Mi vida como hombre, Philip Roth

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Roth

En 1975, seis años después de haber publicado la que probablemente sea su más famosa novela, El lamento de Portnoy, Philip Roth publicó Mi vida como hombre. Es necesario establecer esto pues hay entre ambas obras una relación evidente, a la vez que la segunda anticipa una línea de escritura que Roth llevaría hasta sus límites. En un autor tan prolífico como el norteamericano, con más de 50 años de carrera y decenas de obras, es posible afirmar que una octava novela deba ser vista, todavía, como una novela inicial, no en cuanto a la impericia que pueda haber en sus páginas, sino en referencia al modo en que debe ser leída, en relación a la obra global. Mi vida como hombre marca la aparición de Nathan Zuckerman, uno de los muchos alter-ego de Roth, y también el más utilizado y reconocible.

La novela comienza con dos relatos (“Candor juvenil” y “En busca del desastre”) que se convierten en dos formas de acceder al tema central de la novela. Bajo el subtítulo “Ficciones útiles”, la autoría de estos relatos se atribuye al escritor Peter Tarnopol, el protagonista y narrador del resto de la novela, cinco narraciones ordenadas bajo el subtítulo de “Mi verdadera historia”. Estamos de cabeza en el terreno de la metaficción autorreferencial. Zuckerman es el protagonista de los primeros relatos, y funciona en ellos como alter-ego de Tarnopol, a la vez que ambos son evidentes desdoblamientos de Roth. La intención de juego que difumina los bordes de lo ficcional comienza desde el epígrafe: “Yo podría ser su musa, si él me lo permitiera. Del diario de Maureen Johnson Tarnopol”. Hay que refrenar el impulso de hablar de cajas chinas. Las cajas chinas establecen también una forma de orden que aquí quiere ser subvertido o retorcido. Tarnopol no es una caja que contiene a Zuckerman, del mismo modo en que Roth no es una caja que los contiene a ambos.

El tono paródico-irónico de “Candor juvenil” es un gran comienzo para la novela, en cierto modo, una excelente muestra de un ejercicio de estilo que muestra cómo casi cualquier asunto puede pasar de ser serio a cómico con apenas una leve variación de la mirada. Allí se nos cuentan las circunstancias de la adolescencia y juventud de Zuckerman. Luego del amable preludio llegamos a “En busca del desastre” donde el propio Zuckerman toma la posta narrativa para contar en primera persona los escabrosos avatares de su matrimonio con una mujer desquiciada. Este es el corazón de la novela. El gran asunto. Si la primera parte es una catársis creativa de Tarnopol, la segunda es una larga pesquisa psico-literara para entender (y poder liberarse de) las fuerzas que lo llevaron a atarse a la demonizada Maureen. El argumento es, si se quiere, pobre. Un joven profesor universitario con prometedora carrera literaria por delante, se casa con una mujer algo mayor que él. Rápidamente el matrimonio se convierte en un monstruo que devora la salud física y mental de Tarnopol, del mismo modo en que socava su literatura. Entre amenazas, peleas violentas, intentos de suicidio, separaciones, amantes, solicitudes de divorcio rechazadas y psicopatía a granel, la novela se estira excesivamente, dando cuenta fiel de los mecanismos de la fijación obsesiva. El psicoanálisis cumple un rol central aquí (¿no es el psicoanálisis, siempre, una forma de metaficción?). Uno de los apartados de la segunda mitad lleva por título, precisamente, “Spielvogel”, el nombre del psiquiatra de Tarnopol. Allí se realiza una psicocrítica a fondo de los primeros relatos, de modo que la novela se convierte a su vez en una discusión sobre sí misma, volviéndose auto-consciente. El riesgo, claro está, es la saturación, pues hay un punto en el que el tono plañidero de Tarnopol llega a hartar (pero esto es una cuestión de empatía, no de valoración literaria, salvo que la novela buscase la empatía, algo de lo que no estoy muy seguro).

Más allá del relato social que se entreve -y donde es especialmente interesante las transformaciones en la sexualidad en la década de los 60 y 70, y la forma en que esto influyó en la concepción que las mujeres tenían de sí mismas-, la verdad es que bien podría haber abandonado la novela en la página 213 (de 330), cansado de un juego que, luego de más de cuatro décadas de experimentos meta-narrativos e inter-textuales, parece haber dado ya todo de sí.

Ha sido muy amable al enviarme sus dos nuevos cuentos. Los he leído con gran interés y placer, y, como siempre, con admiración ante su talento y su perspicacia. Los dos cuentos son tan diferentes y a la vez están tan expertamente escritos que, a mi juicio, se equilibran a la perfección. En el primero me parecieron especialmente divertidas las escenas con Sharon, y en el segundo, la meticulosa atención que la voz del narrador se presta a sí misma me pareció perfecta, dado su interés (…) ¡Qué historia tan triste y cargada de dolor! Y también moral, en el sentido mejor y más serio. Parece que le va muy bien. Le deseo que siga teniendo éxito en su trabajo.
Le saluda cordialmente,
Otto Spielvogel

Calificación: bueno.
Título original:  My life as a Man (1975).
Traducción: Lucrecia Moreno de Sáenz y Mercedes Mostaza.
Debolsillo, Buenos Aires, 2012.
ISBN: 978-987-566-826-3

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