Poemas desde un peugeot rojo y una carretera quieta, Fernández de Palleja

Fernández
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Versos de camino, de movimiento, de ruta. El ideal poético futurista. Recordemos el punto 3 del manifiesto de Marinetti, de 1909: “La literatura exaltó, hasta hoy, la inmovilidad pensativa, el éxtasis y el sueño. Nosotros queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, el paso de corrida, el salto mortal, el cachetazo y el puñetazo.” La misma ejemplificación podemos hacer con el punto 5 del manifiesto susodicho: “Queremos ensalzar al hombre que lleva el volante, cuya lanza ideal atraviesa la tierra, lanzada también ella a la carrera, sobre el circuito de su órbita.”
Hagamos traslúcida nuestra primera hipótesis, es decir, la comparación con la estética futurista, con la imagen desarrollada en los siguientes versos:

El viento refresca los pelos que vuelan
en el antebrazo y en el pecho hirsuto
cuando manejo por el vacío que amenaza
a tragarse a los perdidos con dientes de sol.

Pero una lectura que solo rescate el afán cinético de la poesía de Fernández de Palleja es, como mínimo, ociosa y banal. El automóvil, además de movimiento y de irreverencia ante el “quietismo”, es digno de ser símbolo del viaje, del rito de iniciación. Aquí entonces, entraría en juego otra posibilidad exegética.
Campbell, en “El héroe de las mil caras”, propone que luego de su aventura, el héroe regresa con el elixir para mejorar a los suyos. El viaje en el peugeot rojo es un viaje de ida, en el cual se desarrolla el cruce del primer umbral, el paso del mundo ordinario al mundo mágico; pero también es un viaje de regreso. El elixir que de Palleja trae de vuelta es la poesía. Su función: curar los males espirituales y ver florecer un nuevo Ser. Siguiendo esta línea pueden leerse los siguientes versos:

Ya en la paz de mi desierto poblado de brillos, llegué a pensar que quizá mi viaje solitario se debiera a tragarme las flores de mis propias enredaderas, que no paran de hacerme cuentos.

Era un campo común, hasta que supimos qué éramos, hasta que supimos que éramos.

En ambas estrofas, pulula un aura mística, gracias a la cual se descubriría la función redentora del viaje.

No se debería olvidar la influencia de la poesía en lengua portuguesa (segunda lengua de Fernández de Palleja) en este libro. El heterónimo Carlos Pérez de Alcântara, con un aire a Fernando Pessoa (recordemos que Pessoa fue el maestro de los heterónimos: Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos poblaron su interior y escribieron muchos poemas por él), encabeza, como epígrafe, uno de los poemas más hermosos del libro, con la siguiente estrofa:

Chovem douradas as folhas dos freixos,
apaga-se un poco o sol dos meus olhos
e acendem sem pressa as mãos carpinteiras
e as luzes de dentro e os renascimentos.

Palleja ha desarrollado un inquietante estilo poético, que si bien adquiere credenciales propias, está claramente infuenciado por los brasileros, por Walt Whitman (la voz profética, la barba y el afán de crear una cosmovisión) y por la poesía gauchesca, desde Wenceslao Varela hasta el Martín Fierro.

Por último, cabe destacar un ingrediente, muy notorio en toda la poesía de Palleja (también se percibe, con frecuencia, en los 366 poemas que ha prometido escribir en su blog): una fusión entre lo lúdico, lo humorístico y la ontología. Decimos lo lúdico y humorístico porque es claro que dentro de la poética de Palleja, dentro de su proyecto escritural (si podemos hablar de tal cosa con dos títulos publicados y el trabajo intenso del blog), hay una mirada divertida. El lector puede imaginarse, no pocas veces, al escritor, al poeta, dejando la lapicera, o levantando las manos del teclado, para reír a carcajadas, o para dejar entrever los dientes en una amplia sonrisa satisfecha y sincera. Y ese disfrute, entre otras cosas, nace de lo concienzudo del artificio; del usufructo de un lenguaje cuidado, pero cuidado para ser descuidado adrede, para ser crudamente oral, en algunos casos, o alarido visceral, en otros tantos.

El aspecto ontológico de la poesía de Palleja, por otro lado, se percibe con una cuidada lectura: las cosas, como elementos constituyentes del mundo, adquieren una importancia vital en sus descripciones imaginistas. Tan así que no sería excesivo admitir que entre el Yo lírico y el cosmos se establecen relaciones sentimentales similares a los paralelismos psicocósmicos del Romanticismo.

La voz poética de “Poemas desde un peugeot rojo y una carretera quieta” supera, en todos los sentidos posibles (como es esperable en todo escritor), a su pequeño precedente: “Poemas altibajos”.

       Mis palabras eran raíces de ombú, hojas de arrayán o de sauce. Cada dolencia recibía las semillas necesarias.
Mis propios pensamientos cada vez eran más escasos y estaban más aislados. Era la barba la que hablaba, por sí misma, o por cuenta de la planta epífita que la había colonizado y tomaba mis riendas.
Llegó un momento en que el matorral era tan espeso que no podía caminar. La barba tomó la decisión de plantarse. Plantarme.
Un hombre gordo se sentó a tomar mate abajo de las ramas. Una hoja cayó en medio de la espuma. A partir de ahí, conversamos muchas veces, aunque él nunca supo que en el anillo central había un vestigio de hombre. Tiempo después de su muerte, sigo creciendo, rodeado de gente que trae imágenes del gordo.

Calificación: Muy bueno.
Editorial: civiles iletrados, Maldonado, 2011.
ISBN: 978-9974-98-520-9

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