¡Tierra, Tierra!, Sándor Márai

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Márai

A Márai, después de que se confesara burgués en su anterior libro autobiográfico, lo encontramos en la Hungría asolada por la segunda guerra, idos los alemanes y llegados los rusos.  Es una sociedad asolada, con la consiguiente escasez y el florecimiento de las miserias humanas. El autor narra en primera persona los años que pasaron desde el momento en que ve el primer soldado ruso hasta que el último funcionario soviético le sella el pasaporte  con el que sale definitivamente del país en 1948. En el transcurso del libro, se asiste al desembarco de los invasores en un territorio cuyo valor es puramente geopolítico para un impulso imperialista y apegado a un libreto inamovible. Vamos viendo cómo los rusos, tranquilos y sonrientes, acampan en las casas de la gente y las desvalijan sin inmutarse.

Los demás se habían acostado ya. Yo me preparé un café y estuve sentado solo, hasta el alba, en la habitación a oscuras, delante de una estufa cuyo fuego se consumía poco a poco. Me acuerdo perfectamente de aquella noche, con más nitidez y fuerza que de otras muchas cosas que ocurrieron más adelante. Algo se había acabado, una situación imposible había desembocado en otra situación nueva, igualmente peligrosa pero totalmente distinta. El soldado ruso que ese día había llegado a mi vida era obviamente algo más que un simple muchacho eslavo de cara rojiza, nacido en algún lugar cercano al río Volga… Me di cuenta de que ese soldado ruso no solamente había llegado a mi vida con todas las consecuencias que eso tendría, sino también a la vida de toda Europa. De Yalta todavía no sabíamos ni que existiese. Lo que sabíamos se resumía en hechos: los rusos habían llegado, los alemanes se habían ido, la guerra terminaría pronto, eso era cuanto yo comprendía de lo que había sucedido.

Varios capítulos se ocupan de ir contando la relación con los ocupantes, que se muestran curiosamente reverentes al escuchar la palabra “escritor” que usa Márai para presentarse. Esto da pie para el análisis de cuál es la posición de los escritores en la Rusia soviética y, por ende, de la estructura de ese sistema que destaca o hunde a los intelectuales según su conveniencia, como se sabe, sin reparar en métodos ni construcciones tales como nuestros actualmente populares “derechos humanos”.

Está claro en todo momento que Márai es, antes que cualquier otra cosa, escritor. Y lo es dentro del preciso límite de los diez millones de hablantes magiares de la época, cuya falta de parentesco lingüístico con casi nadie los sitúa en una suerte de endogamia solitaria. Los escritores húngaros, entonces, representan un pulmón que hace latir las palabras, hurgando en la tradición literaria, dedicándose a la crónica diaria o traduciendo obsesivamente las obras universales. Ya desde el libro anterior se ve que se trata de una sociedad muy atenta a la literatura, algo que cuaja narrativamente en el momento, ya cercano a la partida, en el que Márai le muestra a un dignatario extranjero que está de visita algunos restos de su colección, donde figura la obra completa de Shakespeare traducida al magiar y herida de bala.

A medida que el tiempo y el libro avanzan, también lo hace el cuidadoso plan de los comunistas. Estos se encargan de ir desmontando pieza a pieza el entramado social del país, valiéndose, claro está, de la fuerza, pero también de los infaltables alcahuetes locales, quienes son retratados como unos seres mínimos, mediocres y descartables. La maquinaria está fundamentada en lo que Márai considera una idea inhumana con cien años de edad llevada a cabo por estúpidos o seres ávidos de poder. El aparato invasor va quemando etapas en su conquista, implantando coercitivamente su modelo a pasos mucho más acelerados que en Rusia. Y, abruptamente, las fábricas son confiscadas, la gente es encarcelada o debe huir y todo se encuentra bajo un control totalitario. Por supuesto, también los intelectuales y en particular los escritores, que deben adherir o callar. Pero lo más claustrofóbico de todo, lo más alienante, es que, según la perspectiva de Márai, tampoco se podía callar libremente, mucho menos cuando se pertenecía de modo manifiesto a una clase social que era el blanco predilecto de la propaganda comunista. Así, no podía quedarle otra alternativa que irse del país. Y eso significaba, indefectiblemente, el abandono de la patria del escritor, que es su lengua. Algo bastante equiparable a una amputación mortal.

La escritura, pese a lo trágico de los hechos narrados, es fluida, elegante, equilibrada, irrefutable. El estilo es de la simpleza que solo logran los grandes conocedores de su tema –Europa, Hungría, los escritores húngaros y su literatura- y de los lectores. El libro, además de adictivo es, y conste que detesto el uso indiscriminado de la palabra, inspirador.

En mi soledad, en medio de una vida de hereje retirado en su cueva, esos excelentes escritores olvidados que no habían tenido ningún éxito me brindaron un regalo muy valioso para mi viaje. A través de sus obras fui capaz de ver lo que perdía si me iba, y de una manera mucho más auténtica que con las obras maestras de los contemporáneos, que al fin y al cabo también se pueden encontrar en el extranjero. En el trasfondo, entre los miembros ya desaparecidos y ocultos de esa “segunda fila”, brillaba centelleante la verdadera grandeza de la literatura húngara: la ambición de esos escritores, en medio de una época desprovista de aspiraciones, resultaba realmente heroica. Yo iba recogiendo las pruebas de esas ambiciones, de esas exigencias. Eso era lo que quería llevarme al extranjero en forma de recuerdos sobre mis lecturas. Debía darme prisa porque el Partido también se la estaba dando. Los comunistas hacían todo lo posible para condicionar la opinión pública literaria, para aniquilar todo lo que en la conciencia y la memoria de los escritores y los lectores pudiera recordar las ambiciones y las exigencias del pasado reciente, o sea, el llamado “legado burgués”. No querían oír lo que pensaba el escritor, sino lo que pensaba el Partido. No sabían o no querían saber que el artista –también el escritor, si es un verdadero artista- no puede ser más que un aristócrata, y que ese aristócrata no es ningún “elemento asocial”, porque tiene un papel que asume y cumple… El escritor que callaba –que había escogido la “resistencia” silenciosa- acabó por comprender que lo estaban tratando como la Inquisición trataba a los herejes. Fue entonces cuando los comunistas decidieron demoler “los monumentos del pasado”: se empeñaron en hacer desaparecer todo lo que pudiera recordar a los húngaros su pasado burgués. Y un “monumento del pasado” era, para los comunistas, la literatura húngara de raíces burguesas.

Calificación: excelente

Título original: Föld, Föld!

Traducción del húngaro: Judit Xantus Szarvas, con la colaboración de Magyar Könyv Alapítvány (Fundación Húngara del Libro)

Salamandra, Barcelona, 2006, 446 págs.

ISBN: 84-9838-000-6

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4 comentarios en “¡Tierra, Tierra!, Sándor Márai

  1. Hace tiempo que quiero leer a Marai y no sabía por donde empezar.
    Después de leer tu reseña descubrí que éste es el libro. Mi abuelo (húngaro) también huyó de aquella Hungría desmembrada en los tiempos de la post guerra y quizás en esta lectura encuentre un poco de lo que estoy buscando, armar el rompecabezas de una historia que sigue siendo un enigma para mí en muchos aspectos.
    Gracias! lo voy a buscar…

    Abrazos!

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