Alondra y Termita, Jayne Anne Phillips

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Phillips

Hace un tiempo, en este blog, comentando “Noches insomnes”, de Elizabeth Hardwick, había recurrido a una frase de Jayne Anne Phillips: “Los secretos generan una tensión entre lo que se oculta y lo que se revela, el mismo estado vital en el que se mueve un escritor”. Para el caso del libro de Hardwick, la cita se acomodaba dentro de la necesidad de hallar la clave del gran relato, del relato macro de una cultura, en las expresiones mínimas, en las unidades mínimas de significación que podrían ser los gestos y los movimientos minúsculos de los hombres y las mujeres en la cotidianeidad. Para el caso de su propia novela, “Alondra y Termita” (finalista en Estados Unidos del National Book Award 2009), la frase ayuda a entender que el enfoque del relato no se produciría hacia un exterior, hacia un campo mayor, sino que se reduciría hasta lo ininteligible en el propio mundo de los personajes y no saldría de allí. Eso es lo que, en primera instancia, vuelve a esta novela un objeto denso y obsesionante.
No hay “una” historia en “Alondra y Termita”; o la hay en la reunión de los fragmentos, como suele suceder en los relatos dislocados, o que, como en este, funcionan con la alternancia propia de la diacronía: es decir, una parte de la historia centrada en las últimas horas de vida del cabo Robert Leavitt, luchando en la guerra de Corea en 1950, y la otra parte ambientada unos nueve años más tarde, en Winfield, West Virginia. Las consonancias entre un pasaje y otro son muy sutiles como para arriesgarse a revelarlas, pero la sola presencia de un túnel en ambas situaciones es una metáfora demasiado evidente para pasarla por alto. Los dos mundos se comunican a través de sus personajes, pero en un plano en el que el lenguaje sólo puede golpear con timidez.
Un posible inicio podría darse cuando el cabo Robert Leavitt conoce en un club nocturno cercano a su cuartel a una joven cantante de jazz: Lola. Al poco tiempo de afianzada la relación, Leavitt y Lola se casan, cuando transcurren también los primeros meses del embarazo de su hijo. Leavitt viaja a la base norteamericana en el Japón ocupado. Como es muy apto en el aprendizaje de idiomas, se le enseña coreano para que pueda tener un gran desempeño en la frontera entre las dos Coreas, socorriendo a los campesinos y descubriendo a los infiltrados. Leavitt dura muy poco. Es abatido por accidente en una emboscada que realizan sus propios compañeros. (Y acá convendría agregar, deteniendo el resumen del argumento, que la descripción de la muerte de Leavitt pone al lector en esa sensación radical e incómoda en la que se puede sentir uno fascinado con la belleza de la agonía. Si uno pensaba que ya había visto demasiados hermosos ejemplos de lucidez y contemplación previos a la muerte de un personaje en los clásicos y demás, habría que echarle un vistazo a la muerte de Leavitt). Lola recibe la noticia de que su esposo cayó en servicio, luego de haber dado a luz a un niño con autismo. El niño, sin embargo, vive muy poco tiempo junto a su madre y se va junto a su Noreen, su tía materna, en Winfield. Noreen, aparte de criarlo, debe continuar con la crianza de una hija de Lola perteneciente a una relación anterior: Alondra. Aquí empieza la parte de Alondra y Termita, que es como llaman al segundo hijo de Lola. Este resumen, cronológico, se cae a pedazos, en realidad, ante el orden propuesto en la novela, pero basta para comprender que en la unión fraternal de Alondra y Termita, cuando la hermana se hace cargo del niño, el relato inicia su vibración más emotiva. A partir de entonces el mundo de estos personajes y los que los rodean parece que podría dirigirse hacia alguna solución, o al menos a un determinado reconocimiento de actos que se han ocultado y que representan la “tensión” con la que cada individuo está ligado con su origen, con su razón de ser en el mundo. Pero, justamente, “parece”.
Jayne Anne Phillips ha sido comparada con William Faulkner y Carson McCullers a raíz de este libro. Y no es una comparación gratuita o de mercadeo. Si el monólogo interior de la adolescente Alondra recuerda la impostura ante el mundo de la protagonista de “Frankie y la boda”, de McCullers; el desarrollo torrencial, arrollador, con que se curva el relato cuando pasa a través del mundo interior de Termita es un eco del Faulkner de “El sonido y la furia” que no se amilana ante un precedente de este tipo. Y es que Phillips es una hija dilecta de la tradición gótica sureña, pero a un nivel atemperado, en el que la violencia en cualquiera de sus formas ha sido reemplazada por la capacidad de los personajes para darle mil formas al rechazo. No existe, tampoco, un impulso de conclusión mayor; la realidad, los días pasando unos tras otros, se termina transformando en una pura extrañeza que el lenguaje señala una vez y otra, ilustrando a los personajes de un modo tan singular que se vuelven tanto cercanos como lejanos al lector.

Leavitt trata de escuchar al niño, percibe cómo se acerca. Oye entonces el flujo de aire fresco por encima de ambos, un desplazamiento del aire bajo el techo cerrado del túnel, a unos diez metros o más de altura. El aire que respiran es un aire denso, impregnado de hedor, de miedo, pero el aire que recorre las piedras curvas en lo alto es claro, es límpido, es veloz. Leavitt lo oye desplazarse como si soplara el viento, como si rozase el agua rizándola. Cierra los ojos, los abre, no discierne la menor diferencia visual, pero nota que el niño ha cambiado de postura, aunque sigue acuclillado. Toca la cara de Leavitt y se aleja, se queda cerca, aguarda. Leavitt no ve nada, pero nota que el aire desplazado se mueve y se disgrega, espeso y viscoso como la miel removida con una cucharilla. Oye patrones sonoros, patrones moteados, claros. Es el sonido del arroyo que murmura bajo el terreno en que se hallan, del otro lado de la densa pared de roca. El agua suspira y cascabelea y atraviesa las piedras hasta la boca del otro lado del túnel. El niño no es un paksu, aunque tiene una concentración muy elevada, natural en un ciego. El niño tan sólo aguarda, como si Leavitt supiera lo que sabe él, como si oyera lo que él oye, dentro de la incapacidad de moverse, de hacer nada. De ser nada así, piensa Leavitt, de esta manera, dejarse sujetar y transportar, una conciencia luminosa y alerta que se mueve de un lado a otro, como una llama en un recipiente. O bien el niño se había movido y había circulado por su aldea, fiándose de la familiaridad de los demás, sin alejarse nunca de la chica, hasta el momento de la huida atropellada y la confusión de la guerra.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Lark and Termite (2009).
Traducción: Gabriela Bustelo y Gabriel Martínez-Laje.
Editorial: Duomo Ediciones, Barcelona, 2010.
ISBN: 978-84-92723-34-8

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Un comentario en “Alondra y Termita, Jayne Anne Phillips

  1. Excelente reseña, Damián, que me hace anotar a Jayne Anne Phillips entre los autores a seguir. Habría que hacer una lista, además, de los buenos / lindos / grandes libros que usan la fórmula “tal y tal” en el título. Ahora recuerdo “Pobby y Dingan”.
    Un abrazo.

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