Sobre la belleza, Zadie Smith

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Smith

Howard Belsey y Monty Kipps. Hombres de la Academia en el área de historia del arte. Belsey es un inglés blanco y liberal que enseña en Wellington, una Universidad de las afueras de Boston. Kipps es un negro caribeño que hizo carrera en Inglaterra y es famoso por su conservadurismo. Belsey y Kipps se detestan minuciosamente. Kipps ha vencido en las grandes batallas entre ellos, que han tenido lugar en las publicaciones especializadas y, especialmente, en torno a un gran tema: Rembrandt. Kipps adora al genio holandés. Su libro sobre Rembrandt es un éxito de ventas. Belsey dedica todo un curso a explicar por qué Rembrandt no es un genio, sin embargo, es incapaz de terminar el libro en el que explique a fondo su idea, la de que Rembrandt era “un artesano meramente competente que pintaba lo que le encargaban sus adinerados clientes”.

Belsey está casado con una exuberante negra, Kiki, y juntos tienen tres hijos: Levi, Zora y Jerome. En tanto, la esposa de Kipps se llama Carlene, y sus hijos: Michael y Victoria. Está todo dispuesto para la comedia de enredos, que comienza cuando Jerome se va a estudiar a Inglaterra y, por avatares de la fortuna, acaba viviendo en la casa de los Kipps. Esto agrava el distanciamiento entre Jerome y su padre. El hijo díscolo resulta ser un católico practicante que choca contra el cerrado ateísmo de Belsey.

En este punto cabe comentar que la novela tiene casi 500 páginas, de las cuales una buena parte se va en explicar la interacción entre estas dos familias. Porque resulta que en cierto momento los Kipps cruzan el océano, llegan a Estados Unidos, se van a vivir a pocas calles de los Belsey, y Monty toma un puesto en la misma Universidad que Howard. Así que esta comedia de situaciones incluye las siguientes tramas secundarias, a saber –alerta de “spoilers”-: 1) Jerome se enamora de Victoria, pero ésta lo rechaza; 2) Kiki se entera de que su esposo se acostó con una profesora de la Universidad, amiga de ambos; 3) Zora se siente atraída por un rapero callejero de nombre Carl; 4) Levi renuncia a su trabajo en la tienda de discos de un Shopping y se junta con una banda de haitianos que venden bagayos en la calle; 5) Kiki entabla una relación de amistad con la señora Kipps; 6) el señor Belsey entabla algo más que una relación de amistad con Victoria (la jovencísima hija de su enemigo); 7) Victoria conoce al rapero Carl en sentido bíblico; y más. Pues bien, ¿qué sale de todo esto? Poca cosa. El trasfondo parece sugerir ciertos asuntos: las diferencias étnicas, socioeconómicas y religiosas; la banalidad del mundo académico; la sofisticada hipocresía de las supuestas mentes elevadas; la fuerza de las pulsiones sobre la fuerza de la razón; y, claro está, el asunto de la belleza, al que enseguida volveremos. El tema es que todos esos asuntos me parecieron puestos allí como decorado, para darle una supuesta hondura a algo que no la tenía… y que no la tiene, quizá, porque la autora decide que así sea. De este modo, la novela se convierte en un híbrido, por un lado es un racconto documental, una cuestión antropológica, un ensayo ficcionalizado sobre multiculturalidad, sobre pares de opuestos: izquierda-derecha, blancos-negros, ricos-pobres, cultura elitista-cultura popular, fe-ateísmo, esencia-apariencia, etc. Por otro, una sit-com donde no faltan las frases que bien podrían dar pie a una salva de risas grabadas.

La belleza. ¿Recuerdan la película “Amor ciego”, con Jack Black y Gwyneth Palthrow? Bien, tengan ese recuerdo en mente. Howard Belsey tiene 57 años y hace treinta que está casado con Kiki, que ahora pesa más de cien kilos. Howard ama a Kiki. Esto se repite en la novela hasta el cansancio. Claro que ese amor no impide que Howard se acueste con una colega, primero, y con una alumna, después. Amor y deseo son cosas que Howard puede separar bastante bien. Kiki tiene más problemas en ese rubro. Y los problemas de Kiki terminan siendo problemas de Howard, por la propiedad transitiva del matrimonio. Para que nos quede bien claro que nadie está libre de sucumbir al impulso de la carne, los antagónicos Belsey y Kipps cometen el mismo pecado. Es la forma –un poco burda- de decirnos que más allá de todas las construcciones intelectuales, la animalidad prevalece. Volvamos a “Amor ciego”. En aquella película, el personaje interpretado por Black era hipnotizado para que pudiera ver “la belleza interior”. El truco no producía ningún un cambio en la estructura intelectual y emocional de valoración estética de Black. La construcción cultural de la belleza de la que Jack se había apropiado permanecía, lo único que cambiaba era su percepción. Sus sentidos, engañados por la hipnosis, respondían no a lo visible y tangible, sino a la verdad ética: sus ojos ya no veían la belleza física como tal, sino que traducían la bondad al lenguaje de la belleza física. De acuerdo a esa traducción, determinadas virtudes éticas de la mujer se convertían en atributos físicos fácilmente identificables con el esquema de “lo deseable” difundido por la cultura de masas. Cuando el hechizo hipnótico se rompía, los sentidos de Black volvían a funcionar. Para recuperar la ilusión hacía falta no una nueva hipnosis, sino la apelación al amor y a su fuerza para atravesar la realidad visible y llegar hasta un lugar más real que la realidad. En ese sentido “Sobre la belleza” no está lejos de “Amor ciego”. Veamos el discurso de Kiki:

A partir de ahora no voy a estar más delgada ni más joven, y el culo me va a caer hasta el suelo, si es que no me ha caído ya… pero quiero estar al lado de una persona que aún pueda verme a mí en medio de todo esto. Que no me tome a mal que haya cambiado, ni me menosprecie por ello… Prefiero estar sola. No quiero desmerecer a los ojos de alguien por cómo me he vuelto.

Está bien. Mi problema es que a la aclamada “nueva voz de la literatura británica” le pido más que esto, más que un parafraseo de “lo esencial es invisible a los ojos”. Porque eso es lo que conforma esta novela, una serie de ideas respetables y comprobadas, reunidas en un conjunto políticamente correcto que se ocupa de cubrir todos los flancos y amparar a todas las minorías. Casi parece un tratado sobre discriminación positiva. El resultado es una novela en la que los personajes están caricaturizados, donde no hay argumento y las tramas paralelas ceden al peso de no tener una trama central, mientras las ideas no se desarrollan porque las anécdotas que deberían sustentarlas son insustanciales. Sobre la belleza, al final, no se dice gran cosa.

-Ya sé que piensas que… me conoces. –El llanto distorsionaba sus palabras y era difícil entenderlas-. Pero no me conoces. Esto –dijo pasándose las manos por la cara, los pechos y las caderas- es lo que conoces. Pero no me conoces a mí. Y tú eras el que deseaba esto… es lo que todos… -Repitió el ademán-. Y eso es lo que yo…

Calificación: regular.
Título original: On Beauty (2005)
Traducción: Ana Martía de la Fuente.
Ediciones Salamandra, Barcelona, 2006.
ISBN: 84-9838-057-X

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