El miedo es el mensaje, Sandino Núñez

Image
Núñez
Image
*****

Se podría comparar a Sandino Núñez, no sin acierto, con el filósofo esloveno Slavoj Zizek.  Ambos tienen una fuerte raigambre humanista y racionalista, de izquierda, y se muestran bastante desencantados con la filosofía del giro lingüístico. Rorty, en “Contingencia, ironía y solidaridad”, ha manifestado su acercamiento a la idea romántica de que “la verdad es algo que se hace, más que algo que se encuentra”. El esloveno y el uruguayo saben que hay una verdad que se encuentra allá afuera, no hecha ni creada por nosotros, pero accesible, sí, mediante el aparato transferencial, el lenguaje simbólico, la construcción de sentido.
¿En qué difieren estos dos filósofos, entonces? ¿Quién ejerce, para ellos, el poder en las democracias mediáticas? Ambas opiniones divergen en este punto: Zizek habla de la Ideología, como si fuera una manta invisible que cubriera todo lo que existe y que no pudiéramos quitar(nos), y que se obstinara en la estructura psíquica. Sandino no parece aceptar que en la sociedad actual haya algo así como una ideología imperante, dado que el concepto de ideología necesita una trama discursiva, un telón de fondo que organice y piense la lógica cultural del mercado.

Sandino, más bien, parece considerar que el mero azar y la entropía con la que se establecen los vínculos horizontales y territoriales proceden, por sí mismos, a persuadir a la sociedad a ingresar en el pantanoso juego mercantil. Como el aroma que sale del queso parmesano y que llega a las narices de Jerry, haciéndolo flotar en un estado de somnolencia, de puro Ello; como las cosas m (logotipos y propagandas de Movistar o McDonald´s, por ejemplo), y su simple existencia gelatinosa, pegajosa y obscena; la lógica cultural del mercado no convence, no tiene un discurso convocatorio (no es, por tanto, “ideología”, estrictamente hablando); simplemente fascina, encandila, atrae, imanta, enceguece, estimula los sentidos. En ese sentido, Núñez establece que las democracias mediáticas están muy alejadas de la Política. No hay Política en el Uruguay del siglo XXI (entendiendo “Política” como Ley, logos, discurso, idea, metáfora, sentido); solo hay democracia mediática y su aliado más acérrimo: la lógica cultural del mercado.

Este ensayo está estructurado en tres secciones, a su vez divididos en una serie de artículos breves que, poco a poco, van agregando nociones, ejemplos y giros filosóficos para comprender el gran tópico que, justamente, los congrega en dichas secciones.

“El imperativo de la comunicación” es la primera sección. En ella se explica cómo la lógica cultural del mercado de la democracia mediática nos conmina a comunicarnos, por el simple hecho de hacerlo, porque hay que hacerlo. Sin importar si uno tiene algo importante para decir o si está capacitado para hacerlo, lo hará: con un discurso directo, hipersincero, hiperrealista, sin sentido, donde todo entra en el terreno de lo opinable: los conductores de televisión proponen, con el mismo rostro impasible y de emoticón, un modelo de vestidos a la moda, una receta de cocina y el debate sobre la pena de muerte. Y esta democracia mediática, donde no hay sentidos ni lenguaje, sino mera comunicación infértil, es la fuente de la lógica cultural del mercado.

El sentido es el contravalor de la comunicación. El sentido es universal y la comunicación es global. El sentido siempre es político; la comunicación, económica. El mercado es la consagración de los objetos como circulación pura. La comunicación es la consagración de los signos como circulación pura. La publicidad es la evolución y la síntesis exponencial de ambos fetiches en una única forma gloriosa de arte estésico: una forma brillante, superior al objeto y a la palabra. La publicidad es el gran mundo de los objetos a minúscula: palabras-objeto, objetos que penetran en el lenguaje y lo vacían, objetos que son palabras y palabras que son objetos o fuerzas o acciones o sensaciones o intensidades. Comunicación entonces es un mundo sin sentido –quiero decir: sin necesidad ni voluntad ni deseo de sentido.
(Extraído de “Economía comunicativa y política del sentido”).

El segundo apartado se llama “Tribus y manadas: la sociedad etológica”. Allí se traza un mapa territorial en el que desfilan toda clase de grupúsculos sociales, aullando permanentemente en pos de su diferencia, su diversidad, su derecho a que no se los confunda con el Otro (siempre un Otro radical). Y con el discurso de la diversidad de fondo, el proyecto humanista de educación y de búsqueda de La Verdad se destroza definitivamente:

En la sociedad etológica la idea de intervenir en la escena social en nombre de una Razón o de un Saber Universal cae en desuso, se olvida o se desprestigia como parte del síndrome de inmoralidad mesiánica del viejo humanismo civilizatorio o de la vieja izquierda. Ahora simplemente se observa, se releva, se describe, se clasifica: darkies, planchas, emos, neonazis, góticos, vamps, punks, chetos, rolingas, villeros, cuarteteros, skinheads. La razón taxonómica naturalista le gana la partida a la ratio studiorum humanista ignaciana.(Extraído de “La sociedad etológica”).

El tercero y último se denomina “Epílogo: psico y socio: modelos y ficciones”, y en él se desmantelan los distintos aparatos que operan en las sociedades modernas. Distingue claramente un aparato territorial y un aparato transferencial: en el primero se encontrarían los dispositivos disciplinantes que ya había denunciado Foucault, como militares, policías o médicos. En el segundo, están los educadores, los intelectuales, los políticos.
Reconoce, además, la presencia y el funcionamiento de estos aparatos, por ejemplo, en la saga de Tom y Jerry o en la película “The silence of the lambs”.

Es una máquina compuesta por dos piezas –la máquina de goce (Jerry-aroma) y la amenaza (Tom-martillo)– y provista de una mecánica extremadamente sencilla: el ratón (siempre son muchos ratones: la manada) quiere gozar (seguir gozando) y el gato quiere quebrar esa atmósfera, pero ambos polos son perfectamente solidarios y exponenciales. De un lado el vector perverso: el cuerpo goza porque se lo prohíben y más goza cuanto más se lo prohíben. Del otro, el vector paranoico: mayor la amenaza y la furia de la prohibición o del castigo a mayores montos de goce. Ambos, el ratón perverso y el gato paranoico, son compulsivos, tienden a repetir la misma escena al infinito. La máquina territorial violenta es una máquina panóptica, vigilante: el gato observa, mide, calcula, describe a otro siempre hostil, potencial enemigo o adversario: lo individualiza, lo investiga, debe conocerlo, impedir el goce, prever su próximo golpe, disciplinarlo. El gato es un naturalista, un ingeniero, un etólogo, y el ratón-manada reproduce defensivamente su mirada técnico-militar: hay que conocer los hábitos del vigilante, saber cuándo duerme, cuándo se distrae, cuándo se cansa o siente hambre, hay que tener un mapa del lugar, calcular las distancias, saber a qué velocidad correr para no ser interceptado, coordinar los roles de los distintos individuos de la manada (uno distrae al vigilante, tres abren la puerta de la heladera, otro roba queso).
(Extraído de “modelo TJ”).

Como comentario final, cabe aclarar que el libro, a diferencia de cualquier otro ensayo o manual de filosofía, se lee con un ritmo narrativo sumamente ágil, inusitado para el género, sin por eso ir el autor en detrimento de la solidez y densidad (sí, hay que decirlo: densidad) conceptual.

Calificación: Excelente.
Editorial: Amuleto, Montevideo, 2009 (3ra edición).
ISBN: 978-9974-8152-3-0

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s