Hambre, Knut Hamsun

***
Hamsun

Es preciso desandar un largo camino literario para poner a las páginas de la primera novela de Knut Hamsun en su justo lugar. ¿Por qué? Porque, así como ocurrió con “Rayuela”, que derivó en múltiples “rayuelitas”, una narración como “Hambre” sin duda tuvo una honda repercusión en toda la narrativa por venir en el siglo XX. ¿El lector conoce alguna historia en la que su protagonista-narrador se lamente por cómo lo trata una sociedad injusta que no reconoce su verdadero valor como artista y que además lo obliga a penar económicamente y a convertirlo en una oveja negra que franquea las puertas de la locura? Quizás nos quedemos cortos con los ejemplos y también notemos que suele ser un buen punto de partida para las experiencias de todo narrador. “Hambre” podría ser por derecho propio el nacimiento de esa sensibilidad, lo que la vuelve, en ese sentido, difícil de leer, porque se trata de una lectura que invariablemente remonta una fuerte correntada. El lector va a encontrar en sus páginas todos los temas y fijaciones posteriores de la obra de Hamsun: masoquismo, dosis de egolatría y misoginia, conflictos a granel… Pero son la muestra más visible del problema fundamental que anima una historia así a la conclusión amarga de las promesas del Romanticismo. El vínculo entre los hombres se ha roto de forma inexorable. No hay recomposición posible. El protagonista lucha por el reconocimiento de los demás, consciente de su excepcional talento para las letras. Escribe sin apartarse de sus principios aunque ello lo condene a un exilio; lucha por que su talento no se vea sujeto al yugo de la sociedad. De aquí se desprende el tema del hambre, que en realidad es el salvoconducto por el que hay que leer la relación con los otros, la metáfora de un estado perdido.
En ese sentido, Hamsun anticipa el trabajo de la relación artista-hambre-sociedad que con las décadas dará que pensar a escritores como Kafka o Camus (“Jonás o el artista trabajando”) y anticipa también esa sensibilidad europea del cambio de siglo en la que el individuo carece de la esperanza de la felicidad y confunde el placer con el dolor. Y un derivado de esto último se observa, por ejemplo, en expresiones como la siguiente: “Entusiasmado de temeridad, se me ocurrió ir hacia un mozo de cuerda que no me había dicho una palabra, decirle mi edad, cogerle de la mano, dirigirle una penetrante mirada y dejarle en seguida sin ninguna explicación. Distinguía las diversas gradaciones de las voces y las risas de los paseantes. Observé algunos pajarillos que saltaban ante mí en la calzada; me puse a estudiar la expresión del suelo y hallé toda clase de signos y figuras extrañas.”. La pérdida de las relaciones convencionales con los demás seres humanos (como ocurre también con su enamorada, a la que llama sin causa aparente “Ylajali”), supone una búsqueda de relaciones nuevas con los objetos y sus fenómenos, pero esa relación es demasiado fugaz o se cumple a medias, en el mejor de los casos. La búsqueda de una “realidad otra” en el concierto social. Puede que las largas endechas que se prodiga el personaje a sí mismo, sumadas a las desviaciones o modas del traductor de turno, cansen al lector, pero sería una lástima que impidan encontrar en estas páginas el nacimiento del “hombre sin atributos”, del hombre de la novela existencialista del siglo XX.

Me paré. ¿Qué tenía mi cara? ¿Había comenzado a morir en realidad? Me toqué las mejillas; estaba delgado, no era para menos; estaba desencajado. ¡Dios mío! Volví a andar a pasos cortos.
Nuevamente me detuve. Debía de estar hecho una calavera. Y los ojos pronto se me hundirían en la cabeza. ¿Qué aspecto ofrecía? ¡También era ocurrencia del diablo que uno se desfigurase por tener hambre! De nuevo noté que me invadía la cólera, la última llamarada, el último espasmo. ¡Dios me valga! ¿Qué cara, eh? Estaba dotado de una cabeza que no tenía semejante en todo el país; de un par de puños que, ¡vive Dios!, podían moler y pulverizar a un descargador; y con todo, en plena ciudad de Cristianía, tenía que ayunar hasta perder la figura humana. ¿Tenía aquello sentido, estaba dentro del orden y de la medida? Había hecho todo lo hacedero, me había reventado noche y día, como caballejo de pastor, había estudiado hasta que se me saltaban los ojos, había ayunado hasta perder la razón. ¿Qué diablos tenía, en cambio? Hasta las prostitutas rogaban a Dios que me quitase de su vista. Pero ahora se había acabado… ¿Comprendes? ¡Acabado! Aunque el diablo se metiera por medio ¡habría que acabar…! Con creciente furor, rechinando los dientes al sentirme tan acabado, seguí entre quejas y juramentos, echando pestes, sin cuidarme de las gentes que pasaban a mi lado. Volví a martirizarme voluntariamente golpeándome la frente contra los faroles, hincándome las uñas en las palmas, mordiéndome la lengua como un demente cuando hablaba con claridad y riendo furiosamente de mi daño.

Calificación: Bueno.
Título original: Sult (1890).
Traducción: José Viana.
Editorial: Ediciones G.P., Barcelona, 1966.
ISBN: —

Anuncios

2 comentarios en “Hambre, Knut Hamsun

  1. No estoy de acuerdo con la calificación que han dado a Hambre. Me parece que la obra es mucho mejo que “,buena”. La reseña me parece prejuiciosa y que anima a no leer.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s