Hasta la cinta de llegada, Miguel Motta

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En este año de Juegos Olímpicos y ministros de Deporte y Turismo que declaran sentirse decepcionados por el rendimiento de nuestros atletas representantes, la novela de Motta viene como anillo al dedo. No sólo por la imaginativa competencia que inventa y desarrolla- los Juegos Leonardo Da Vinci- sino porque plantea el afán por ganar a como dé lugar, incluso si eso significa trascender los límites éticos y utilizar anabólicos indetectables que mejorarían el nivel de los atletas a niveles casi sobrehumanos.

Motta

Motta desarrolla una idea cuando menos poco común: en un mundo muy parecido al nuestro -en una historia que es casi una ucronía, pero una ucronía sin Punto Jonbar (es decir, el punto claro y exacto donde esa realidad se volvió alternativa, por ejemplo: los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial) sino más bien alimentada por una serie de mínimos sucesos que fueron constituyendo esta alternativa, casi todos ellos registrados en notas a pie de página- se celebran los Juegos Leonardo Da Vinci. Sin adelantarle al lector demasiado al respecto -una de las cosas más disfrutables de la novela es ir descubriendo en qué constan estos juegos a medida que transcurren- se componen de disciplinas deportivas que honran al artista y científico nacido en Florencia. No sólo versan de deporte, sino que además se constituyen del agregado de la construcción y conducción de alguna máquina inspirada en los diseños del mítico personaje histórico.
Pero de inmediato la novela plantea su problema: los organizadores de esta edición de los Juegos, de cuyo equipo anfitrión es capitán el narrador del relato, no quieren perder. O mejor dicho, buscan competir en igualdad de condiciones. Buscan no decepcionarse con el rendimiento de los atletas, digamos. Entonces, el uso de los anabólicos indetectables que todos los equipos están utilizando se impone por encima de cualquier restricción médica o ética. Esto plantea una dicotomía interesante: ¿vale la pena ganar una competencia que ensalza los valores morales de ser un atleta haciendo trampa porque la hacen todos? ¿Para qué ganarla entonces?
Motta fue un deportista -jugador profesional de básquetbol- y eso se transmite. Entiende perfectamente cómo se desarrolla una pasión deportiva y la plasma vívidamente en su relato. Uno pasa urgido las páginas en su afán de ver al equipo llegar a la competencia, participar en la misma y ver cuál es el resultado (momento además, donde Motta no decepciona). De hecho, no tener muy claras las reglas de los Juegos Leonardo Da Vinci (a pesar de que se incorporan en un apéndice al final, el que en lo personal aconsejo leer luego de terminada la novela) sólo hace que sea más emocionante el descubrimiento.
El relato en primera persona construye a su protagonista -el capitán del equipo- a la perfección. Un poco desdibujados quedan los secundarios, el resto de los atletas, si bien se les dedica relativo espacio. Hay algunos conflictos que no llegan a desarrollarse del todo, pero es comprensible. Además, el punto de vista del narrador, un diario íntimo, justifica esta decisión que es simplemente realista.
Algunos comentarios: uno de carácter formal. El habla de los personajes oscila entre el coloquial uruguayo o rioplatense (aunque nunca se explicita, los Juegos se realizan por estos lares) y el español neutro. Y choca por momentos la alternación entre los «¡Basta carajo!» y los «Espera aquí». Quizás unificar el modo hubiera ayudado a crear un habla más convincente. Por otra parte me resultaron demasiadas las digresiones sobre Leonardo Da Vinci y el sentir de un atleta, amenazando, por momentos, por cortar el hilo de la trama. Esto habla muy bien del resto de la novela de Motta, ya que el afán de seguir, de «saber qué es lo que pasa» me impulsó a tratar de avanzar lo más rápido por sobre esas digresiones, pero en todo caso las resentí.
Por último, y esto sí es a título ultra personal, las (mínimas) referencias a Onetti me molestaron. En ocasiones, siento que la literatura uruguaya está demasiado sujeta a referenciar a sus grandes popes (Onetti, Levrero) incluso en ocasiones que no vienen a cuento de nada. Pero claro, esto es absolutamente personal.
En suma, una novela ágil, entretenida y de veloz lectura.

Me acerqué a observar los esqueletos de las ruedas que estaban recostadas a la pared. Aún sin enllantar, los rayos encastrados en la pina daban a las piezas cierta reminiscencia marcial, cierta evocación de rueda de guerra y conquista. Después nos tocará a nosotros hacerlas girar, ofrecer sudor, huesos rotos, sangre de estirpe. Sí, giraremos hacia la victoria porque quiero mirar a los ojos la cinta de Llegada, necesito este triunfo a pesar de que más de una vez me he preguntado si hice bien en ocupar el puesto. Creo que en el fondo no elegí este camino, este lugar. ¿Alguien elige su camino? ¿Alguien puede creer que eligió su camino entre tanto laberinto, entre la infinidad de pequeños sucesos que nos rodean y empujan? Vine a dar aquí y voy a dejar todo empujando la Máquina. Seré un digno auriga; rodaremos hacia la conquista, seremos fieles a la ambición que ha movido a la civilización por encima de los cadáveres de la batalla y de la paz hasta dejarnos aquí, al borde del precipicio.

Calificación: Buena.
Editado por Banda Oriental
ISBN: 978-9974-1-0762-5

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