Entre mujeres solas, Cesare Pavese

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Pavese

Pavese fue unos de esos intelectuales que de verdad vivió en conflicto con su sociedad. El fascismo lo había devastado moralmente, y la sensibilidad de posguerra, sumada a sus problemas personales, lo cansó: se suicidó en un hotel de Torino en agosto de 1950. Un año antes había dado a conocer “Entre mujeres solas”, una novela que redactó en el lapso de un par de meses y que vendría a completar un tríptico conocido como “El bello verano”, integrado además por la novela homónima (1949) y “El diablo en las colinas” (1948).
El argumento es el siguiente: Clelia, una diseñadora de poco más de treinta años de edad, regresa desde Roma a su Torino natal para hacerse cargo de la apertura de una sucursal de su empresa. El regreso a Torino implica para la narradora algo más que un trabajo. Es allí donde transcurrieron sus años de formación, en las condiciones duras que le impuso la pobreza. La vuelta implica un valor agregado: el reconocimiento de que se ha labrado un presente exitoso desde la nada, tan sólo con el esfuerzo de su trabajo, sin que nadie le regalase nada. Recorrer Torino es en cierto modo identificar el sacrificio de todos aquellos años por abrirse paso en la vida… Mientras discute con los diseñadores o los albañiles encargados de poner a punto el nuevo local, Clelia alterna con algunos integrantes de la alta sociedad de la ciudad; nada firme, hasta que un acontecimiento, el intento de suicidio de una joven en una habitación cercana a la suya, la conecta con un sector más amplio de esa clase social. Clelia amplía sus relaciones, frecuenta salones, visita el estudio de un pintor que organiza la bohemia de esos jóvenes, etc. Un tema importante para estas páginas se erige apenas Clelia conoce a Rosetta (la suicida), Momina o Mariella: la diferencia entre el “qué” o el “quién”, o, dicho de otro modo, la distinción entre aquellas personas que tienen una “virtud”, son capaces de abrirse paso en el mundo por sus propios méritos, y aquellas personas que imponen cierta “fuerza de la sangre” pese a su inoperancia. No es algo novedoso si se piensa que se trata de una sociedad en crisis, y que en toda sociedad en crisis una clase lucha por mantener su status. Pero en esta novela, ese detalle, esa idea, es la que define el relacionamiento entre Clelia y sus amigas de ocasión. Esa idea revela todo lo que en el relato permanece en sordina. De allí el retrato conciso de una clase aristocrática venida a menos, abúlica en sus nuevos representantes, semillero de una angustia existencial que se explica por una época en la que la forma del placer está regida por el dolor. Si a ello le sumamos la habilidad con la que Pavese perfila la voz femenina que mueve la narración, una voz femenina sobre la que recae el peso cultural de ser mujer y sola, entonces, creo, estamos ante uno de los trabajos más notables de su autor.
Algo en esta novela de Pavese, además, lo acerca definitivamente como narrador a las tendencias que nacían por esos días en lo que se conoció como el cine neorrealista italiano. No sólo porque el énfasis esté en representar la realidad social italiana a la salida de la Segunda Guerra Mundial o el relacionamiento entre las diversas clases sociales. Hay, a propósito, en “Entre mujeres solas” un asomo procedimental que se vislumbra ya en las creaciones de Visconti o de de Sica de fines de los ’40: el carácter elíptico del relato, cierta irresolución de los actos, la parquedad de los diálogos, algo de mordacidad. El retrato de las clases acomodadas de Torino de posguerra recuerda, de hecho, al que trabajaron con posterioridad Visconti o el propio Fellini; pero es necesario subrayar que el fresco de las clases altas que realiza Fellini (“Ocho y medio”, “La dolce vita”) se corta por su lado… Pavese se detiene en el punto en el que el humor podría estallar por el propio peso de la realidad; Pavese se queda en la exploración de la abulia de esa clase social y da su nota más amarga.

Cuando estuve sola, dentro del agua tibia, cerré los ojos irritada porque había hablado de más y no merecía la pena. Cuanto más me convenzo de que hablar sin necesidad no sirve de nada, más hablo. Especialmente entre mujeres. Pero el cansancio y aquel poco de fiebre se diluyeron pronto en el agua y evoqué la última vez que había estado en Turín –durante la guerra-, al día siguiente de una incursión. Todas las cañerías habían saltado, ni pensar en un baño. Lo recordé con gratitud; mientras en la vida hubiera un baño, valía la pena vivirla.
Un baño y un cigarrillo. Mientras fumaba con la mano a flor de agua, comparé el chapoteo que me mecía con los días agitados que había vivido, con el tumulto de tantas palabras, con mis desasosiegos, con los proyectos que siempre había realizado y sin embargo esa noche se reducían a aquella bañera y aquella tibieza. ¿Había sido ambiciosa? Volví a ver las caras ambiciosas: caras pálidas marcadas, convulsas -¿había alguna que se hubiera distendido en un instante de paz?-. Ni siquiera al morir esa pasión se mitigaba. A mí me parecía que jamás me había relajado un momento. Acaso veinte años antes, cuando era aún una niña, cuando jugaba por las calles y esperaba con ansia la temporada de los confeti, de los barracones y las máscaras, tal vez entonces me hubiera abandonado. (…) La tarde del jueves de carnaval, cuando papá se agravó, para después morir, lloré de rabia y lo odié pensando en la fiesta que me perdía. Solamente mamá me entendió aquella tarde, y me tomó el pelo y me dijo que me quitara de en medio, que fuera a llorar al patio de Carlotta. Pero yo lloraba porque el que papá estuviese a punto de morir me asustaba y me impedía por dentro abandonarme al carnaval.

Calificación: Muy bueno.
Título original: Tra donne sole (1949).
Traducción: Esther Benítez.
Editorial: Debolsillo, Buenos Aires, 2010.
ISBN: 978-987-566-548-4

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