Colores, Felipe Polleri

Polleri
***

Se podría comparar la postura y el gusto estéticos de Polleri con los del director de cine español Alex de la Iglesia. El loco de la ametralladora en “Mirindas asesinas”, la mujer fea y desquiciada de “Crimen ferpecto” y el final apocalíptico de “El día de la bestia” (y, en el cine local, las prostitutas surrealistas en “Alma mater”, de Álvaro Buela) tienen su versión, tal vez un tanto más onírica, obscena y esquizoide, en este libro de género inclasificable llamado “Colores”, segunda parte de la trilogía que comienza con “Carnaval” y finaliza con “El rey de las cucarachas”.

Dicha postura estética parte de una búsqueda (de la que Levrero es precursor) ciertamente interesante, y poco o nada inspirada por una sociedad como la montevideana, que, predominantemente, tiende a preferir, de un modo más o menos sórdido, e incluso descafeinado, una literatura, un cine, una música, que refleje, de forma “realista” (y esta palabrita seguro sea la culpable), la presunta estirpe grisácea y la idiosincrasia del aburrimiento, que rodea a la urbe y a sus habitantes.

En “Colores” el gris desaparece; hay una apuesta, una decisión estética que, nos guste o no, no anda con medias tintas, ni coquetea con dios y con el diablo. Tan solo lo hace con el último. El gris desaparece, porque se enfrentan, cara a cara, los colores (la imaginación, el punto de vista íntimo y peculiar, lo onírico) contra las sombras (la realidad, el sentido común, la trivialidad, la locura mecánica y cotidiana de la gente).

La historia es simple, pero el escritor, en su afán por repetir ciertas escenas, ciertos episodios, y traerlos nuevamente recargados de onirismo y delirio, la complejiza y refresca constantemente. Tonio es un pintor, que vive aterrorizado por sus fantasmas: su padre ha muerto hace pocos días, resentido con la humanidad, con esos “hijos de puta” que no lo entendieron y que él no entendió jamás. El personaje, luego de la muerte de su progenitor, comienza a experimentar nuevamente un estado infantil, de desamparo, que lo agobia y no le permite un relacionamiento sano con los demás. Tonio es un ser muy sensible, y su infancia (por ende, su vida, desde una mirada psicoanalítica) ha quedado signada por una educación fuertemente religiosa y por ciertas experiencias traumáticas. A lo largo de la “novela” (Mario Levrero, en el prólogo, habla, sin dubitaciones, de una novela, aunque los textos breves que la conforman, con títulos propios, hagan pensar que se trata de un libro de cuentos con una misma temática); a lo largo de la novela, decía, un conjunto de pesadillas y de espasmos mentales gobiernan las decisiones y las ideas del protagonista, que, en esos casos, se convierte en el perverso Porky, el Cerdito Loco, su alter ego, encargado de hacer justicia con la escopeta de su padre. Las pesadillas son las que lo hacen pintar a los “demonios”, que a su vez lo aterrorizarán para llevarlo, justamente, a ese estado del alma en que se hace un imperativo pintar demonios. Y en ese círculo vicioso de demonios y miedos, donde causa y efecto se entremezclan indiferenciables, aparece Clara, una compañera de biblioteca que, haciendo honor a su simbólico nombre, viene a iluminar la vida de Tonio, a combatir con él sus fantasmas y a lograr una vida serena y colorida, aunque sean como “extraterrestres” que deben acabar con la tiranía de los “hijos de puta”, de los terrícolas y sus mezquinos y materialistas objetivos de vida.

La narración es muy rica en sensaciones: provoca risa, asco e incomodidad, de forma intercalada y aleatoria. Esto es un logro, para un escritor que opina que la escritura debe “no dirigirse al cerebro con selectos discursos, sino a los sentimientos de la manera más directa posible. Porque somos nuestros sentimientos, o nuestra falta de sentimientos”.

“Colores”, en última instancia, es un manifiesto: un alarido de horror frente a la chatura gris montevideana, que tiende a arrastrar hacia su parco epicentro a toda imaginación voladora, a toda alma colorida, lúcida e irreverente.

Me volví loco, supongo. Quería vengarme. Ellos me habían asustado, y quería vengarme. Me habían humillado, y quería vengarme. Me buscaban para encerrarme en un colegio gris, y quería vengarme.
Era como si el espíritu de otro (¿de papá?) me llevara de la mano a la última batalla. Voy a transformarlos en filósofos, pensaba. Muchos hijos de puta van a arrepentirse de haber nacido. Andaba por la mitad de la calle, con la escopeta a la vista.
–Es de noche –dije.
Y fue como si le hubiera dado una orden al cielo. El ventanal del bar se iluminó. El patrullero estaba vacío. El policía bajito, uniformado, entró al bar, le dijo algo a un policía gordo y fue a mear… Yo era invisible. No tenía cara… Abrí la puerta, y entré. Era invisible. El policía gordo estaba en una mesa, muy cerca de la puerta. Tenía la boca abierta. Un diente de oro, conté. Era extraordinariamente divertido. Dos muelas podridas. La campanilla temblando. Los ojos bizcos sobre el refuerzo (una gruesa rodaja de salchichón, lechuga y tomate) que sostenía debajo de la nariz chata y grasienta. Me vio… Sin cerrar la boca, sin apartar el refuerzo de la lengua empapada, llevó la otra mano a la sobaquera. Tal vez ese hijo de puta era más rápido que el cáncer; pero no había tocado la culata cuando ya su cerebro estaba volando hacia la minifalda de la chica que se reía a gritos en la mesa de atrás.–Llegó Porky, el Cerdito Loco –dije.
(de “El cerebro de los muslos”)

Calificación: bueno.
Editorial: Arca, colección `deúltima’, Montevideo, 1991.
ISBN: —

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