás como un “prodigio”. Y aquí se produce , creo, lo más interesante de “Un niño prodigio”: la colisión entre una visión innata de la creación (casi a un nivel “animal”, donde su arte es un proceso como lo es la propia respiración) y una visión de la cultura y de la creación más amplias, donde entran el bagaje de la cultura heredada y difundida por la sociedad. ¿Cuánto de disciplinamiento castrante hay en el conocimiento de esa tradición y esas reglas para el protagonista? ¿Cuánto hay de aprovechable? ¿Qué de su originalidad se muere allí? Esos parecen ser los interrogantes cuando promedia el libro. La divina gracia de Ismael (ese tan discutido don de la creación que no hace diferencia de credos, razas ni aspectos sociales) muere con los otros, se vuelve evanescente. Uno podría pensar, al final de la lectura, quién sabe, si el verdadero artista es aquel que pese a todo puede preservarse como un salvaje, un pequeño animal sucio y agazapado. Un extraño irreconocible para sus congéneres; tal vez sea eso un verdadero artista.

En cuanto a los libros, lo hacían sentirse celoso y desgraciado. Se ponía a imitar inconscientemente los versos de otros, y una especie de rabia cargada de odio lo desquiciaba. Sus antiguas canciones le parecían ridículas, despreciables, y las nuevas, sin saber por qué, le resultaban aún peores. Hasta entonces había mirado a la naturaleza y a los hombres con sus propios ojos, y había traducido con sus propias palabras lo que le decían en voz baja. Y de pronto notaba que entre el mundo exterior y su alma se deslizaba el pérfido espejo deformante del alma ajena.

Calificación: Bueno.
Título original: Un enfant prodige (1927).
Traducción: Miguel Azaola.
Editorial: Alfaguara, Buenos Aires, 2009.
ISBN: 978-987-04-1254-0

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