Mrs. Caldwell habla con su hijo, Camilo José Cela

***
Cela

En el prólogo de este libro su autor declara que nadie sino sus críticos más acérrimos, aquellos con los que las desavenencias fueron más ostensibles, fueron los que alentaron su exploración formal en el campo de la novela. Tras “La familia de Pascual Duarte”, Camilo José Cela desarrolló una técnica particular para narrar, y las críticas que recayeron sobre esa forma en los primeros tiempos, fueron las que, sin entender que se trataba de una “obra malograda”, lo determinaron a estar siempre a un paso por delante de sus críticos. Otro tanto ocurrió con “Pabellón de reposo” y años después con la célebre “La colmena”. Cuando el horizonte de expectativa sobre su obra estaba puesto en determinados detalles, él, Cela, ya no estaba allí. “(…) cuando el escritor rompe a escribir lo que quieren los demás, empieza a dejar de serlo”, asegura. Con su quinta novela, “Mrs. Caldwell habla con su hijo”, publicada en 1953, Cela incursiona en una quinta técnica de novelar.
Esta novela es en cierto modo una novela que refleja las inquietudes de la época acerca de lo que tenía que representar la novela y en qué forma representarlo. Es, hilando más fino, una serie de soliloquios en forma de epístolas nunca remitidas, una mescolanza de desvaríos razonados, desafueros, visiones, sueños, tormentos y deseos de una mujer que se ha quedado sola en la vida, una mujer que ha perdido en un naufragio a su único hijo, el Eliacim a quien van dirigidas las líneas. Se trata de doscientos doce breves capítulos en los que la soledad encuentra su acomodo en el discurso de la vesania. Cela da de forma notable con una voz que, primero, es femenina en sus detalles, en su visión del mundo y de lo minúsculo, y, en segundo término, representa una cultura. Mrs. Caldwell es, como la madre del autor (Mrs. Trulock), una verdadera dama inglesa heredera o representante, quizás, de la moral eduardiana. Difícil es para el lector de estas páginas juzgar qué tanto hay de anodino y cuánto de sutil en estas largas series de cartas hacia el hijo muerto. Los comentarios que Mrs. Caldwell envía a su hijo resumen las noticias más insignificantes de los diarios o los chismes del pueblo o del balneario. En cierto modo, esa cotidianeidad banal es o funciona como la clave del acercamiento mismo con el hijo: hablar de temas que se podrían tocar como si él estuviera aquí y ahora. Por eso esta novela no recae en lo presumible para el caso: largas parrafadas de lamentos tirando a abstractos sobre la vida, la muerte, la soledad, etc. Eso está, pero es en lo anodino donde el libro logra conmover. La soledad, el desvarío de la narradora recae sobre los detalles simples de cada día, sobre los objetos más inesperados de la casa o sobre los actos más desapercibidos, y mediante su discurso los cambia, los vuelve otra cosa diferente, una manera nueva de ver el mundo, un modo en el que el mundo, en el dolor, es otro; un mundo en el que la madre reclama la presencia del hijo a veces con un deseo descontrolado que violenta las convenciones. “Mrs. Calwell habla con su hijo”, es un libro espinoso en el mejor sentido del término, una obra en la que a la vuelta de página puede encontrarse uno con una revelación del mundo inusitada.

No lo quise apagar, hijo mío, para que no se desatase sobre nosotros, sobre ti y sobre mí, la ira de los dioses.
El niño encendido, Eliacim, rodeado de gritos, corría por el campo encendiendo las mieses y por el monte encendiendo los bosques. El niño encendido, Eliacim, que llevaba el gozo pintado en la cara con indelebles colores, corría por la ribera encendiendo los barcos y por las granjas encendiendo el atónito ganado. El niño encendido, Eliacim, que se llamaba Toby y se vestía de llamas, corría perseguido desesperadamente por las mujeres que querían apagarlo contra su corazón sin temor alguno de la ira de los dioses.
Fue un espectáculo imborrable, Eliacim, el del niño encendido. Me desperté sobresaltada, hijo mío, e intenté, por todos los medios, tranquilizarme, pero su recuerdo me volvía, una y otra vez, en cuanto cerraba los ojos.
Tú, entre la multitud, vestido de uniforme y siempre guapo aunque quizá ligeramente más viejo, estabas pasmado de estupor. El niño encendido, anunciándolo con un silbido intensísimo, daba piruetas en el aire, hasta más allá de las nubes, incendiando los pájaros y los ángeles. Fue, ya te digo, algo que no podré olvidar jamás. Pero, ¡qué tonta soy!, ¿para qué te explico nada si estabas tú allí, entre la multitud, vestido de uniforme y siempre guapo, aunque quizás algo más viejo, pasmado de estupor?
A veces, hijo, tengo unos lapsus imperdonables; sí, Eliacim, no nos engañemos, yo ya no soy la que fui.

Calificación: Bueno.
Editorial: Destino, Barcelona, 1979.
ISBN: 84-233-0991-6

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