Chesil Beach, Ian McEwan

McEwan
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Edward y Florence acaban de contraer matrimonio, ambos son vírgenes (aunque Florence piensa que Edward ya no lo es) y se dirigen a Chesil Beach, un pequeño balneario inglés sobre el Canal de la Mancha para su luna de miel. Estamos en la década de 1960, pero ninguno de los inmensos cambios producidos en esa época ha afectado de forma directa las vidas de Edward y Florence. Representantes de la clase obrera-campesina y de la clase alta-culta, respectivamente. En este sentido, la novela es un testimonio histórico de la sociedad británica, especialmente de esa generación que no participó del maremágnum, pero que más tarde fue arrastrada por él. Más allá de esta valoración cuasi-historiográfica (que probablemente se alimenta de la propia biografía para McEwan), los méritos del libro son narrativos. La estructura es simple y eficaz: el presente de la narración se ubica en la primera noche de la luna de miel, cuando la consumación del matrimonio se aproxima; una consumación tan ansiada para Edward como temida por Florence. Incapaces de vencer la determinación cultural, ambos han subordinado sus deseos a la estructura del deber social, de “lo que se espera de ellos”. Transigentes con este deber, fieles a su papel, han llegado a un punto en el que la drástica ampliación de su libertad de decisión resulta aterradora. Es como si al haber dejado durante tanto tiempo que los sucesos corrieran de acuerdo a las convenciones sociales los hubiese incapacitado para moverse fuera de cualquier convención. Así, sentados uno frente al otro en su habitación de hotel mientras ingieren sin apetito su cena, los recién casados son incapaces de hablarse con honestidad, de modo que ninguno de los dos sospecha lo que pasa por la mente del otro. Las elucubraciones de ambos fallan por mucho, y provocan un efecto que, antes que cómico, es de un fuerte patetismo. Son extraños. Saben todo lo que hay que saber de la persona con la que se acaban de casar, menos lo que importa.

Desde este punto, la narración ralentiza el presente con largos flashbacks que reconstruyen el tiempo de noviazgo de la pareja, pero también la juventud e infancia de los novios mucho antes de conocerse. La estructura se parece a una costura, el movimiento de la aguja que entra y sale de la tela, dando pequeñas puntadas aquí y allá hasta que la prenda queda lista. Quizá este procedimiento provoque un poco de fastidio cuando la acción de la noche de bodas finalmente se acelera, y las interrupciones para nuevos viajes al pasado ya no son tan bienvenidas, pero es la única objeción, y de todos modos es una objeción menor.

“Chesil Beach” es una historia melancólica sobre la fragilidad de la juventud. Parece una “frase de contratapa”, pero aún así es verdad. Un poco de prisa, unos cuantos prejuicios, ideas preconcebidas acerca de cómo debe ser la vida, de cuál es el lugar que se desea ocupar en el mundo, otro poco de orgullo desbocado, y de un momento a otro una línea de posibilidades luminosas se apaga para siempre. Décadas después, uno puede mirar atrás para identificar el punto exacto del error y a partir de él imaginar cómo habría sido su vida si en ese momento no hubiese estado tan apurado y sido tan estúpido. En cierto modo, esta novela es la minuciosa descripción de ese exacto punto erróneo.

Amaba a Florence, pero quería despertarla con un zarandeo o desarmar de una bofetada su rígida postura (…) y hacerle ver lo sencillo que en realidad era; allí tenían, al alcance de la mano, una ilimitada libertad sensual (…) ¿Y qué se interponía entre ellos? Sus personalidades y sus pasados respectivos, su ignorancia y temor, su timidez, su aprensión, la falta de un derecho o de experiencia o desenvoltura, la parte final de una prohibición religiosa, su condición de ingleses y su clase social, y la historia misma. Poca cosa, en definitiva.

Calificación: muy buena.
Título original: Chesil Beach (2007)
Traducción: Jaime Zulaika.
Editorial Anagrama, Barcelona, 2008.
ISBN: 978-84-339-7336-8

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