Ex hombres, Máximo Gorki

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Gorki

Hay una pequeña ciudad en la falda de una colina. En la parte alta de la ciudad están las grandes casas de piedra y las torres de las iglesias. En la parte baja están los barrios de los trabajadores, muchos de ellos mujiks (campesinos) sin tierra, llegados a la ciudad para trabajar como estibadores en el puerto ribereño o para ocupar un puesto en alguna de las incipientes industrias. En el barrio más bajo (el que recibe, junto al agua de lluvia, toda la basura de la ciudad en sus calles) la última casa es el ruinoso albergue regenteado por el ex capitán de Caballería, Arístides Fomich Kuvalda. Allí, por dos kopeks la noche, un grivenike a la semana o tres grivenikes al mes, Kuvalda da hospedaje (una cama inmunda en un cuarto destartalado) a indigentes. La casa es propiedad del comerciante Judas Petunnikof, quien a su vez se la arrienda a Kuvalda por la usurera suma de cinco rublos. Es en esta casa siempre a punto de caer donde vive el grupo de ex hombres. El término es invención del propio Kuvalda. El variado conjunto de infelices se conforma así: Simsov, un ex guarda rural; Martianof, un ex inspector de cárceles, violento y apostador empedernido; Lontsef (apodado el Escamocho), vendedor de escobas y cepillos; Kiselnikof, flaco y alto sujeto apodado Tarass y medio por ser medio cuerpo más alto que su inseparable amigo, el diácono Tarass; e encorvado anciano Tiapa, un antiguo mujik. Para completar el grupo hay que mencionar al protagonista en segundo plano del relato, un melancólico ex maestro de escuela caído en desgracia, y por último, un jovencito aparecido de la nada y al que Kuvalda apoda, precisamente por eso, Meteoro. Veamos la siguiente escena:

-¿Qué haces aquí, muchacho? ¿Quién eres?
El mozo respondió con descaro:
-¿Yo? Un golfo.
-Eres un imbécil –exclamó Arístides Kuvalda-. ¿Qué te propones viniendo aquí? Para nada nos sirves. ¿Bebes aguardiente?
-No.
-¿Sabes robar?
-Todavía no.
-Aprende todo eso y ven cuando seas un hombre. ¡Largo de aquí!
El muchacho soltó la risa.
-No quiero. Me gusta quedarme.
-¿Por qué?
-Porque sí.
-¡Vaya un meteoro! –dijo el capitán.
-Voy a romperle de un puñetazo las muelas –añadió Martianof.
-¿Y por qué? –preguntó el mozalbete.
-Porque sí.
-Yo le abriré la cabeza de una pedrada si me toca –dijo el muchacho respetuosamente.
Martianof quería pegarle, pero Kuvalda se interpuso.
-Déjale; después de todo, es algo tuyo, porque piensa como tú, hermano, y como todos nosotros. Tú, sin motivo justificado, quieres saltarle las muelas; y él, sin motivo que lo justifique, se propone vivir entre nosotros. Que lo aproveche. Nosotros vivimos también sin objeto. ¿Por qué vivimos? Porque sí. ¿Quiere imitarnos? Que haga lo que le parezca.
-Pero que no se eche tan encima; que se quede a cierta distancia –objetó el maestro, contemplando al mozalbete con ojos tristes.

Esa es la escena. De ella hay que decir un par de cosas. La primera es que luego de esta introducción Meteoro se convierte en un personaje prácticamente invisible, al que se nombra apenas de forma lateral en dos o tres ocasiones. No hace falta demasiada perspicacia para entender que Meteoro es el verdadero testigo de la historia, y lo que Meteoro ve, Gorki lo ha visto, pues en el final de Mi infancia, contaba que luego de la muerte de su madre, su abuelo le había dicho estas palabras: “tú no eres ninguna medalla para que yo te lleve colgado del cuello; ese no es tu sitio; anda, vete por el mundo a ganarte el pan”. De modo que cuando se habla de Gorki como del escritor de los desposeídos, sería incorrecto pensarlo en términos de un artista que concienzudamente busca y encuentra un tema y un ambiente en el que poder desarrollar su talento, cuando lo que verdadero es que la experiencia la que ha forjado las palabras y la necesidad de usarlas en una dirección y no en otras. En Gorki, más allá de sus convicciones y compromisos políticos, de su acérrima militancia, lo que se vuelve evidente es la voluntad de poner el talento a la altura de la vitalidad de sus vivencias.

El segundo aspecto a destacar se encuentra en la frase del maestro: “Pero que no se eche tan encima; que se quede a cierta distancia”. ¿Por qué lo dice? ¿Por qué le molesta la presencia del muchacho entre ellos? El recelo que siente el maestro no es hacia Meteoro, sino hacia lo que el grupo de ex hombres pueden hacer con él. No hay aquí una amenaza física, pues las riñas entre ellos nunca van más allá de unos cuantos golpes, sino una amenaza simbólica. Meteoro es un joven, ni siquiera es todavía un hombre, y su lugar no está entre los que ya han dejado de serlo. El único aprendizaje que puede obtener de ellos es uno negativo, a cómo no ser un hombre, a cómo salirse discretamente de la vida, él, que ni siquiera ha entrado en ella. El maestro ha llegado a un punto de su propia existencia malograda en la que, antes que pensar en el bien que puede brindarle a otros (aunque en el relato, de hecho, sea la única fuente de beneficios hacia los demás) piensa en el mal que puede ahorrarles.

Más allá de los detalles argumentales del relato (que gira alrededor del enfrentamiento entre Kuvalda y el comerciante), la pregunta que sobrevuela el texto es de índole existencial. Hermanados no por lo que tienen, sino por lo que han perdido, son los unos para los otros una cabeza en la que descargar la furia o unos puños contra los que romperse las propias narices, triste compañía en la tristeza. Entonces, ¿qué fuerza les ha arrancado a estos hombres su humanidad? Y como respuesta se quedan cortos los alegatos antisemitas de Kuvalda contra Petunnikof, que es una prototípica representación del comerciante judío, pues la pobreza no explica el envilecimiento. Kuvalda, situado en una zona de pretendida apatía práctica, tiene la sutileza de un hacha:

-Yo he fracasado por amor a la vida. ¿Lo entiendes, idiota? Yo admiro la vida, mientras el comerciante la empobrece. Por eso lo odio, y no por mi nobleza. Y has de saber que tampoco soy noble; sencillamente soy un ex hombre, perdí mi condición de hombre. Ahora me río de todo y de todos, y la vida, para mí, es como una querida que me hubiese abandonado. Por eso la desprecio ya, y la miro con tanta indiferencia.

Kuvalda se ha convertido, antes que nada, en esto: una síntesis de desprecio, odio e indiferencia. Y esto nos lleva de nuevo a la pregunta, ¿cómo se ha producido la pérdida (o la trasmutación) de aquello que los convertía en hombres? En “Ex hombres” las circunstancias políticas que ponen en marcha la maquinaria económica condicionan a los individuos, los empujan, los llevan a sus propios límites. Una vez allí, es el resto de dignidad al que cada individuo puede apelar el que puede impedir que, aún en la miseria, se vuelva miserable. De modo que el amor a la vida proclamado por Kuvalda fue un sentimiento egoísta, que una vez fracasado se convirtió en rencor y desprecio; pero el amor que podemos intuir en el maestro fue, en cambio, generoso, y su derrumbamiento no trajo odio, sino una nostalgia abatida, una pena todavía digna y humana.

El segundo relato, que completa el volumen, es “Malva”. Allí se cuenta la historia de Vasily, un campesino que abandonó hace cinco años la aldea, dejando allí a su mujer y su hijo, para trabajar como guardián para un comerciante pesquero en una península. Lejos del duro trabajo agrícola, Vasily vive plácidamente, olvidado de sus obligaciones filiales, y recibe todos los domingos la visita de una bella muchacha, la Malva que da título al relato. Cuando el hijo de Vasily, Jacobo, llega a la península con intenciones de trabajar como pescador y comienza a interponerse entre Vasily y Malva con sus propios galanteos y requerimientos, el conflicto padre-hijo sube rápidamente de temperatura, calentado por los devaneos imprevistos de la propia Malva y las maquinaciones de Serechka, un enorme pescador aparentemente bruto, pero de gran perspicacia.

En este texto puede verse con claridad que las objeciones que Chéjov le hizo a Gorki en una de sus cartas acerca de sus descripciones de ambientes y paisajes, tenían razón de ser. “Malva” sería un relato mucho más poderoso y directo si Gorki hubiera dejado de lado algunos de sus pasajes “escenográficos”. Por otro lado, Gorki acierta de lleno en la creación de personajes y en sus relaciones. El logro principal es el esquivo carácter de Malva, una mujer profundamente moderna, del todo fuera de su época e incomprensible para Vasily y Jacobo, aunque no tanto para Serechka, que ha visto más mundo.

-¿Está loca Malva? –preguntó Vasily con un brillo siniestro en los ojos.
-Sí.
-¿Desde cuándo?
-Lo ha estado siempre. Su alma no corresponde a su cuerpo. ¿Comprendes esto, hermano Vasia?
-Lo comprendo: tiene un alma vil.
Serechka lo miró de reojo y lanzó una exclamación de desprecio.
-¡Vil! No comprendéis nada de la vida, destripaterrones estúpido. En una mujer, no buscáis más que una cosa: buenos pechos… Su carácter os tiene sin cuidado. Y, sin embargo, el carácter es el color del ser humano. Una mujer sin carácter es como el pan sin sal o como una balalaika sin cuerdas.

Lo que vuelve loco a Vasily, lo mismo que Serechka comprende con deleite, es que Malva no es una mujer para ser poseída, un objeto que se consigue para que ocupe un lugar funcional en la vida de un hombre. Es la libertad, la autodeterminación que vuelve a Malva un individuo y la separa de la masa indiferenciada de mujeres que él ha conocido, lo que Vasily confunde con locura. La desea como objeto, pero la teme como a ningún otro objeto, pues ella ha mostrado poseer algo inconcebible que la iguala a los hombres: una voluntad.

Calificación: muy bueno.
Título original: Бывшие люди (1897)
Traducción: —
Ediciones El Buen Lector, Buenos Aires, 1969.

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