Confesiones de escritores – Narradores 1, varios autores

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Chitarroni

Hay algo de obscena insaciabilidad en todo lector. No importa cuántos libros haya escrito un escritor, el lector que lo admire siempre querrá conocer más de él, detalles tan irrelevantes como si escribe de mañana o de noche, sentado o de pie, a máquina o con lápiz y papel, o aspectos de su intimidad, sus dolencias físicas, sus adicciones, la conformación de su familia, la sucesión de sus trabajos, la historia de sus parejas amorosas, todo. El lector también tiene un interés casi patológico por las opiniones de sus autores favoritos. Opiniones que exceden el campo de su obra: filosofía, historia, política, religión, economía… nada queda fuera del área de acción de un buen escritor y la prensa se encargará de hacer que, tarde o temprano, se ocupe de cada tema y le cuente a sus lectores de todo el mundo cuál es su parecer. Esto responde a la construcción ideal que la sociedad ha hecho del escritor de fama y renombre, situándolo como referente y arrogándole una misión que no todos pueden sacudirse de encima: dotar a su época confusa (todas las épocas son confusas) de una guía, un pensamiento y una voz. El periodismo busca a estos seres excepcionales, cuya excepcionalidad radica en haberse detenido pacientemente a pensar en aspectos de la vida que a la mayoría de la gente le parecen obvios, y les exige destellos de genialidad. Rara vez el escritor se siente cómodo en este rol que se le ha asignado, y por eso son tan frecuentes los casos de escritores ariscos que no dan entrevistas o que las dan a regañadientes, evidentemente molestos y deseosos de sacarse de encima de una vez al moscardón que los incordia. Otros escritores, en cambio, adoran el pedestal y se muestran encantados cada vez que se les pregunta por su parecer. Entre los verdaderamente grandes, este segundo tipo es escaso.

Acabo de releer el párrafo anterior unos días después de haberlo escrito. He estado pensando en el asunto. Entiendo ahora que lo que me molesta del hecho de que se convierta a los escritores en “opinólogos” mediante entrevistas y sobre-exposición mediática, que se los convierta en íconos pop, proviene de cierta la idea (algo sacralizada) que todavía vive en mi cabeza acerca de ellos. Aún tengo la difícil certeza de que un escritor debe ser, al final de todo, un enemigo de los procesos de masificación, y esta es una cuestión moral. No sólo creo que deba preocuparse de no producir arte falso, sino que debe preocuparse también de no ser convertido él mismo en una falsedad, en una mercancía, en un personaje. En ese sentido, las palabras de Susan Sontag que vienen a continuación, extraídas de su ensayo La conciencia de las palabras, lo dicen más claro y más fuerte: “…un escritor no debe ser una máquina de opiniones. Como lo formuló un poeta negro de mi país, cuando algunos compatriotas afroamericanos le reprocharon que no escribiera poemas sobre las humillaciones del racismo: “Un escritor no es una máquina de discos”. La primera tarea de un escritor no es tener opiniones, sino decir la verdad… Y negarse a ser cómplice de mentiras e información errónea. La literatura es la casa del matiz y de la indocilidad a las voces de la simplificación”.

Este volumen, titulado “Confesiones de escritores”, reúne diez entrevistas a narradores centrales del corpus literario del siglo XX, publicadas originalmente en The Paris Review: Celine, Cocteau, Faulkner, Forster, Greene, Hemingway, Nabokov, Simenon, Singer y Yourcenar. Según el prologuista, Luis Chitarroni: “La discreción, el conocimiento y la cautela de los entrevistadores son méritos adicionales que estas páginas proporcionan”. Y si bien es cierto que todos los entrevistadores se encuentran muy preparados para “enfrentar a las bestias”, no todos son cautelosos y discretos, y más de uno mete la mano en las fauces, a riesgo de perderla. De estos riesgos surgen los momentos más incómodos y divertidos del libro. Por ejemplo, cuando los entrevistadores llegan al más que confortable apartamento de Graham Greene y luego de una serie de preguntas no del todo directas, que el propio Greene pide que se le formulen de modo más claro, el punto acaba por quedar claro así. Habla el periodista:

-En El revés de la trama, usted le hace decir a Scobie: “Muéstreme al hombre feliz y yo le mostraré el egoísmo, la generosidad, la maldad o bien una ignorancia absoluta”. Lo que nos preocupa es que usted mismo parece ser mucho más feliz de lo que esperábamos. Tal vez estamos siendo ingenuos (…)
-(Con una sonrisa) Oh, sí, ya veo lo que lo perturba. Creo que usted me ha juzgado mal. A mí y a mi coherencia. Este departamento, mi forma de vida… son simplemente mi agujero en el suelo.
-Un agujero moderadamente confortable.
-¿Podemos dejarlo así?
[Graham Greene entrevistado por Shuttleworth y Raven en 1953].

El periodista se resiste a dejarlo así y un par de preguntas más están dirigidas a averiguar qué experiencia tiene Graham Greene con la miseria, qué autoridad moral para hablar de ella sin haberla conocido. Luego del trance, las respuestas de Greene se vuelven todavía más lacónicas y la entrevista termina cuando el autor se levanta a atender el teléfono sin prisa por volver a someterse al cuestionario. Entonces, uno piensa, ¿con qué derecho un periodista puede acusar a un escritor de no ser lo bastante infeliz como para hablar de la infelicidad? ¿Existe algo parecido a “la suficiente infelicidad”? ¿Quién puede decidir a qué distancia tiene que llegar uno de determinada experiencia para poder contarla? Es como si se le exigiera al escritor un grado de coherencia absoluta e inmaculada que a ninguna otra persona se le pide. En realidad, lo que hay aquí es una confusión muy frecuente, una confusión que deriva en la pretensión de hacer que encajen a la fuerza dos formas incompatibles: la persona “real” y la persona configurada a través de la obra, la “voz”. Muchos escritores comprenden el juego e intentan articularlo; para eso generan un personaje, una especie de doble-de-acción interpretado por ellos mismos, en el que siempre pueden refugiarse. En este libro, un ejemplo de esto es Nabokov, capaz de lanzar dardos envenenados contra, por ejemplo, Faulkner o Forster. El entrevistador le dice a Nabokov que Forster confesó que a veces “los personajes se le iban de las manos”, y le pregunta si también a él le pasa algo así. Nabokov responde:

Mi conocimiento de la obra del señor Forster se limita a una sola novela que me disgusta; y de todos modos él no es el padre de esa treta caprichosa acerca de los personajes que se nos van de las manos: es tan viejo como la pluma, aunque por supuesto uno simpatiza con SU gente si tratan de escaparse de ese viaje a la India o donde sea que él quiera llevarlos. [Vladimir Nabokov entrevistado por Herbert Gold en 1967].

Es como si Nabokov, vestido ya con el uniforme de batalla, dijera: “Quieren ironía y mordacidad y es lo que voy a darles. Nadie saldrá desilusionado de esta charla”. Algo similar pasa con Faulkner (a quien Nabokov le da un palo en la nuca, de pasada). En tanto, el propio Faulkner, encaramado sobre toda su autoridad proveniente de la indiscutible grandeza de su obra, su fama y sus premios, hilvana respuestas que están siempre a medio camino de la pedagogía, la petulancia y el sermón. Esta es la entrevista en la que Faulkner dijo aquello de que para un escritor ningún trabajo es mejor que ser “regente de un burdel”, que “para escribir sólo necesita lápiz, papel, tabaco y whisky” (bourbon de preferencia, pero antes que nada el scotch está bien) y otras planeadas ocurrencias. Del mismo modo nos enteramos del asombroso ritmo de trabajo de Simenon y de sus chequeos de rutina antes de encarar una novela; de la época de joven prodigio de Cocteau en el ambiente artístico parisino de principios del siglo XX; y del fastidio que le provoca a Hemingway responder preguntas que ya le han formulado cien veces, arrepentido de haber dejado su trabajo para someterse al cuestionario:

Todavía creo que es muy malo para un escritor hablar de cómo escribe. Escribe para ser leído con los ojos y no tendría que ser necesaria ninguna clase de explicación o disertación. Uno puede estar seguro de que hay allí mucho más de lo que será leído en cualquier primera lectura, y tras haberlo escrito, no le corresponde al escritor explicarlo ni hacer visitas guiadas a través de los territorios más complejos de su obra”. [Ernest Hemingway, entrevistado por George Plimpton, 1958].

No es extraño que el libro adquiera un interés menos artificioso cuando los entrevistados se alejan de las disquisiciones sobre sus propias obras y métodos para adentrarse en alguna pequeña historia de su vida. En este sentido, la entrevista más lograda es la que tiene por protagonista a Louis-Ferdinand Céline. Refiriéndose a ella, Chitarroni dibuja la mejor frase de su prólogo: “Es fácil ser más imaginativo que Céline sólo porque es sencillísimo ser menos sincero”. Podrá objetarse el valor literario de la sinceridad, pero luego habrá que revisar esa objeción para encontrar la diferencia esencial entre escribir ficción y mentir. Pues bien, cerca de la muerte, Céline está triste y cansado, pero no tanto de la vida como de la representación que rodea la vida, la continua escenificación de una comedia de la que una y otra vez se lo obliga a formar parte. Por eso, su deseo de irse, de perderse lejos de la vista. No aspira a la felicidad o a la alegría, su último deseo es modesto: no desear nada.

…estaba llegando a Copenhague cuando me enteré de su muerte (la de su madre). Un viaje terrible, vil, sí… perfectamente orquestado. Abominable. Pero las cosas son solamente abominables desde un lado, no olvidarlo, ¿eh? Y, sabe… la experiencia es una tenue lámpara que sólo ilumina al que la sostiene… y es incomunicable… Tengo que guardarme eso para mí. Para mí, uno sólo tenía derecho a morir cuando tenía una buena historia para contar. Entrar, contrar la historia y desaparecer. [Louis-Ferdinand Celine entrevistado por J. Darribehaude y J. Guenot, 1964].

Calificación: bueno.
Traducción: Mirta Rosenberg.
El Ateneo, Buenos Aires, 1996.
ISBN: 950-02-8456-1

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2 comentarios en “Confesiones de escritores – Narradores 1, varios autores

  1. Me gusta tanto leer este tipo de comentarios y mas si coinciden con mi modo de pensar, me gusta tener la idea de que un escritor es una persona de sentimentos tristes e inexplicables, que escribe por el simple gusto de dejar como legado sus memórias e ideas.

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