El Don apacible (Libro 3), Mijaíl Shólojov

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Shólojov

En un libro de Roberto Bolaño (¿”El gaucho insufrible”? ¿”El secreto del mal”?) hay un relato en el que se hace un chiste sobre la narrativa rusa. Si en una escena en la que dos personajes comparten un almuerzo (o algo así) ingresa el mozo, de seguro, se dice, la perspectiva de la narración abandona a los comensales y persigue de manera casi intempestiva al mozo hasta los más grandes misterios de su vida. Comentarios acerca del carácter torrencial de la narrativa rusa o la soviética, en broma o no, son habituales para destacar esa “sobre-conciencia” de la verosimilitud que existe en sus páginas. Para el caso, el tercer libro de “El Don apacible”, de Mijaíl Shólojov, el prodigio radica en sostener con tanta intensidad una narración que por defecto debe recurrir a enumeraciones, datos militares o descripciones de acciones bélicas. Mantener la tensión en una narración, aun cuando el lector esté dispuesto a ser indulgente ante tamaño objetivo como el que se propone esta obra, no es poca cosa.
Esta parte de “El Don apacible” se inicia con la escisión cosaca de abril de 1918, cuando una parte importante de los pueblos del Don se plegó a las facciones bolcheviques y la otra se mantuvo en la defensa del antiguo orden. Tuvo que haber sido, tal es lo que reflejan las páginas, algo terrible. Grigori Mélejov, hijo de Pantelei, que había estado del lado de los rojos el año anterior, toma la decisión de defender a su pueblo cosaco del avance de los rusos, por lo que ahora lucha en el mismo bando que su hermano Petró. Las marchas y contramarchas de los rojos y los blancos (los cosacos), las escaramuzas aisladas, las batallas importantes, la vida de los cercos y las avanzadas componen, sin que el término sea peyorativo, el relleno natural de la novela; sólo que el valor de la misma, radica justamente en que la función del ripio, tolerada en el género, se vea alterada por una sobre-exposición de sus valores.
Y después llegan los picos altos… El momento en que los rojos llegan al pueblo de los Mélejov e irrumpen en su casa, cuando Grigori está de permiso y no puede hacer nada que lo delate como alto mando cosaco. Los visitantes nocturnos, que comienzan pidiendo víveres, molestan más de la cuenta… Uno, en especial, observa a Natalia, la esposa de Grigori con la intención de violarla. La escena en la que Grigori prepara indirectamente a su mujer para que sea violada, se vuelve tan perturbadora como inolvidable por su sordidez y su elíptica sugestión; y en eso radica su dramatismo. O la muerte de Petró Mélejov, inevitablemente sentida por ese peso cuantitativo que son los cientos de páginas acompañando al personaje, un vínculo entre lector y personaje que termina ganando por puntos…
Tómese el ejemplo que se quiera, y se verá que no hay alguno que escape a una cierta estetización de la guerra, lo que es decir la violencia pura. Quizás porque en un mundo subvertido por el enfrentamiento entre los hombres, entre los propios hermanos, como es este caso, los actos necesitan adquirir un sentido que los trascienda, que los sostenga. Lo contrario, sería caer en la locura.
Esto último nos lleva a reflexionar en dónde estaba  Shólojov como intelectual. El mismo Shólojov fue combatiente (peleó contra los nazis en la Segunda Guerra). Para su visión del mundo, el acto de luchar era connatural al de describirlo. Shólojov, además, ganó tanto el premio Lenin como el premio Stalin. Como intelectual, fue un mimado del régimen; como intelectual, no padeció lo que Tsvetaieva o Maiakovsky. Sin embargo, fácilmente el lector podría notar que en “El Don apacible” es más fácil lograr una empatía con los cosacos que con los bolcheviques. ¿La causa? Pues que el mismo Shólojov era un cosaco, en principio. Y agreguemos algo… En su discurso para el Segundo Congreso de Escritores Soviéticos, en 1955, Shólojov sostuvo la no poco audaz afirmación de que el gran riesgo de la narrativa rusa de por esos años era caer en la mediocridad oficial, en un tipo de representación que fuera refractaria del poder, y que había que hallar la inspiración en lo primitivo y en los grandes maestros del XIX. Doble patada. Si por primitivos leemos “cosacos”, entendemos un modelo de vida feudal, de terratenientes, que el bolchevismo erradicó. Y por grandes maestros podemos nombrar a uno de ellos: Tólstoi, apellido más tolerado que otra cosa por el régimen soviético. Por lo tanto, unas preguntas provisorias para terminar estas líneas… ¿Qué vio el régimen, a la luz de una obra como “El Don apacible”, en un autor como Shólojov? ¿Una fuerza indomable y respetable, junto con su fidelidad al partido? ¿Una voz ganada a esa otra Rusia que se dejó atrás y conservada a como diera lugar? Otro pequeño misterio ruso.

No lo fusilaron. No en vano los insurrectos luchaban contra ‘los fusilamientos y los robos’… Al día siguiente fue llevado a Kazánskaia. Marchaba por delante de los cosacos a caballo de la escolta, caminaba con paso firme sobre la nieve, sus cortas cejas permanecían fruncidas. En el bosque, al pasar junto a un abedul blanco como la muerte, sonrió vivamente, se detuvo y alargó la mano del brazo sano para cortar una ramita. En ella ya se hinchaban los brotes parduscos, repletos de la savia dulzarrona de marzo; su aroma, apenas perceptible, anunciaba ya la floración de primavera, la vida que siempre se repite bajo el disco del sol… Lijachov arrancó los hinchados brotes y los llevó a su boca, los masticó, mirando con ojos nublados los claros troncos de los árboles que ya se recobraban de las heladas. Una sonrisa apareció en la comisura de sus labios afeitados.
Murió así, con las negras hojitas de los brotes en los labios: a siete verstas de Véshenskaia, entre unos adustos arenales, los hombres de la escolta lo mataron bárbaramente. Antes de morir le sacaron los ojos, le cortaron las manos, las orejas, la nariz, le rajaron la cara. Desabrocharon sus pantalones y profanaron aquel cuerpo hermoso, grande y varonil. Profanaron aquel tronco sanguinolento. Por último, uno de los de la escolta, apoyando el pie en el torso que aún se estremecía, en el cuerpo caído boca abajo, le cortó la cabeza de un solo sablazo.

Calificación: Excelente.
Título original: Tijii Don (1928-1940).
Traducción: José Laín Entralgo.
Editorial: Debolsillo, Barcelona, 2009.
ISBN: 978-84-8346-979-8

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