Recorre los campos azules, Claire Keegan

Keegan
***

Este es el segundo libro de relatos de la irlandesa Claire Keegan. Hay aquí, con respecto a su primer libro, “Antártida”, una marcada insistencia en el retrato de la Irlanda rural de alrededor de los años 70 y 80, aunque en realidad las referencias temporales están intencionalmente elididas, de modo que no puede decirse realmente cuánto hace que ha pasado lo que se relata, y esto ayuda a generar un clima que si no llega a ser fantasmagórico o fabuloso, sí alcanza a adquirir un tono de tradición, de cuento de la abuela que vuelve a ser contado mientras se lo da vuelta del revés. La subversión de lo dado es una de las claras intenciones de Keegan, y aquel tono poético y tradicional es su marca de identidad, con la que consigue un cierto distanciamiento que por momentos se convierte casi en una mirada antropológica de sus sujetos y que en ocasiones impide la conexión emocional. Me refiero a que Keegan parece esperar (o, incluso, reclamar) una lectura en clave socio-crítica de muchos de sus relatos. Esta es una apuesta a la comprensión, proceso más elaborado que la empatía elemental e intuitiva.

Ya se ha vuelto prácticamente un lugar común hablar de personajes solitarios y aislados. En cierto modo, este tipo de personajes configuran por sí solos uno de los pilares de la literatura moderna, pero no son una masa indiferenciada: la soledad puede estar provocada por muchas causas. En “La larga y dolorosa muerte”, el primer relato, nos encontramos con una escritora de 39 años, soltera y sin hijos, que ha obtenido una beca de escritura por la cual se le permite ocupar durante dos semanas la antigua casa de Heinrich Böll, convertida en residencia de campo para creadores. En la apacible soledad de la escritora (que ha dedicado su primer día a recoger fucsias de los prados y a nadar desnuda en el mar), se inmiscuye la llamada telefónica de un profesor de literatura que desea visitar la casa de Böll. La obligación de recibir a este profesor, la intriga sobre cómo será, la necesidad de realizar ciertos preparativos, limitan la soledad perfecta de la escritora, enturbiándola. A esta altura del relato sabemos que la escritora viene de una frustración amorosa, un rompimiento distante, quizá, pero que todavía está tan fresco en su corazón como para que la estadía en la casa de Böll adquiera las características de una sanación. Al final, ninguna de los deseos y todos los temores en torno a la visita del profesor se ven confirmados. Se trata de un hombre mayor, taciturno, agresivo, que viene a cuestionar el legítimo derecho de la escritora a ocupar la casa de Böll. Es evidente que ha realizado esa tarea de control con cada uno de los huéspedes. Luego de una discusión que va subiendo de tono lentamente, el hombre acaba yéndose, airado: “¡Usted no sabe nada de Heinrich Böll!”. Las demás acusaciones del hombre llevan una fuerte dosis de machismo: “¡…usted viene a esta casa de Heinrich Böll y prepara tortas y se va a nadar sin ropa!”. El trance afecta profundamente a la escritora. Cuando al final se tranquiliza, piensa en la distancia que se había abierto entre lo que necesitaba y lo que al final había ocurrido: “Esa noche, lo único que había necesitado era lo que toda mujer a veces necesita: un cumplido… una mentira descarada habría bastado”. Una mentira como alivio al dolor provocado por otras mentiras. El cuento acaba con una larga sesión nocturna de escritura en la que la mujer convierte a su visitante en un personaje y lo provee de una severa dolencia que lo lleva a la muerte. Venganza sublimada, pero también ensimismada. Si el alivio no viene de afuera, de ningún gesto amable, vendrá del interior, de una mentira catártica, del arte.

En “El regalo de despedida” la menor de los tres hijos de un matrimonio está a punto de partir para estudiar en los Estados Unidos. Todos es amargo en la voz del narrador en segunda persona que le habla a la protagonista desde el lugar de una conciencia desdoblada. Pronto comprendemos que la hija sustituyó a la madre en las “visitas” mensuales al dormitorio paterno. Las visitas se repitieron con puntualidad hasta el día en que llegó el desarrollo sexual de la hija que ahora está a punto de, finalmente, ser libre. El acierto mayor de este breve relato está en la forma que tiene la culpa de distribuirse. ¿Podemos considerar inocentes a los padres que permitían que sus hijos e hijas subieran al barco que los iba a llevar hasta el Minotauro? Hay algo de eso aquí. Si en el mito minoico lo que eximía de responsabilidad a los tributantes era la amenaza de un horror mayor (la muerte de unos pocos parecía un precio justo a cambio de mantener la paz con Creta); en el cuento de Keegan esa fuerza incuestionable, y que por incuestionable quita la culpa del que la obedece, es la tradición de la autoridad patriarcal. Cuando los tiempos cambian, el padre se vuelve anciano y su autoridad tambalea, los que mansamente respetaron el antiguo sistema son puestos frente a la verdad que estaba tras la ilusión: siempre pudieron elegir. Esto provoca más culpa que rencor y no es fácil de asumir, es una deuda demasiado grande para ser reconocida de un solo golpe. Y, sin embargo, debe haber alguna señal, algún gesto de insubordinación. En “El regalo de despedida” funciona de este modo. La hija sube por última vez, a despedirse del padre. Cuando baja, se produce la siguiente escena:

-Espero que te haya dado dinero –dice tu madre.
-Me dio –dices.
¿Cuánto te dio?
-Cien libras.
Dice que se le rompe el corazón.
-Su propia hija, la última de ustedes y ni siquiera se levantó de la cama, y tú, yéndote a los Estados Unidos. ¡Con qué gran hijo de puta me casé!

La mujer se permite una transgresión menor, la de insultar a su marido por su avaricia, que es una forma indirecta de objetar su derecho a la autoridad. Pensemos en una sociedad en la que las mujeres no acceden a la propiedad de la tierra, que no poseen independencia económica y no reciben un salario aunque trabajen a la par de sus maridos, que son, en realidad, sus señores: “esta es mi tierra, mi casa y mi comida”. De ese laberinto se escapa la hija, del intrincado sistema de señoríos y servidumbres que afecta a toda casa que se encuentre sobre esos “campos azules” del título. Pero es tarde para su madre, quien apenas alcanza a entrever, por las resquebrajaduras del viejo orden, su trágica complicidad con el sistema que la victimizó y no puede hacer otra cosa que permanecer en él, haciendo como que no ha visto nada.

Volvamos a la soledad de la que hablábamos al comienzo. La soledad de las mujeres de Keegan es la soledad de los objetos. Ellas son, para sus hombres, algo que hace falta para que la casa y la tierra estén completas (ver especialmente “La hija del leñador”). El amor, si ocurre, ocurre luego de la necesidad. Una vez que las cosas están así, hay dos caminos: el primero es el de la madre de la protagonista en “El regalo de despedida”, apropiarse de las reglas, participar de ellas volviéndose sirviente de la autoridad, entregándole a la autoridad una parte de sí misma, aceptar la soledad, construir en ella la mejor vida que se pueda. El segundo, es romper con decisión el molde que se espera que uno ocupe. Es lo que ha hecho la escritora del primer relato o la Margaret Flusk del último (“La noche de los serbales”). Es lo que no ha podido hacer Brady (de “Caballos oscuros”). Ahí se concentra toda la tensión del libro, en la capacidad de sus personajes de rehuir o buscar una libertad que no promete paz, amor o compañía, una libertad que a veces arde hasta consumirlo todo.

Ahora, el chino le manipula las manos, tirando de ellas desde las muñecas hasta que el sacerdote tiene la sensación de que se les van a romper. Le levanta la cabeza, describiendo círculos que se hacen cada vez más amplios. A ambos lados de su cabeza hay rodillas. El chino arrastra algo desde la base de su columna, desde el huesito dulce subiendo por todo el cuerpo. Hay algo duro que no quiere moverse, pero a las manos no les importa. Antes de estar listo, el sacerdote siente que algo dentro de él se dobla y retrocede, del mismo modo que el agua se repliega y retrocede en la costa antes de formar otra ola…

Calificación: buena.
Título original: Walk the blue fields (2007)
Traducción: Jorge Fondebrider.
Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires, 2011.
ISBN: 978-987-24266-6-8

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2 comentarios en “Recorre los campos azules, Claire Keegan

  1. hola! Muy buena la reseña, devela algunas de las claves de la literatura de Keegan en relación a sus personajes y las atmósferas que crea. Por ahora leí Antártida, pero por tu reseña veo que hay ciertas constantes en su escritura, una interesante marca autoral.
    saludos!

  2. Hola, Andrea! Gracias por el comentario. Yo leí Antártida, también (hay una reseña acá de ese libro) y me gustó más que este. Me pareció más fuerte o más redondo, creo. Capaz que en un tiempo le entro a la novela que editó Eterna Cadencia: Tres luces.
    Saludos para vos!

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