Los mejores cuentos de Saki, H.H. Munro

Munro
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Héctor Hugh Munro (cuyo seudónimo literario fue Saki),  nació en 1870 en Birmania, hijo de un escocés que ocupaba el cargo de inspector general de la policía birmana (como se sabe, en esa época el mundo era de Su Majestad). La madre de Saki murió corneada por una vaca. Este detalle tiene su importancia. El niño sin madre fue trasladado a Inglaterra, para ser criado junto a su hermana Ethel, con bastante severidad por ciertos parientes. Ya en su juventud regresó a Birmania y, siguiendo los pasos de su padre, se convirtió en agente de policía, pero la precariedad de su salud le obligó a buscar una ocupación más reposada. Eligió el periodismo. En paralelo, comenzó su carrera como escritor de ficción. Más tarde se alistó como soldado raso para combatir en la Primera Guerra Mundial y un francotirador alemán le puso fin a su vida cerca de Beaumont-Hamel, Francia, en 1916.

Los doce cuentos breves reunidos en este volumen son una buena muestra del talento de Saki y de sus temas y métodos preferidos. Sin pretensión de ser exhaustivos podríamos hablar de lo salvaje, lo bestial incontrolable, que viene a irrumpir (con aterradora naturalidad) en un orden social que ignora su propia fragilidad. Hay aquí un impulso que podría identificarse con ciertas intenciones lovercraftianas, pero ese impulso no se eleva a la magnitud colosal de las oscuras divinidades antediluvianas creadas por Lovercraft, sino que encuentra su justa expresión en un nivel más terrenal. Y es que, al fin y al cabo, para un hombre desarmado no hay mucha diferencia entre vérselas con Cthulhu y hacerlo con un enorme lobo hambriento. Más allá del chiste, es necesario señalar que hay algo aterrador en Saki, algo que funciona aterradoramente bien, y es el manejo del tono de sus relatos, en los que un cómico cinismo funciona como entrada oblicua al asunto. Digámoslo: el humor de Saki no mejora las cosas, pues se trata de un humor que está siempre preparado para dejar lugar a algo más. Uno no puede distraerse con la ironía o la mordacidad porque hay algo en ellas que anuncia, como en una segunda voz por debajo de la melodía principal, la terrible verdad: somos un chiste, la cultura humana es una broma, la ciencia es burda, una delgada capa de hielo sobre un lago al inicio de la primavera. Las apariciones de lobos, hienas, bueyes, ciervos, hurones y gatos parlantes son resquebrajaduras en el hielo. Yendo un poco más allá en la comparación con Lovercraft, para Munro no existe la necesidad de que una gran deidad terrible se levante de lo profundo para aniquilar la vida humana, pues la verdad del mundo, la verdad subyacente, es que la fuerza natural de la vida es tan poderosa que jamás se ha dormido. Hay aquí algo de un tardío romanticismo vitalista y, a la vez, atávico. Mientras leía, pensé en algunos poemas y pinturas de William Blake.

-Esto es muy salvaje –le dijo a Mortimer, que se le había reunido-, hasta se podría llegar a pensar que en un lugar como éste no haya desaparecido completamente el culto a Pan.
-El culto a Pan nunca desapareció –afirmó Mortimer-. De vez en cuando la atención de sus devotos ha sido distraída por nuevos dioses, pero él es el Dios de la Naturaleza a quien todos deben regresar tarde o temprano. Ha sido llamado Padre de todos los Dioses, pero la mayoría de sus hijos nacieron muertos.
-Supongo que tú no crees realmente en Pan –dijo Sylvia, incrédula.
-Yo he sido un imbécil respecto de la mayor parte de las cosas –respondió Mortimer tranquilamente-, pero no soy tan imbécil como para no creer en Pan cuando estoy aquí. Y te aconsejo que no dudes de él demasiado abiertamente mientras estés en sus dominios.
(de “La música en la colina”).

A la sofisticación de la sociedad victoriana (racionalista, positivista, puritana), Munro le cuenta historias absurdas, graciosas, crueles, terribles, haciéndole remangar la nariz. Y algo más, la concepción de la mal. Munro no emite juicios. Sus narradores se mantienen discretamente al margen de la cuestión. La naturaleza no es bondadosa o malévola, la naturaleza simplemente es lo que es. Sus leyes no son morales, y la ausencia de moralidad es preferible a la falsa moralidad. Esa parece ser la letanía que suena detrás de algunos cuentos. Frente a las artificiales estructuras de una sociedad concebida como farsa seriamente representada, basta un gesto mínimo, una nimiedad poderosa, para que todo tiemble. El efecto del temblor puede ser espeluznante. Un ejemplo muy claro de la cuestión del mal se da en el cuento “Esmé”. El horror no se da allí en la hiena o en la muerte del niño gitano, sino en la calma con el que la narradora acepta las circunstancias y busca el máximo provecho de ellas. La fría impasibilidad ante lo horrible es peor que el horror mismo.

Podría leerse a Munro desde muchas perspectivas distintas. El acercamiento psico-biográfico la prematura muerte de su madre y una infancia demasiado rígida bajo la tutela de un par de tías (retratadas sin piedad en los magníficos cuentos “Sredni Vashtar” y “El cuarto de leña”); mientras que el acercamiento histórico-geográfico podría atender a la oposición entre la ordenada civilización imperial británica y la caótica barbarie colonial birmana, así como a la transición entre siglos, el avance apabullante del progreso, los primeros embates del psicoanálisis, la muerte del Dios cristiano. O podría simplemente leérselo como a un narrador de historias capaz de provocar en sus lectores una carcajada, un suspiro o un grito reprimido, todo en el mismo párrafo.

Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible, de afilados colmillos, que era, sin embargo, su tesoro más preciado. Su presencia en la casilla era motivo de una secreta y terrible felicidad, que debía ocultársele escrupulosamente a la Mujer, como solía llamar a su prima. Y un día, quién sabe cómo, imaginó para la bestia un nombre maravilloso, y a partir de entonces el hurón de los pantanos fue para Conradín un dios y una religión (…)

Sredni Vashtar avanzó,
Rojos sus pensamientos, blancos sus dientes,
sus enemigos clamaban piedad, pero él les daba muerte
Sredni Vashtar, el hermoso.

En el siguiente link encontrarán una buena cantidad de cuentos de Saki, todos los que corresponden a esta antología y algunos más: [Cuentos de H.H.Munro]

Calificación: muy bueno.
Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1985.
Prólogo de Washington Benavídez.
Traducción: —
ISBN: —

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