Ante el dolor de los demás, Susan Sontag

Sontag
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Este es un libro lleno de ideas en plena ebullición. Es muy fácil perderse en él. Estaba charlando con alguien y se lo recomendé. Su primera pregunta fue: “¿Se llega a algo?”. “¿Cómo?”, contesté. “Claro, si se llega a alguna conclusión en el libro, alguna idea más o menos clara”. Tuve que responder que no, que por cada idea esbozada en este ensayo, hay una especie de contra-idea, una problematización y relativización de la idea original, y la contra-idea muchas veces es objeto de un nuevo desarrollo, y que no hay algo así como un destino al final del trayecto. La secuencia no es lineal, más bien es arbórea, o sea: pensamiento. “Ante el dolor de los demás” es un libro que más que merecerla, exige relectura y calma. También le conviene ser leído con internet a mano, pues la erudición de Sontag puede llegar a ser abrumadora. De modo que es conveniente hacer un alto ante las referencias desconocidas (casi todas, en mi caso) acerca de pintores, pinturas, fotógrafos y fotografías, para realizar una rápida búsqueda en la web y ponerse al tanto del asunto, o al menos para leer ese fragmento con la imagen referida a la vista. Y así llegamos al centro del asunto: este libro trata sobre la forma en la que la violencia y el dolor (principalmente, el dolor de las víctimas de la guerra) es trasmitido a través de imágenes en la modernidad. Cine y televisión tienen su espacio, pero son los grandes pintores y fotógrafos del siglo XIX y XX los que se llevan más atención, como mojones en la historia evolutiva de la transmisión del sufrimiento humano.

Si el ensayo tiene una idea central, podría ser enunciada del siguiente modo: ¿qué efectos tiene la continua exhibición de miserias en el espectador? ¿La conmoción, la conmiseración, la indignación? ¿Puede esta agitación convertirse en acción real sobre las causas de aquella miseria o se volverá, pasado el primer impacto, en indiferencia y apatía? Dicho de otro modo, ¿la sobre-estimulación de la sensibilidad a través de las imágenes no conduce a una naturalización de aquello que es mostrado y sus causas, un sentimiento de que lo que se ve es, después de todo, irremediable? Y hay más, ¿de qué manera la proliferación de imágenes de todas partes del mundo genera en nosotros la presunción de que “sabemos” lo que pasa? ¿En qué punto ese recorte del mundo realizado por las imágenes se convierte en “el mundo” en nuestras conciencias, hasta reducir a la inexistencia a aquello que no es registrado, difundido y visibilizado? La presunción de que todo es registrado concluye en la sentencia: “si no lo veo, no existe”. Así, todo sufrimiento que no sea plausible de ser espectacularizado se vuelve imperceptible en esta lógica de las imágenes. Del mismo modo, la imitación de la estética del sufrimiento por parte de los medios de ficción drena la realidad del dolor real, lo mediatiza, y eso explica que ante el ataque al World Trade Center, en 2001, muchos testigos oculares declarasen: “Era como una película”.

Las fotografías de lo atroz ilustran y también corroboran. Sorteando las disputas sobre el número preciso de muertos (a menudo la cantidad se exagera al principio), la fotografía ofrece la muestra indeleble. La función ilustrativa de las fotografías deja intactas las opiniones, los prejuicios, las fantasías y la desinformación. (…) Y, desde luego, las atrocidades que no están guardadas en nuestra mente mediante imágenes fotográficas ampliamente conocidas o de las que simplemente contamos con pocas imágenes (…) parecen más remotas. Son recuerdos que a pocos les ha interesado reivindicar.

Otro punto al que Sontag dedica atención especial es a la fascinación que la atrocidad ajena es capaz de generar, ese impulso morboso que pulsa con más o menos fuerza en todo espectador. La divulgación de fotografías de muertos, heridos, enfermos y hambrientos responde a una lógica doble: por un lado, a la denuncia de estas situaciones; por otro, a la satisfacción del morbo. De la tensión entre esta intencionalidad binaria surge el cuestionamiento ético casi permanente al que están sometidos los fotógrafos de guerra. Veamos un fragmento del ya célebre ensayo de Sontag titulado “Sobre la fotografía” (1975) descargable aquí: “De pronto un niño cayó al suelo junto a mí. Entonces comprendí que la policía no estaba haciendo disparos de advertencia. Estaba disparándole a la multitud. Cayeron más niños. […] Me puse a fotografiar al niño que agonizaba a mi lado. Le brotaba sangre de la boca y algunos niños se le arrodillaron a su lado y trataron de detener la hemorragia. Luego unos niños gritaron que iban a matarme. […] Les supliqué que me dejaran en paz. Dije que era reportero y estaba allí para ser testigo de los hechos. Una muchacha me golpeó la cabeza con una piedra. Estaba aturdido, pero todavía en pie. Luego recapacitaron y algunos me alejaron del lugar. Entretanto los helicópteros no dejaban de sobrevolar en círculos y se oían los estampidos. Fue como un sueño. Un sueño que jamás olvidaré”. El relato pertenece al fotógrafo Alf Khumalo, del Johannesburg Sunday Times, y se refiere al estallido de los disturbios en el distrito negro de Soweto, en Sudáfrica.

Es muy difícil separar las cosas. ¿En qué medida es el morbo del público el que favorece la transformación del dolor ajeno en espectáculo? ¿Hasta dónde la fotografía documental y periodística de la atrocidad cumple una función concientizadora y, más allá de ella, se convierte apenas en una exacerbación de la morbosidad?

Todas las imágenes que exponen la violación de un cuerpo atractivo son, en alguna medida, pornográficas. Pero las imágenes de lo repulsivo pueden también fascinar. Se sabe que no es la mera curiosidad lo que causa las retenciones del tráfico en una autopista cuando se pasa junto a un horrendo accidente de automóvil. También, para la mayoría, es el deseo de ver algo espeluznante. Calificar estos deseos como “mórbidos” evoca una rara aberración, pero el atractivo de esas escenas no es raro y es fuente perenne de un tormento interior.

Calificación: muy bueno.
Título original: Regarding the pain of others (2003)
Traducción: Aurelio Major.
Santillana Ediciones, Buenos Aires, 2003.
ISBN: 950-511-890-2

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